1 Octubre 2009

Salgo de la habitación en la que llevo horas sentada cuidando de mi madre y con pasos entumecidos camino arriba y abajo a lo largo del pasillo.
Las puertas de las habitaciones están todas abiertas de par en par como si quienes están dentro de ellas, postrados en sus camas, quisieran de alguna manera escapar de la cárcel en la que se encuentran atrapados.
Porque la gran mayoría de ellos han sido condenados, sin haber cometido siquiera el más pequeño delito, a la cadena perpetua que significa estar encerrado dentro de un cuerpo que ya no les pertenece. Un cuerpo que se ha convertido en una especie de cascarón vacío y que se niega a responder a las órdenes más elementales que el cerebro decida enviarle.
Calculo que la gran mayoría de todos ellos tienen un promedio de edad que ronda los ochenta años. Algunos incluso muchos más... Pero no son los años los que les tienen en aquella postración, sino la implacable enfermedad que ha deteriorado sus cuerpos hasta tal punto que son incapaces de valerse por si mismos.
Este ala del hospital, el desguace como lo llama mi madre, quien a pesar de todo sigue conservando el buen humor que siempre le caracterizó y que aún de vez en cuando, y pese a su situación es capaz de dejar salir fuera, ha sido habilitada para este tipo de enfermos. Casi todos ellos incapacitados para realizar las funciones más básicas de la vida...
Algunos han tenido la inmensa fortuna de que sus facultades mentales se hayan deteriorado hasta el extremo de no reconocerse a si mismos y por tanto no ser conscientes de la situación en la que se encuentran. Pero otros, por el contrario, las conservan intactas lo que les supone el dolor añadido a su incapacidad el tener que pasar por la penosa situación de haber terminado convertidos en una especie de bebés de más de ochenta años.
Sus cuerpos, enjutos y demacrados, son todo hueso y piel pero conservando la lucidez en la mirada. Miradas suplicantes y llenas de miles de preguntas que yo soy incapaz de responder.
Son pocos quienes tienen a alguien a su lado para darles un poco de aliento y compañía. Los más afortunados reciben cortas visitas de sus familiares o de su pareja, quien incansablamente, siempre que puedan moverse de la cama, les ayudan a caminar con pasos pequeños y vacilantes a lo largo del pasillo. Aferrados con una mano a las barras metálicas adosadas a sus paredes y con la otra a la de quien ha tenido la bondad de dedicarle unas horas de su tiempo.
Al pasar delante de una de las puertas abiertas me detengo al escuchar una llamada de auxilio.
- ¡Ayuda...! Que alguien me ayude, por favor.... - no deja de gritar una y otra vez una mujer que me mira con ojos angustiados.
Se encuentra completamente sola en la habitación por lo que entro y me acerco hasta su cama para ver si puedo ayudarle en algo.
Tiene la cara más arrugada que he visto jamás. Es todo huesos y piel y en cuanto me acerco hasta su cama me coge una de mis manos con las suyas con una fuerza que me sorprende en aquel enjuto cuerpo. Las tiene frías, muy frías y me recuerdan a las de las momias que se conservan en algunos museos.
- ¿Qué le pasa? - pregunto mirándo sus implorantes ojos.
- Que estoy solita... Que nadie me viene a ver... - repite incansablemente una y otra vez.
Le pregunto si es que no tiene familia y me dice que no. Sólo una hermana mayor que ella y que también está enferma. Tampoco ha tenido hijos, por lo que me explica y por eso nadie viene jamás a hacerle la más pequeña visita.
- Si te encuentras con la Loli - me pide llorando- , dile que venga a verme. Que estoy muy solita aquí sin nadie que me quiera ver...
- ¿Quién es la Loli?
- ¿No te acuerdas? - me responde con una mirada un tanto asombrada. - Aquella que siempre me venía a ver y que me sacaba a pasear por el pasillo...
Le digo que en cuanto me encuentre con ella, aunque no tengo ni la más remota idea de a quien se refiere, le diré que se pase por aquí.
Salgo de la habitación y en cuanto desaparezco de su vista escucho de nuevo sus voz gritando con fuerza:
- ¡Ayuda, ayuda...! Que alguien me ayude por favor. Que estoy muy solita sin nadie que me venga a ver...
Con el alma encogida me dirigo de nuevo a la habitación donde tranquilamente duerme mi madre...
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5 Septiembre 2009

Subo al tren, como siempre en el primer vagón, y me voy en busca de mi rincón preferido: el que está pegando a la cabina del conductor.
Me gusta este sitio porque se encuentra un poco aislado al estar medio encajado entre el lavabo y uno de los laterales del tren.
Es un rinconcito en el que casi nunca se sienta nadie, a menos que el resto de los vagones se encuentren totalmente ocupados, pero que a mí me atrae especialmente porque me permite distanciarme un poco de los demás viajeros.
Algo menos de una hora dura el trayecto que voy a hacer. Un trayecto mil veces recorrido, pero no por ello menos sorprendente, porque me permite conocer y palpar la vida en directo. Saldrían mil historias de ello...
Los transportes públicos son una fuente inagotable de conocimiento del ser humano porque muy a menudo te encuentras en ellos con gente de todo tipo y condición. Y estoy refiriéndome a los transportes en los que el recorrido va más allá de unos pocos minutos, como suele pasar en los autobuses urbanos o en el metro. En estos, dejando ya de lado el hecho de que te sientes allí dentro como metido en una especie de axfisiante nicho en el que te empujan y apretujan por todos lados, no da tiempo, por el trasiego de entrar y salir continuo de la gente, a pensar más allá de cómo hacer para salir indemne de la aventura que casi siempre supone viajar en ellos.
El tren es otra cosa. No siempre va tan lleno; no en los horarios en los que yo me muevo, y por eso el viaje puede convertirse en un tiempo casi de relax. Un tiempo que tengo sólo para mí y en el que, dependiendo de mi estado de ánimo, aprovecho para leer, escribir en esa libreta que llevo siempre conmigo, o en ocasiones para pensar.
Pensar sin prisas; recreándome en mis pensamientos y tratando de diseccionar lo último que haya ocurrido en mi vida o en mi entorno más cercano. Dándole una y cien mil vueltas a todo lo que me resulta incomprensible, sobre todo al comportamiento humano que es para mí el mayor de los misterios. Intentar comprender qué se esconde bajo determinados comportamientos da para mucho pensar...
Quizás debería aprender a no darle tantas vueltas a las cosas. Aceptarlas tal y como son sin intentar llegar al fondo de ellas, porque la experiencia me ha demostrado que esto a la larga sólo nos trae sufrimiento.
Es ésta una de mis asignaturas pendientes...
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1 Septiembre 2009

No fue una decisión fácil pero sabía que aquello era lo que tenía que hacer...
Abrió las manos y con una tristeza infinita dejó que emprendiera el vuelo.
Sintió un terrible vacío en su interior al ver cómo se alejaba lentamente hasta perderse en el horizonte, al tiempo que pensaba que quizás, sólo quizás, algún día los vientos de la vida harían que retornara de nuevo a su lado...
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29 Agosto 2009

Pronto hará tres años que abrí este blog...
Me imagino que como la mayoría de quienes se deciden a poner por escrito sus pensamientos, vivencias e incluso sentimientos, de alguna manera iba buscando el reconocimiento ajeno.
Son pocos los que están libres de sentirse halagados ante los elogios de los demás, y yo, por supuesto, no era la excepción. Y digo, no era, porque ahora, quizás más curtida por los años y por los golpes que la vida me ha dado en todo este tiempo, los halagos han terminado por resbalarme y dejar de alimentar mi ego.
Recuerdo que al principio entraba en él una y mil veces para comprobar si alguien me había dejado un comentario y recuerdo también la alegría, e incluso el orgullo que sentía, cuando veía alguno. Hasta me puse un contador para saber cuántas visitas recibía...
Escribía para mí, pero también para los demás...
Con el paso del tiempo muchos de mis escritos los fui quitando porque sentía que dejaban al aire una parte de mí que no siempre me gusta mostrar. Me cuesta enseñar mi parte más vulnerable a los demás, quizás porque las pocas veces que me he aventurado a hacerlo, con aquellos que merecían mi total confianza, no he salido demasiado bien parada. Y es por eso, que lo que en un determinado momento sentí la necesidad de dejar por escrito, con el tiempo me pareció demasiado personal e íntimo como para que quedara expuesto.
Ahora siento que todo ha cambiado y que ya no me inquieta si mis escritos no tienen ni un solo comentario. Tampoco si el contador, que a veces sigue estando ahí, aunque lo voy quitando y poniendo de manera intermitente según mis estados de ánimo, me dice que ni una sola alma se ha aventurado en esta mi casa virtual.
Es cierto que cuando pienso en todos aquellos que me visitaban no puedo dejar de sentir una cierta melancolía. Porque a algunos les he perdido la pista por completo; con otros, afortunadamente, sigo en contacto vía e-mail y también están a quienes llevaré por siempre en el alma.
Sea como sea, lo que sí sé en estos momentos es que ahora escribo sólo para mí...
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28 Agosto 2009

Recuerdo un anuncio que hace ya algún tiempo daban en la televisión que decía algo así como: "El ser humano es imprevisible..."
Y cuánta razón tenía porque a veces no hay nada más imprevisible, impredecible e incomprensible que el ser humano, pues con su actitud en más de una ocasión te dejan sorprendidos.
A menudo me pregunto qué es lo que se esconde dentro de las personas y qué es lo que les motiva a mostrarse de una u otra manera . ¿Por qué a veces saca fuera su lado más generoso y otras en cambio lo que deja ver es su faceta más egoísta aun a costa de engañar a los demás?
Tengo en una macetita una pequeña planta a la que le tengo un cariño muy especial. He de decir que las plantas nunca han sido lo mío y que casi siempre terminan todas medio marchitas e incluso muertas. No sé si esto es así, por falta de atenciones o por exceso de celo. Que de tanto regarlas para que no se me mueran termino ahogándolas...
Hace ya algún tiempo que venía pensando que debería transplantarla a otra maceta más grande, porque en la que está se le ha quedado demasiado pequeña, y es por eso, que toda decidia entro en una floristeria, donde sé que además de flores venden tierra y todo lo necesario para las plantas.
- Quisiera cambiar una planta a otra maceta más grande - le dije a la dueña de la tienda, explicándole el tipo de planta a la que me refería -, y me habían dicho que sería mejor ponerle una tierra especial. ¿Tiene usted el tipo de tierra al que me refiero?
- Ahora mismo se la traigo. - me reponde entrando en la trastienda y saliendo a continuación con una bolsa de cinco kilos de tierra.
Al ver aquella enorme bolsa que pretendía venderme, teniendo en cuenta la poca tiera que yo necesitaba, le digo:
- Es que ésta es demasiado grande. Yo necesito menos, pues la maceta a la que quiero transplantarla no es muy grande.
- Pues sólo tengo bolsas de este tamaño. De todas maneras puedes guardar la que te sobre para otra ocasión.
- No, mejor lo dejo. - Ya miraré si encuentro otra más pequeña y si no, en todo caso le pongo cualquier otro tipo de tierra.
- Pues tú verás lo que haces... - me respondió - Pero si le pones tierra que no sea especial para este tipo de plantas seguramente te la echará a perder.
Y todo esto me lo dijo en un tono más bien agrio, lo que hizo que automáticamente decidiera que la bolsa de la tierra se quedaba en la tienda.
Salgo de allí y me dirijo a otra floristería unas calles más abajo, decidida a comprar la tierra para mi plantita. Y ya, mientras recorría las calles que me separaban de la segunda floristería, iba pensando que seguramente sería una pérdida de tiempo el ir porque querrían volver a venderme de nuevo la bolsa de tierra más grande que tuvieran en la tienda.
Entro y me recibe una mujer algo mayor que la anterior con una gran sonrisa dibujada en su cara.
Le explico lo que necesito; se dirige hacia un rincón de la tienda donde apiladas en el suelo se veían unas cuantas bolsas de tierra y cogiendo una, también de cinco kilos, me la pone encima del mostrador y antes incluso de que yo tenga tiempo de decirle que aquella bolsa era un poco grande para mis necesidades me dice:
- Tienes dos opciones: o te llevas esta bolsa de cinco kilos, que supuestamente es especial para el tipo de planta que necesitas, o eso al menos es lo que me dice quien me la suministra, y te aclaro desde ya que es bastante más cara que la tierra normal, o te vas al bosque y coges toda la que necesites de la que hay debajo de los pinos. Te aseguro que te va a servir exactamente igual y que tu pequeña planta crecerá tan alegre y frondosa a como lo haría con ésta otra.
La miré perpleja sin saber muy bien qué responderle, porque tanta franqueza me había cogido desprevenida.
- ¿Seguro que será igual de buena la de los pinos? ¿No sería ésta más apropiada?
- Mira hija mía... Yo estoy aquí para vender, pero te engañaría si tratara de endosarte estos cinco kilos de tierra, cuando para la poquita que tú necesitas la puedes encontrar fácilmente donde te he dicho.
Tengo la enorme suerte de tener a menos de media hora caminando a pie las zonas boscosas que rodean el lugar en el que vivo, por lo que dándole mis más sinceras gracias, por aquel gesto suyo de honradez tan poco usual en los tiempos que corren, con la mejor de mis sonrisas me despido y salgo de la floristería.
No sé quien de las dos tendrá realmente razón ni qué tipo de tierra será el más adecuado para que mi pequeña planta siga creciendo feliz y contenta. Lo que sí sé es que como decía aquel anuncio...
Decididamente, el ser humano es impredecible...
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22 Agosto 2009

No volveré JAMÁS a confiar en nadie... - sentenció al tiempo que irrumpía en la habitación en la que me encontraba en esos momentos leyendo un libro.
A sus recién estrenados doce años, la traición, como ella la llamaba, de su mejor amiga le había dejado una sensación amarga en el alma.
Me explicó que había perdido, PARA SIEMPRE JAMÁS - palabras textuales suyas - la fe en los demás. Porque deduzco que pensaba que si alguien, a quien conocía desde la más lejana infancia, con quien había compartido risas y juegos, secretos, sueños e ilusiones, había sido capaz de hacerle eso...
- ¿Qué voy a esperar del resto de la gente? - terminó preguntándome con lágrimas en los ojos.
Como mejor pude traté de consolarla. Quise hacerle entender que un "pequeño" desliz como aquel cualquiera podía tenerlo.
- Las personas a las que queremos - le dije -, no siempre están de nuestro lado. Y por eso a veces nos defraudan; se nos pueden caer del pedestal en el que las habíamos subido y con su actitud pueden hacernos sentir que no valió la pena darles tanto, porque lo que finalmente obtuvimos a cambio fue muy poco...
Ella me miraba con esos grandes ojos suyos de mirar profundo que siempre ha tenido. En ellos pude ver cómo casi me suplicaba que le diera esperanzas; que le dijera que sí, que a pesar de lo que le había pasado, se puede seguir confiando en los demás. Incluso en aquellos que en un determinado momento te hubieran traicionado y dado la espalda, como había hecho su mejor amiga.
- No dejes nunca que un hecho aislado acabe con algo tan hermoso y que costó tanto construir. Porque la amistad es un edificio, casi siempre sólido como un castillo, que se va construyendo poco a poco... Lentamente... Piedra sobre piedra... Una sólida e inmensa fortaleza que si hemos sabido construirla bien se convertirá en el mejor de los refugios. Seguramente ella no lo hizo conscientemente y no pensó que al traicionar tu confianza podría hacerte un gran daño - añadí para terminar.
Siempre he sido de los que ven el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. De los que siempre, pese a todo, encuentran una justificación a lo que hacen los demás por incomprensible que nos resulte. Es cierto que quizás más a menudo de lo que incluso me gusta reconocer, aquellos en quienes más confiamos parece que nos hayan dado la espalda... Pero aún así, mi fe en los demás sigue y seguirá siempre intacta.
Han pasado ya unos pocos años desde aquel episodio. Su amiga, la que le "había traicionado", sigue siendo alguien con quien puede contar en los peores momentos, que son a fin de cuentas aquellos que nos demuestran qué es lo que se esconde en el fondo de cada persona.
Van juntas a la Universidad; han elegido incluso la misma carrera y hacen mil y un planes para el futuro. Un futuro en el que sueñan poder seguir alimentando esa hermosa amistad que nació en la guardería y que todavía aún perdura, habiéndose fortalecido con el paso de los años.
Y yo me siento feliz y contenta. Porque de la misma manera que me lo enseñaron a mí, me he dado cuenta de que también yo he sabido transmitirle mi fe en los demás. Y sobre todo hacerle ver que un amigo es, y será por siempre, un compañero del alma... No importa lo que hagan... No importa lo que digan... Habrá momentos oscuros y momentos en los que la desesperanza se convierta en tu peor enemigo. Pero jamás nadie podrá convencerme de que en el fondo, todos ellos esconden algo por lo que vale la pena apostar...
servido por delavidaysuscosas
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15 Agosto 2009

Hay quienes piensan que la vida es como un libro en blanco y que somos nosotros, los que día a día, vamos escribiendo en él y tejiendo las historias que conformarán nuestra propia vida.
Algo de cierto hay en todo eso... A diario, y casi siempre sin ser conscientes de ello, tomamos decisiones y elegimos caminos sin saber muy bien por dónde nos llevarán. Y es así como una pequeña historia se empieza a escribir en las páginas blancas de nuestro libro de la vida.
Pero no siempre somos nosotros quien escribimos esas historias. A veces son otros quienes las escriben apropiándose de nuestro libro y dejando en él sus huellas. Huellas que no siempre son fáciles de borrar y que tal vez más tarde, de alguna manera, pueden impedirnos pasar página.
Ya sea porque somos incapaces de no hacerlo o porque nos gusta recrearnos en ellas, algunas de las páginas de nuestro libro personal nos calan y nos llegan más hondo de lo que quizás sería aconsejable. Las leemos y releemos una y mil veces hasta que las tenemos ya tan interiorizadas que nos cuesta darnos cuenta, porque no queremos admitirlo, que son simplemente un episodio más en nuestras vidas.
Pero inevitablemente, y casi siempre con algo o con mucho dolor, llegará un día en el que tendremos que armarnos de valor, sacar las fuerzas necesarias, hasta de debajo de las piedras si fuera preciso, para pasar página y comenzar a escribir en una nueva hoja en blanco.
Una hoja en blanco que nosotros, una vez más, deberemos llenar. Con nuestra letra alegre y saltarina en ocasiones; meláncolica y arrastrada en otras; pero que siempre ha de ser nuestra propia letra y nuestra propia mano la que escriba las páginas en blanco en este nuestro libro de la vida.
Sólo así, al mirar hacia atrás y releer alguna de sus páginas, podremos sentir que fuimos los forjadores de nuestro propio destino.
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3 Junio 2009

Hay momentos en los que la vida se empeña en querer darnos lecciones que hubiéramos preferido no tener que aprender.
Pero ahí está ella, como queriendo burlarse de nosotros... Obligándonos a abrir los ojos a una realidad de la que nos gustaría escapar... Y como no podemos hacerlo es entonces cuando aprendemos... Cuando se nos rompen los esquemas y sentimos que nuestro castillo de arena se nos ha derrumbado.
Como esos castillos de arena que durante horas, pacientemente, algunos niños construyen cerca del agua... Demasiado cerca... Sin ser conscientes de que en cualquier momento el mar puede arrasar con ellos y destruirlos.
Cuando lo han terminado se alejan unos pasos para poder contemplarlo desde la distancia, que es desde donde todo se ve con más objetividad, para admirar su obra de la que tan orgullosos se sienten.
Y es entonces, justo en ese instante, cuando esa ola que parecía haber estado esperando pacientemente a verlo terminado se lanza implacable contra él con un aire casi burlón. Y en apenas unos segundos destruye y deja convertido en un simple montón de arena lo que hasta entonces había sido un hermoso y majestuoso castillo en el que moraban los duendes y las hadas.
Así es la vida a veces... Quizás demasiadas veces... Nos empeñamos en construir castillos de arena que con un simple golpe de mar se derrumban y desaparecen para siempre....
servido por delavidaysuscosas
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