La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

Categoría: Mis recuerdos

22 Agosto 2009

Confianza rota

No volveré JAMÁS a confiar en nadie... - sentenció al tiempo que irrumpía en la habitación en la que me encontraba en esos momentos leyendo un libro.

A sus recién estrenados doce años, la traición, como ella la llamaba, de su mejor amiga le había dejado una sensación amarga en el alma.

Me explicó que había perdido, PARA SIEMPRE JAMÁS - palabras textuales suyas - la fe en los demás. Porque deduzco que pensaba que si alguien, a quien conocía desde la más lejana infancia, con quien había compartido risas y juegos, secretos, sueños e ilusiones, había sido capaz de hacerle eso...

- ¿Qué voy a esperar del resto de la gente? - terminó preguntándome con lágrimas en los ojos.

Como mejor pude traté de consolarla. Quise hacerle entender que un "pequeño" desliz como aquel cualquiera podía tenerlo.

- Las personas a las que queremos - le dije -, no siempre están de nuestro lado. Y por eso a veces nos defraudan; se nos pueden caer del pedestal en el que las habíamos subido y con su actitud pueden hacernos sentir que no valió la pena darles tanto, porque lo que finalmente obtuvimos a cambio fue muy poco...

Ella me miraba con esos grandes ojos suyos de mirar profundo que siempre ha tenido. En ellos pude ver cómo casi me suplicaba que le diera esperanzas; que le dijera que sí, que a pesar de lo que le había pasado, se puede seguir confiando en los demás. Incluso en aquellos que en un determinado momento te hubieran traicionado y dado la espalda, como había hecho su mejor amiga.

- No dejes nunca que un hecho aislado acabe con algo tan hermoso y que costó tanto construir. Porque la amistad es un edificio, casi siempre sólido como un castillo, que se va construyendo poco a poco... Lentamente... Piedra sobre piedra... Una sólida e inmensa fortaleza que si hemos sabido construirla bien se convertirá en el mejor de los refugios. Seguramente ella no lo hizo conscientemente y no pensó que al traicionar tu confianza podría hacerte un gran daño - añadí para terminar.

Siempre he sido de los que ven el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. De los que siempre, pese a todo, encuentran una justificación a lo que hacen los demás por incomprensible que nos resulte. Es cierto que quizás más a menudo de lo que incluso me gusta reconocer, aquellos en quienes más confiamos parece que nos hayan dado la espalda... Pero aún así, mi fe en los demás sigue y seguirá siempre intacta.

Han pasado ya unos pocos años desde aquel episodio. Su amiga, la que le "había traicionado", sigue siendo alguien con quien puede contar en los peores momentos, que son a fin de cuentas aquellos que nos demuestran qué es lo que se esconde en el fondo de cada persona.

Van juntas a la Universidad; han elegido incluso la misma carrera y hacen mil y un planes para el futuro. Un futuro en el que sueñan poder seguir alimentando esa hermosa amistad que nació en la guardería y que todavía aún perdura, habiéndose fortalecido con el paso de los años.

Y yo me siento feliz y contenta. Porque de la misma manera que me lo enseñaron a mí, me he dado cuenta de que también yo he sabido transmitirle mi fe en los demás. Y sobre todo hacerle ver que un amigo es, y será por siempre, un compañero del alma... No importa lo que hagan... No importa lo que digan... Habrá momentos oscuros y momentos en los que la desesperanza se convierta en tu peor enemigo. Pero jamás nadie podrá convencerme de que en el fondo, todos ellos esconden algo por lo que vale la pena apostar...

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1 Junio 2009

Por siempre en el alma...

Hoy es tu cumpleaños...

Y aunque tu luz se va apagando lentamente sé que seguirá iluminando cada uno de mis días...

No sólo me diste la vida el día que nací ... De ti aprendí a sentir ilusión por las pequeñas cosas de la vida. Aquellas en las que se encuentra el secreto de la tan esquiva Felicidad.

Aprendí también, con tu ejemplo, a no dejarme vencer por las dificultades; a seguir teniendo esperanza aun en los momentos más oscuros; a sonreir, aunque tuviera rota el alma; a dar sin esperar nada a cambio; a valorar la amistad por encima de todas las cosas, porque como tantas veces me dijiste, un amigo es un compañero del alma.

Aprendí a luchar... A no dejarme vencer...

Tu lucha diaria, esa que durante tantos años has librado contra la enfermedad que está a punto de ganarte la batalla, ha sido el mejor ejemplo que podrías haberme dado. Siempre con una sonrisa en los labios... Siempre con la vista clavada en el mañana a pesar de que sabías que tu mañana era incierto...

Ahora has tirado la toalla y te has sentado al borde del camino a esperar que te atrape, por fin, aquella a la que siempre supiste esquivar. Porque ya se te agotaron las fuerzas... Porque ya tu cansado y dolorido cuerpo es incapaz de dar un solo paso más... Pero a pesar de todo la sonrisa y el optimismo te siguen acompañando.

El día que me haya ido, decías no hace mucho tiempo, no sintáis pena ni lloréis por mí. Pensad sólo que por fin estoy descansando y que habré dejado de sufrir...

Sé que algo de mí partirá contigo el día que emprendas tu último viaje... Y sé que jamás ya nada en mi vida volverá a ser como antes... Pero seguiré luchando para no dejarme vencer como tú siempre me enseñaste a hacer.

Y también sé que algún día, cuando sea yo quien me siente a la orilla del camino porque como a ti por fin se me acabaron las fuerzas, volveremos a reencontranos en esa eternidad en la que ahora estás a punto de entrar...

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27 Diciembre 2008

Cuando una canción te persigue...

Todos tenemos una canción que forma parte de nuestra vida. Esa canción que por algún motivo, no sabemos muy bien por qué, se nos quedó especialmente grabada en el alma y que pasen los años que pasen siempre nos devolverá a otros tiempos y a otros mundos ya perdidos para siempre...

Si existe alguna canción con la que me suceda esto es con Entre mis recuerdos de Luz Casal.

Como si hubiera sido escrita para mí, recurro a ella una y otra vez cuando la tristeza del alma es tan profunda que resulta casi imposible de llevar encima...

Voy por la mañana a buscar el pan y en la panadería se escucha una música de fondo: es Luz Casal cantando Entre mis recuerdos...

La tristeza y la nostalgia se apoderan una vez más de mí, como me ocurre cada vez que la escucho. Salgo de la panadería con mis dos barras de pan en la mano y miro hacia la montaña que tengo enfrente. Esa misma montaña tras la que veo salir el sol cada mañana... Y siento que ya no es la misma. Ha perdido toda su magia y encanto...

Por la tarde cojo el tren y me voy a la ciudad. Entro en el metro y caminando por los largos pasillos que conectan una línea con otra me llega de nuevo el sonido de la misma canción: un músico la está tocando con su guitarra al tiempo que con una voz melodiosa la va cantando... Y de nuevo, la tristeza y la nostalgia de lo que perdí me vuelve a atrapar...

Cierro por un instante los ojos y me veo de niña, corriendo por los campos que me vieron crecer... Libre, feliz, sintiendo el sol y la brisa acariciándome el rostro... Pero sólo me dura unos segundos esta fugaz visión... Los abro de nuevo y allí estoy, en un pasillo del metro rodeada de docenas de desconocidos que caminan presurosos ajenos a cuanto les rodea... Sin imaginar siquiera la profunda tristeza que me invade...

Prosigo mi camino dejando atrás todos mis recuerdos...

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25 Enero 2007

Aquel primer amor...

Sí, aquel que tanto te hizo llorar; que quizás no te hizo ni caso; a quien pensabas que jamás podrías olvidar; que sin él, decías, tu vida no tendría sentido; quien tantas noches de desvelo te causó... Sí, ese. Exactamente aquel...
Pues hace unos días me encontré con él. Después de ... ni se sabe cuantos años, en un vagón del metro coincidimos los dos.
Coincidí yo, porque como él no me vio, es como si no estuviera allí. Pero me vino bien que no se fijara en mi. Porque pude observarle, durante las doce estaciones que duró el viaje, a conciencia. De la cabeza a los pies.
Estaba sentado enfrente de mí y al principio casi no le reconocí. Porque estaba cambiado; muy cambiado. Pero en cuanto escuché su voz, hablando por el móvil, lo supe con certeza. Mira por donde, por una vez no me molestó que alguien hablara por el móvil en el metro...
Trabajamos juntos durante unos dos años, y fue para mi el primer amor en serio que he tenido. Había tenido otros antes. El primero cuando tenía unos seis o siete años y era un vecino en el que nunca me había fijado con intenciones amorosas, hasta que una mañana, cuando salimos a jugar a la calle como hacíamos cada día, apareció con gafas. Y se abrió el universo cuando lo vi. ¡Qué guapo me pareció...! A partir de ese día, se convirtió en mi amor platónico. A veces se las quitaba para limpiárselas con la camiseta, y yo, embobada, miraba como lo hacía. ¡Con qué delicadeza...! Con qué gracia y soltura se las colocaba después, ajustándose las patillas en las orejas...
Ya siempre quería estar a su lado cuando formábamos equipos para jugar al fútbol. Si lo hacíamos a las chapas, no me despegaba de él. A policías y ladrones, lo que él eligiera era lo que quería ser. Que ahora tocaba ser policía... pues nada, policía que era yo.
Me dejaba ganar por él a las canicas, y eso que yo era muy buena, pero con tal de verle feliz... Que se subía a un árbol, yo me encaramaba detrás... ¡Qué gran amor aquel el que sentí!
Tengo que decir que yo era la única niña de mi calle, y por lo tanto mis juegos infantiles siempre estuvieron alejados de muñecas y cocinitas.
No recuerdo cuando me desenamoré, pero enseguida vino otro, porque siempre fui muy enamoradiza. Aunque nunca me hacían caso, todo hay que decirlo.
Fui pasando de un amor platónico a otro hasta que me llegó éste. Que de platónico tampoco pasó, también sea dicho... Pero fue el más serio y profundo.
Durante los dos años escasos que estuvimos juntos, me convertí en una estratega de los encuentros casuales dentro de la empresa. No me sirvieron de nada, pero yo, tozuda, o enamorada, no me daba por vencida.
El gran problema residía en que por aquel entonces yo debía de tener unos diecisiete años y él ocho o nueve más que yo. Y como siempre aparenté menos edad de la que tenía, ni me veía siquiera. Todo por culpa de esta manía mía que he tenido toda la vida de fijarme en hombres siempre mucho mayores que yo. Cuando tenía quince años me gustaban los de veinticinco. A los veinte me atraían los de treinta... Y así me iba....
Hablábamos sí, pero de asuntos laborales. Cuando iba en dirección al lavabo, mira tú qué casualidad que yo también necesitaba ir. Si entraba en un almacén que había, a mi se me acaba lo que fuera, pero tenía que ir al almacén a buscar repuestos. Que le entraba sed y veía que se dirigía hacia la máquina del agua, yo, de repente, sentía que estaba completamente deshidratada y corría hacia allí no fuera a ser que me diera un síncope por falta de líquidos. Él cogía un vaso de plástico, lo llenaba de agua y con una sonrisa me lo entregaba. Y a mi se me quitaban todas las penas. Y así un día tras otro... Ahora creo que lo del agua lo hacía para quitarme de en medio y que le dejara en paz con tanto acoso. Dándomelo a mi primero no tenía más remedio que regresar a mi puesto de trabajo. Para que no se me notara tanto.
Y me miraba. Y se sonreía... Porque como tonto no era, estaba al tanto de mis desvelos por él.
Pero un buen día desapareció de la empresa y a mi se me cayó el mundo encima. Hasta entonces, cuando por la mañana sonaba el despertador, yo era el ser más feliz del universo. Me daba igual, en el fondo, que no me hiciera caso. La esperanza nunca la perdía. Debía de ser por aquella época un poco masoquista.
Pero fue marcharse y aquel trabajo dejó de tener aliciente para mi. Odiaba madrugar, odiaba el despertador, odiaba todo lo odiable...
Y todo esto empecé a recordarlo cuando le vi allí sentado en aquel vagón del metro. Pasando con desgana las hojas de un periódico gratuito. Con aspecto envejecido y diría que hasta con una mirada triste.
Me pregunté que habría hecho la vida con él. ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos? ¿Sería feliz? Me fijé en sus manos y vi que no llevaba alianza de matrimonio. Claro, me dije, que yo tampoco la llevo nunca puesta...
Cuando se levantó para marcharse, por unos instantes clavó sus ojos en mi. Y no vi en ellos ningún signo de reconocimiento.
La vida, seguramente, también me habrá cambiado mucho a mi.

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21 Diciembre 2006

Mi primer viaje en tren II

Apenas si dormí aquella noche porque a la mañana siguiente iba, por fin, a realizar mi primer viaje en tren. Nunca antes había salido del pueblo, salvo alguna vez, quizás, al pueblo de al lado. Pero íbamos siempre caminando atravesando los campos. Esta vez sería diferente. Iría a la ciudad y además subiría por vez primera en un tren.
Nos levantamos cuando aún era de noche mi madre, mi tía y yo. Era un frío amanecer a principios del mes de abril, y cuando nos adentramos por los pedregosos caminos que cruzaban los campos y que nos llevarían hasta la estación, situada en el pueblo vecino a unos dos kilómetros de distancia, las estrellas todavía brillaban en el firmamento.
Mi madre, como todas las mañanas, me había hecho mis dos trenzas y con los nervios que sentía no paraba de juguetear con una de ellas. Nunca antes había caminado durante la noche por los oscuros campos sembrados de olivos y de encinas, y fue ésta otra experiencia nueva a añadir en mi aún corta existencia. Recuerdo que iba cogida de su mano y creo que no paré de hablar durante todo el camino. A lo lejos, vimos venir a una mujer tirando del ramal de un burro. Era la pescadera. Todas las madrugadas, subida encima del animal, se dirigía a la estación donde el tren de mercancías le dejaba las cajas con el pescado envuelto en hielos, que luego ella vendería en la pescadería del pueblo. La vuelta siempre la hacía a pie, mientras el animal cargaba con las cajas del pescado. Nos detuvimos unos momentos para hablar con ella, momentos que a mi se me hicieron eternos, porque no veía la hora de emprender de nuevo la marcha y de llegar a la estación.
Jamás antes había visto un tren de cerca, y el saber, que en apenas unos minutos podría hacerlo, me llenaba de emoción y felicidad. Todo lo más cercano que lo había visto era cuando desde el pueblo, allá en la lejanía, se le veía a veces pasar. Aunque más que el tren era la estela del humo que iba soltando lo que se divisaba en el firmamento. Y algún que otro silbido que de vez en cuando también se escuchaba, cuando el viento soplaba en nuestra dirección y nos lo hacía llegar.
Cuando por fin llegamos a la estación, después de lo que para mi se convirtió en una interminable caminata, las luces del alba comenzaban a abrirse paso entre las sombras de la noche.
Era una vieja y destartalada estación, y allí nos encontramos con otros viajeros que también esperaban el mismo tren que les llevaría, a algunos, a emprender una nueva vida. Las maletas de cartón que se apilaban en el suelo, algunas de ellas atadas con correas o con cuerdas, daban fe de ello.
Después de sacar los billetes que nos vendió un hombre vestido con el uniforme de la RENFE, nos sentamos en uno de los bancos que quedaban libres a esperar la llegada del tren. Mi madre no tardó en entablar conversación con algunos de los que allí esperaban, mientras que yo lo miraba todo con ojos ávidos, no queriendo perderme el más mínimo detalle de todo cuanto me rodeaba. Seguía jugueteando con una de mis trenzas, como era costumbre en mi cada vez que me sentía nerviosa o impaciente, y aquellos eran unos momentos en los que me notaba con los nervios y la impaciencia a flor de piel.
La bombilla que colgaba del techo impregnaba de un color amarillento a todo lo que nos rodeaba, y no conseguía disipar las sombras en su totalidad. Por lo que para mi, la estación, se veía envuelta como en un halo de misterio.
Más de una vez me levanté del asiento y me asomé a las puertas del vestíbulo de la estación, las que daban acceso a las vías, como si con ello pudiera conseguir que el tren llegara más pronto.
- No salgas a las vías. - le escuchaba decir a mi madre desde su asiento, cada vez que me veía allí asomada.
Regresaba al banco y volvía a sentarme; me ponía en pie de nuevo; me paseaba; volvía a asomarme a las vías... Pero el tren no llegaba.
Y de pronto se escuchó, allá a lo lejos, su agudo y penetrante silbido. Y mi corazón comenzó a latir desbocado, al tiempo que una especie de hormigueo me recorría por todo el cuerpo.
- ¡Que ya viene el tren..! - le grité a mi madre que en animada conversación no parecía haberse dado cuenta de ello.
Pero ni se inmutó. Siguió hablando y hablando mientras que yo sentía que los nervios me estaban matando.
-¡Que viene el tren...! - grité de nuevo tirando de su mano para que me hiciera caso.
Finalmente dejó de hablar, después de una eternidad, y cogiendo el bolso, que había dejado a su lado en el banco, se puso en pie. Me cogí de su mano y casi con reverencia atravesamos la puerta del vestíbulo de la estación que daba acceso al andén, como quien atraviesa las puertas de un santuario o de un mundo mágico y desconocido
Y lo vi venir. A unos escasos metros. Echando humo y silbando con un pitido atronador que casi me ensordeció.
Era una mole gigante de color marrón o negro, no lo recuerdo bien, que poco a poco, y con fuertes chirridos, se fue deteniendo delante de nosotros.
Allí estaba por fin. Casi no podía creerlo. Mucho más grande, ruidoso e imponente de lo que hubiera imaginado jamás. El tren. Aquel tren con el que tantas veces había soñado, y que en mi primer viaje me transportaría a un mundo totalmente nuevo y desconocido para mi: al mundo de la gran ciudad.

Pd. Misión cumplida.

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2 Diciembre 2006

El Monje de mis pesadillas

Anoche volvió de nuevo. Hacía ya tiempo, muchísimo tiempo que no me visitaba, pero otra vez está aquí. Espero que sólo de paso... Que no se apodere de mis sueños convirtiéndolos en pesadillas, como tantas veces ha ocurrido.
Es un monje vestido con un hábito pardo. Con la capucha cubriéndole siempre el rostro. Jamás he podido verle la cara, pero estoy segura de que no me gustaría...
Este sueño, más bien pesadilla, me ha perseguido durante años. Siempre el mismo sueño; siempre el mismo monje; siempre el mismo miedo...
La escena se repetía muy a menudo. Yo corría y corría, aunque mis pies parecían no moverse del sitio, y el monje me perseguía. Aunque nunca lograba darme alcance.
Me perseguía sin apresurarse demasiado. Como quien sabe que no vale la pena el esfuerzo, porque al final, está convencido, logrará atraparte.
Y mi corazón cada vez más acelerado. Y de repente, cuando estaba a punto de alcanzarme, me despertaba mi propio grito. Y sentía el corazón latiendo
a una velocidad de infarto.
Un día, cansada ya de tanta persecución, tomé una decisión a la hora de ir a domir. Me juré a mi misma, que si esa noche el monje me visitaba, no trataría de escapar. Me encararía con él, y le preguntaría que qué es lo que deseaba de mi. Que por qué me perseguía de esa manera...
Y así lo hice. Nada más dormirme, el monje apareció de nuevo. Al principio, quizás ya por costumbre, comencé a correr. Pero de pronto recordé el juramento que había hecho estando aún despierta.
Y me detuve de golpe y me giré. El monje también se detuvo. No podía verle la cara. La capucha le caía sobre ella, ocultándosela casi por completo. Y se lo pregunté. Pero no me respondió. Lentamente empezó a desaparecer y me vi sola en aquella calle oscura por la que había estado tratando de huir.
En ese mismo momento me desperté, pero esta vez sin miedo. Sin que mi corazón estuviera acelerado.
A la noche siguiente, cuando me fuí a dormir, lo hice con el mismo propósito de la noche anterior. No permitiría nunca más que el monje me intimidara y me robara mis sueños. Pero no apareció. Ni esa noche, ni a la siguiente, ni a la otra...
De aquel sueño extraje la enseñanza de que a los miedos no hay que temerles. Hay que enfrentarse a ellos, como único método para poder vencerlos.
Hasta hoy. Ya casi no me acordaba de él. Pero una vez más, la pasada noche, el monje invadió mis sueños. Fue tanta la sorpresa que me produjo el verle, después de tanto tiempo, que ni siquiera traté de huir. Me quedé allí quieta, mirándole en silencio. Y me desperté.

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29 Noviembre 2006

Mi primer viaje en tren

Acababa yo de cumplir siete inocentes y angelicales años, cuando hice mi primer viaje en tren.
Fue un día emocionante aquel. De esos días en los que el recuerdo de lo que pasó en él te queda grabado a fuego, en algún rinconcito de la mente. Recuerdo del que más tarde, con el paso de los años, tanto nos gusta echar mano de vez en cuando para volver a revivirlo.
Creo que apenas si dormí la noche anterior al viaje. La emoción que sentía, ante la que para mi sería mi primera aventura fuera del pueblo, no me dejó hacerlo.
No era fácil dormir aquella noche, cuando en aquel viaje se unían dos acontecimientos muy importantes en mi vida. Uno era que por primera vez subiría y vería un tren de cerca; y el otro que me comprarían el traje, con el que en unas pocas semanas después, haría mi Primera Comunión.
No sé realmente cual de las dos cosas me emocionaba más y me robaba el sueño. Creo que era la de subir al tren. La otra, la de la Primera Comunión, me daba más miedo que alegría.
No la Comunión en sí, sino lo que me esperaba el día antes: la temida confesión.
¡Qué miedo me daba a mi aquello...!
Y razón tenía para temerlo. Tanto fue así, que el trayecto que tuve que recorrer, no más de dos metros, desde el banco de la iglesia donde sentados ordenadamente esperábamos nuestro turno, todos los niños y niñas que al día siguiente celebraríamos tan solemne acto, ha sido el viaje más difícil, largo y fatigoso que he realizado en toda mi existencia.
Mil veces peor que cuando fui a Andorra, que como ya expliqué alguna vez, ha sido el destino más lejos al que he llegado en mi vida. Se me hizo menos cuesta arriba, entre otras cosas porque fui en coche y a confesarme tuve que hacerlo a pie. Arrastrando los pies, para ser más exactos. Demorándome todo lo más posible, para que aquellos escasos dos metros que me separaban del confesionario, se convirtieran, a ser posible, en dos millones de kilómetros.
En mi interior anidaba la esperanza, absurda ya lo sé, pero sólo tenía siete años, de que quizás, así por un casual, o por uno de esos milagros que dicen que de vez en cuando ocurren, aunque yo no haya visto ninguno jamás, el confesionario, con el cura dentro, se volatilizaran y desaparecieran de la faz de la Tierra, y poder verme así libre de tener que realizar tan penoso acto.
Pero estaba visto que el Altísimo no estaba aquel día por la labor, y no tuve más remedio que arrodillarme delante de aquel cajón de madera, donde desde dentro, y a través de una pequeña ventanita con una rejilla, unos ojos inquisitivos y acusadores me observaban.
- Ave María Purísima - dije con una vocecita casi inaudible y temblorosa, tal y como tantas veces habíamos ensayado en el colegio.
- Sin pecado concebida...- me respondió una voz que a mi me sonó como de ultratumba y llegada del más allá.
- Padre, me confieso que he pecado.
Y aquí empecé a enumerar el rosario de mis pecados. De todos los pecados que había cometido en mis siete años de existencia.
- He dicho mentiras; no he obedecido a mis padres; me he peleado con mis hermanos; he dicho palabrotas; he robado una castaña en la tienda, mientras la dueña estaba distraída... . Hasta éste pecado me atreví a confesar.
El cura ni rechistaba. Creo que estaba medio dormido escuchándome.
Le comprendo perfectamente. Pobre hombre... Don Clemente se llamaba.
Tener que meterse dentro de aquel cubículo, a escuchar la retahíla de pecados que uno tras otro le íbamos soltando, los aproximadamente veinte niños que al día siguiente viviríamos nuestro gran día, no debía ser para él plato de gusto.
Una vez acabé el recuento de mis pecadillos, me quedé callada. Sin saber si debía o quería seguir. En realidad sí sabía perfectamente que debía. Es que no quería. Porque mi gran pecado aún lo guardaba dentro, pero no me veía con la valentía suficiente como para soltarlo.
- ¿Algo más? - oí preguntar a la voz aquella que me erizaba el pelo.
Continué en silencio. En mi interior se estaba produciendo una encarnizada lucha, entre mi Ángel de la Guarda y el maligno, que no dejaba de meter cizaña.
Mientras que uno me exigía encarecidamente que lo contara todo, el otro no paraba de susurrarme al oído que no dijera nada. Que siguiera callada.
El cura debió impacientarse con mi silencio, porque volvió a preguntarme:
- ¿Tienes algún otro pecado que contarme, hija mía?
Dilo... No lo digas... Dilo... No lo digas... Sentía gritando unas voces dentro de mi cabeza.
Finalmente pudo más en mi el terror que me producía saber, que si no lo contaba, me pasaría toda la eternidad churruscándome en los infiernos, que el miedo que el cura me inspiraba. Y lo solté. Con una voz tan débil que ni se me escuchó.
- Me arrepiento de jugar a los novios con mis amigas...
- ¿Cómo has dicho? - preguntó removiéndose impaciente en su asiento, y con una voz que me pareció más de ultratumba que nunca.
Y para mi desgracia tuve que repetirlo. ¿ No quería una vez? Pues fueron dos.
- Que juego a los novios con mis amigas. - repetí otra vez, elevando un poco más el tono de mi voz.
Acercó su rostro a la rejilla de la ventanita y pude ver, con más pánico aún, si es que ello era posible, aquellos ojillos inquisidores que parecían querer taladrarme.
- ¿Y qué es lo que hacéis? - quiso saber.
Me puse a temblar. Me hubiera querido morir allí mismo. Tener que contarlo... Tener que explicarle con pelos y señales mis más oscuros secretos...
- Nos cogemos de la mano. Y nos regalamos florecitas y piedras de colores que nos encontramos. Y también nos damos besos. - añadí a punto de morir de la vergüenza.
-¿Y dónde os dais los besos? - le escuché preguntar.
Ya no estaba adormilado. Se le oía bien despierto.
- En la cara. - respondí extrañada por la pregunta que me había hecho.
Porque a mis siete inocentes años, no se me hubiera ocurrido jamás, que pudiera existir algún otro lugar en el cuerpo donde fuera posible depositar aquellos nuestros húmedos y babosos besos.
No teníamos televisión en aquellos años; los adultos no se besaban jamás delante nuestro en otro lugar que no fuera el rostro; los novios caminaban por la calle uno junto a otro, y los más atrevidos cogidos del brazo... ¿Dónde iba yo a haber aprendido lo de los besos?
- ¿Y no hacéis nada más? - quiso saber.
- No, sólo eso.
- Pues no lo hagáis nunca más. Tenéis que jugar a cosas de niñas.
Y me dio la absolución. Y recuerdo que salí de allí sintiéndome ligera como el viento.
Ya en la calle todo me pareció envuelto en un halo luminoso. No sé si era por el contraste de la iglesia, que estaba en penumbra, con el exterior, o porque la limpieza de mi alma, que había quedado más blanca que si la hubieran puesto a remojo con Ariel, se reflejaba en todo cuanto me rodeaba, consiguiendo que todo me pareciera mucho más resplandeciente que antes de mi terrible confesión.
El cielo, las calles, las casas... Incluso hasta las gentes con las que me cruzaba, me parecían estar impregnados de un halo luminoso. Quizás reflejo de la luminosidad de mi alma, que por fin se había liberado de aquel terrible pecado que la tenía ennegrecida...

Nota aclaratoria: juro solemnemente que mi intención era relatar mi primer viaje en tren...

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14 Noviembre 2006

El tanque de mi hermano

Mi hermano, cuando era pequeño, tenía un tanque de juguete. Era un tanque muy avanzado para la época, o al menos para la época en la que vivíamos en mi pueblo.
Se lo había traído de regalo una tía nuestra que vivía en Suiza, y era la atracción de todo el barrio porque ningún niño que conociéramos tenía un tanque igual.
Funcionaba con pilas y cuando chocaba contra la pared, o contra las sillas o la mesa, se detenía unos segundos y después, girando a derecha o izquierda, emprendía de nuevo la marcha.
Mi hermano, durante todo el año, vivía deseando que llegara el día de Reyes para que le trajeran su tanque. Porque los Reyes Magos, que siempre venían cada año cargados de juguetes para los niños, no para los de nuestro entorno, sino para otros, según decían, para mi hermano, milagrosamente, siempre traían el mismo tanque año tras año.
Cuando se levantaba por la mañana, allí, junto a sus zapatos, que con tanto esmero se había entretenido en limpiar la noche antes porque si los Reyes Magos los encontraban sucios pasaban de largo, allí, decía, estaba su pequeño tanque.
Y durante no más de una semana se convertía en su juguete preferido. Y en el de toda la familia.
Para nosotros era casi un milagro ver como se movía por toda la cocina, girando de un lado para otro, chocando contra cualquier obstáculo que se le atravesara en el camino... A veces le poníamos en dirección a la pared, porque nos hacía gracia, o mas bien porque nos asombraba ver, como el tanque era lo suficientemente inteligente como para detectar, al llegar a la pared, que por allí no se podía pasar y se daba la vuelta, él solo, buscando una nueva ruta. Hasta que se encontraba con otro obstáculo, a veces nuestros propios pies, que los poníamos delante suyo a propósito, porque queríamos cerciorarnos, una vez más, que el tanque sabría retroceder y marchar por otro camino.
Pero esto, como ya he dicho, sólo ocurría una semana al año. Una mañana al levantarnos, misteriosamente, el tanque había desaparecido de la casa. Preguntábamos por él y nadie sabía qué había pasado.
Ni dónde estaba. Ni qué espíritu maligno se había llevado nuestro tanque. Porque era el tanque de todos.
Después, poco a poco, con el correr de los días, el tanque iba pasando a un segundo plano y comenzábamos a hablar de él con cariño pero sin pena. Mi hermano volvía otra vez a jugar con sus canicas; con sus chapas de botella que recogía junto a sus amigos en los bares del pueblo; con los indios y los pistoleros de plástico o con el aro que hacían rodar por las calles del pueblo.
Y otra vez, casi sin darnos cuenta, llegaba de nuevo la Navidad. Y con ella los turrones, que el duro era de cacahuetes, porque salía más barato que el de almendras, y las peladillas, y las figuritas de mazapán, que esas sí que no podían faltar, y los villancicos que cantábamos en la cocina de mi casa, al calor del brasero, mientras mi padre tocaba la zambomba, y mi abuelo le acompañaba rascando con un tenedor una botella de Anís del Mono vacía...
Y por fín, después de mucho esperar, llegaban los Reyes Magos, porque por aquellos años no sabíamos que existía Papá Noel y los regalos siempre los traían ellos.
Y como una extraña aparición, al levantarnos la mañana de Reyes, allí estaba él, de nuevo junto a los zapatos de mi hermano: su pequeño tanque de juguete.

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