Paula
" Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estés tan perdida ".
Así comienza la conmovedora historia de este libro. Cuando en 1991, Paula, la hija de Isabel Allende entró en coma , su madre, en las largas e interminables horas que pasó al lado de su cama, primero en el hospital y más tarde en su propia casa, fue contándole la historia de su vida y de su familia, para que todo aquello no se perdiera en la memoria de los tiempos.
Pero Paula no podía oírla. Jamás saldría del coma y moriría un año después. Aún así, con el coraje y la tenacidad que sólo una madre puede tener, fue desgranando la historia familiar, con la esperanza, según sus propias palabras, de atraerla de nuevo a la vida.
Quizás esto sería lo que deberíamos hacer todos los padres con nuestros hijos: sentarnos tranquilamente a su lado, hablar durante horas y horas y transmitirles todo el saber de nuestros antepasados; esa historia familiar que se perderá inevitablemente en el olvido.
Actualmente, en esta sociedad en la que vivimos, sería impensable que ocurriera algo así. Ya no tenemos tiempo para hablar. La relación padres-hijos cada vez es más escasa. Se ha reducido a la mínima expresión. El aislamiento en el que vivimos ha llegado hasta el mismísimo corazón de las propias familias.
Aquellos tiempos en los que la comunicación que imperaba era la del boca a boca, ha pasado a la historia. Ya no hay tiempo para nada.
Sentarse tranquilamente a comentar los sucesos del día, hablar sobre la historia familiar, o intentar indagar en el pasado, a la mayoría de nuestros hijos les parecería una pérdida de tiempo.
Parece como si no nos interesara saber de donde venimos. Y casi podría decirse que tampoco nos interesa saber hacia donde vamos.
Vivir al día; esa parece ser la tónica con la que se vive en la actualidad. Una vida acelerada, con tantos y tantos cambios de un día para otro, que desgraciadamente no nos queda tiempo para detenernos un momento a reflexionar.
Y las pequeñas cosas de la vida, aquellas que son realmente las que conducen a la felicidad, pasan por nuestro lado sin que seamos conscientes siquiera de ello.
Se nos escapan de las manos, porque nuestro objetivo está en alcanzar otras metas: cuanto más grandes mejor.
