La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

Categoría: Humor

15 Octubre 2006

El chocolate y yo

Es extraña la relación que tenemos el chocolate y yo.
Tengo que decir, que si me dejará llevar por mi inconsciencia, o por mi gula, o vaya usted a saber por qué cosa, estaría comiendo chocolate a todas horas.
Me encanta el chocolate. Solo, con leche, relleno, con almendras, con avellanas, con frutos secos... Me da igual el que sea. Adoro el chocolate.
El y yo tenemos una relación casi de amor-odio. Amor, porque no puedo pasar sin él. Y odio, porque detesto que anule mi voluntad de la manera que lo hace.
Cuando voy al supermercado y me detengo en el pasillo donde están los chocolates, disfruto como una enana. Lo miro, remiro, lo cojo, lo suelto, lo pongo en el carro, lo devuelvo a su estantería...
Y así hasta que encuentro la excusa perfecta y me digo a mi misma: " Voy a llevarle un poco de chocolate a mis niños que hace mucho que no lo comen. "
Eso me digo, aunque sepa a ciencia cierta que no lo van a comer, porque inexplicablemente, a ellos el chocolate no les dice nada. Pero así mi conciencia queda tranquila.
Luego, llego a casa y lo guardo en uno de los armarios de la cocina, y allí se queda días y días sin que nadie le eche el diente.
Siempre que abro ese armario, el chocolate me mira con ojos de triunfo y sonríe socarronamente como diciéndome : " Si sabes que vas a caer. No intentes hacerte la dura conmigo porque te tengo en mis manos. Tu voluntad me pertenece."
Y yo, que según dice mi madre, ya desde la cuna fui una rebelde que no se dejaba enderezar, cierro la puerta del armario dando un portazo con rabia, porque no soporto darme cuenta de lo débil que soy . Y es que si algo detesto en la vida es que intenten llevarme por un camino que no deseo.
Y yo no deseo comerme el chocolate. O eso creo.
Pero el chocolate sigue ahí, erre que erre dando la murga.
De vez en cuando voy a la cocina, abro el armario y miro al chocolate, sólo para demostrarme a mi misma que no soy una persona débil y manipulable. Y para hacerle ver, a ese diabólico ser que me observa desde dentro del armario, con una mirada cada vez más triunfal, que mi vida la dirijo yo.
Y a medida que van pasando los días y mis niños se niegan a comerse el chocolate por más que les insista, empiezo a decirme que es una lástima, que se va a estropear, que vaya dinero más tirado...
Y así, a lo tonto, como quien no quiere la cosa, voy y cojo la tableta de chocolate y corto una esquinita para comérmela.
Total, no es mas que un trocito pequeño. Y sólo para que no se estropée. Y después de ese trocito arranco otro más, esta vez un poquito más grande. Y así, trocito a trocito, cuando quiero darme cuenta me lo he zampado todo.
Y es entonces cuando empiezo a escuchar una risita de mala leche, de esas que te ponen los nervios de punta y que yo juraría sale de lo más profundo de mi estómago.

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7 Octubre 2006

Odisea en el gimnasio

Después de casi tres meses de descanso veraniego, hoy he vuelto al gimnasio.
El ayuntamiento debe de estar feliz y contento conmigo: todos los meses pago religiosamente mi cuota pero cada vez visito menos sus instalaciones, por lo que casi no hago desgaste de los aparatos de tortura que allí tienen.
Pero hoy no tuve más remedio que ir. Ya no encontré ningún argumento válido que hiciera silenciar mi cansina conciencia que no paraba de repetirme:
“ Estás tirando el dinero, estás tirando el dinero... ”, por lo que toda decidida me puse la ropa de deporte, cogí mi bolsa con todo lo necesario y medio arrastrando los pies allí me presenté.
Aunque apenas si se tardan cinco minutos caminando desde mi casa, en esta ocasión tardé más del doble. Tantas eran las ganas que tenía de ir...
A medio camino me detuve de repente: no recordaba si había cerrado las puertas correderas de mi comedor; las que dan al patio trasero. En realidad daba igual que las hubiera cerrado o no. Hay una persiana metálica, de esas que se estiran y se encongen y tenía la más absoluta certeza que hoy no la había abierto en todo el día.
Pero como lo único que yo buscaba era una excusa para no ir, me pareció un buen argumento para darme la vuelta y regresar por donde había venido. Y después de estar en casa, ¡ qué pereza volver a salir de nuevo ! Casi segurísimo que no lo hubiera hecho.
Debió imperar en mi la cordura, aunque fuera por una vez en la vida, porque con mi andar arrastrado llegué al gimnasio y una vez dejé mis cosas en la taquilla del vestuario subí a la planta de arriba. Que es donde se encuentran perfectamente alineados todos aquellos artilugios de tortura, inventados por no sé sabe quien, pero que debió quedarse descansado el día que lo hizo.
No es que yo los utilice todos ni muchísimo menos. Hay algunos que te obligan a adoptar unas posturitas tan extrañas que mi sentido de la dignidad me dice que por ahí si que no paso.
Como siempre hago al llegar, me subí en la cinta andadora y la programé a una velocidad media, tirando para abajo, no fuera a ser que después de tanto tiempo sin hacer ejercicio me diera un yuyu allí subida.
Tengo que reconocer que a este gimnasio vale la pena ir, aunque sólo sea por admirar el panorama. Y aquí vienen los mal pensados y se imaginan que lo digo por los cuerpos atléticos y bien trabajados que pudiera haber. Pues no, me refería al panorama literalmente.
Tres de sus cuatro paredes son de cristal, y como las cintas andadoras, bicicletas, aparatos de remo y algún otro que no sé ni como se llama, los tienen mirando hacia la calle y desde allí se ve una parte de la montaña de Montserrat, que está muy cerquita de donde vivo, las vistas son preciosas.
Además hoy que estaba medio nublado, con esas nubes blancas como la nieve, a la montaña se la veía metida como entre algodones.
Después de caminar durante una media hora en la cinta, traspasé mi persona a una de las bicicletas, que en ese momento estaban todas desocupadas, y allí comenzó mi calvario.
Llevaba ya un buen rato pedaleando toda entusiasmada cuando al intentar mover un pie me di cuenta que no podía: un cordón de la zapatilla se me había soltado quedando enganchado en la cosa esa que hay en el pedal. Que todavía ahora sigo preguntándome como pudo engancharse. Pero lo hizo.
Di varios tirones por ver si se soltaba, pero no había manera. Me bajé de la bici como pude. Me costó bastante, ya que estas bicis parecen estar pensadas para personas más crecidas que yo, y como no podía sacar el pie del pedal se me quedó medio retorcido.
Instintivamente miré a derecha e izquierda para ver si con un poco de suerte nadie se había fijado en mi percance. He de confesar que el sentido del ridículo lo tengo extremadamente desarrollado, y por eso me sentía morir sólo de pensar que pudieran estar observándome. Por fortuna, a la hora en la que yo acostumbro a ir tengo el gimnasio casi para mi sola, y aparentemente, nadie me había visto. Pero sólo aparentemente.
Seguía yo con mis infructuosos intentos de desenredar aquello, con el cuerpo medio doblado, haciéndome un daño en la espalda de mil demonios, cuando un gentil muchacho se me acercó y me preguntó:
- "¿ Quiere usted que le ayude ? "
Me quise morir. No sólo me había visto, sabe Dios desde cuando estaría la criatura observándome, sino que además, aquel usted, me sonó como un " pero mujer, como no se ha quedado mejor en su casita, sentada en el sofá viendo el tomate..." .
- Estoy intentando desenredar este lío, le dije, como si no fuera evidente lo que estaba haciendo.
- Quizás si se sacara primero la zapatilla lo podría hacer mejor - me dijo con toda la amabilidad del mundo.
Y yo quise volver a morirme. ¿ Cómo podía ser tan lerda ? Yo allí, toda afanada en querer desenganchar el cordón y sólo había que sacar el pie de la zapatilla para hacerlo con más comodidad. Y en el peor de los casos, si finalmente no hubiera podido hacerlo, pues no pasa nada, dejo el cordón allí enganchado y me llevo mi zapatilla para casa. Sin cordón.
Debía de ser un chico muy habilidoso, porque lo cierto es que no tardó ni dos segundos , una vez liberé el pie de aquella prisión, en devolverme mi zapatilla con cordón incluido.
Le di las gracias y salí de allí como alma que lleva al diablo.
Para liberarme del tremendo estrés al que había estado sometida decidí bajar a la planta de abajo, donde están las piscinas, y ver si así, con el agua, conseguía sacarme de encima aquella sensación de bochorno que me invadía.
Pero si creía que ya había pasado todo, estaba tremendamente equivocada.
En la planta inferior del gimnasio hay dos piscinas, además de los jacuzzi, sauna, baño de vapor..., y decidí que como no estaba yo para nadar, después del soponcio pasado, lo mejor sería que me relajara con los chorros de agua de la piscina pequeña.
Y hacia ella me dirigí.
Para entrar en esta piscina, suponiendo que no quieras entrar en ella directamente desde el borde, hay una rampa de unos dos metros de larga, y bastante inclinada por cierto, por la que vas poco a poco metiéndote en el agua.
Y voy yo, y empiezo a bajar por la rampa, y sin saber cómo ni porqué, pegué tal resbalón que casi me descoyunto contra el suelo.
Y fue tal el golpe a mi orgullo , el físico también, pero me dolió más aquel, que no sabía si levantarme o quedarme allí medio hundida en el agua. Y exactamente igual que con el percance de la bicicleta, como una desquiciada miré en todas direcciones para ver si alguien me había visto.
La piscina estaba vacía. No había de qué preocuparse.
Con toda la dignidad posible me puse en pie, seguí avanzando y me estiré en el agua, para aliviar mis posaderas que habían quedado bastante magulladas.
Cerré los ojos e intenté relajarme. Así estuve unos minutos haciéndome la muerta.
Cuando los abrí, miré hacia la planta de arriba.
Una de sus paredes acristaladas da precisamente a las piscinas y con horror contemplé, sin creerlo, como el chico de la zapatilla me observaba a través de los cristales.
Es bastante usual que la gente de la sala de máquinas, en los descansos que se toman, se planten delante del cristal mirando a los que están abajo en el agua.
Lo que nunca podré saber, y creo que mejor no saberlo, es si aquella gentil y amable criatura, había sido espectador de mi aventura en el agua, o si por el contrario acababa de asomarse.

Nota aclaratoria: aunque todo lo aquí narrado, pueda parecer sacado del guión de una mala película de humor, puedo asegurar que es verídicamente cierto.

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28 Septiembre 2006

Pronto tendré un cuerpo 10

Esta mañana había en mi buzón una revista de venta por correo. No es la primera vez que recibo una de éstas y siempre hago lo mismo con ellas.
No, no la tiré a la basura como habeis pensado al instante. ( Esto suponiendo, claro está, ilusa de mi, que haya alguien que pierda su preciado tiempo en leer ésto y que por tanto pueda haber tenido semejante pensamiento.)
Pues como decía, no la tiré a la basura porque suelo disfrutar hojeándolas. Y en vista de que me la habían enviado gratis no podía desperdiciar semejante oportunidad.
En este tipo de revistas se pueden encontrar, además de las prendas de vestir, todo tipo de artilugios y accesorios de dudoso uso, pero que tal como te los intentan vender se convierten en artículos de primera necesidad.
Paso a detallar algunos de los que más me han llamado la atención y que más útiles me han parecido.

Éste, como se puede apreciar, es un anillo reduce-volumen. Dependiendo del dedo en el que te lo coloques, reducirás volumen, o sea, adelgazarás, una parte específica de tu cuerpo.
Entonces yo pensé: " Aquí está la solución a todos mis problemas. Me compro uno para cada dedo de la mano, así no tendré que estar cambiándomelo continuamente de dedo, puesto que en mi hay más de una parte necesitada de reducción, y en poco tiempo estoy lista para desfilar en la muy famosa pasarela Cibeles, luciendo uno de esos modelitos que tanto me gustan." ( Vease el post llamado La Pasarela Cibeles)
Con el anillo se acabaron los regímenes de adelgazamiento. Ir al gimnasio, que pago y que tan pocas veces visito, y todo tipo de sacrificios para lucir un cuerpo diez.
El mio, de momento, no llega ni al cuatro y medio, pero todo se andará. Estoy en ello.
Estaba yo toda entusiasmada con mis anillos cuando al pasar a la siguiente página me encuentro con el

"Chaleco Masajeador".

También me pareció interesante. Y como yo, siempre he sido algo friolera y el chaleco de marras dice que lleva calefactor incorporado, pensé que aparte de los masajes que pudiera proporcionarme sería ideal para los fríos meses de invierno.
La única pega que le encuentro es que funciona conectado a la red eléctrica. Y supongo, que para no verme amarrada al sofá, cada vez que me lo ponga, tendré que engancharle un cable alargador. Si no, no me explico como podré moverme por el resto de la casa.
Aparte de que cuando lo lleve puesto voy a parecer una Tortuga Ninja. Pero todo sea por mejorar mi apariencia física.

Es un chaleco muy completito ya que dispone hasta de un mando manual. O eso dice.

En otra hoja me encuentro con esto otro.

" Micromasaje Busto Perfecto"

No tiene mala pinta, pensé. Como ya explica, es un aparato dermoestético insuperable, ( qué palabreja más enreversada, por Dios), que afirmará y realzará, esa parte de mi anatomía que por el paso de los años no se encuentra ya en su mejor momento.
Funciona a base de microimpulsos eléctricos ( miedo me da, no vaya a ser que me lo carbonice. El busto, digo), y lo mejor que tiene es que va a pilas.
Algo muy a tener en cuenta ya que como con el chaleco tendré que ir arrastrando los cables por toda la casa, éste me dejará mayor libertad de movimientos.
Y es que si no, entre los cables del Chaleco Relajante y los del micromasajeador Busto Perfecto, parecería un ordenador andante.
Pensé que con todo ésto, los anillos, el chaleco y los estimuladores para tener un busto perfecto, ya tenía más que suficiente para algún día, no sé muy bien cuando, lucir un cuerpo de escándalo.
Estaba ya a punto de rellenar la hoja del pedido, cuando me fijé en estos otros dos aparatitos, con los que presumiblemente acabaría de ponerme en forma.

Pero es que ya no sé muy bien qué hacer. Me siento confundida.
Si me pongo los artilugios esos en el busto, los anillos en los dedos y el chaleco modelo Tortuga Ninja con su correspondiente cable enredándose en todo, no me veo yo además haciendo este tipo de ejercicios

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