Categoría: Mis recuerdos
11 Noviembre 2006
Cuando era pequeña yo tenía un pobre.
Era un hombre muy viejo, o así es como lo veía yo desde mis pocos años, que varias veces al año aparecía por el pueblo.
Le recuerdo como un hombre no muy alto, que caminaba medio encorvado ayudándose con un bastón, y con una barba blanca y el cabello totalmente encanecido. Pasaba no más de cinco o seis días en el pueblo y después emprendía el camino en dirección al pueblo más cercano.
Iba de en casa en casa pidiendo limosna y a pesar de que por aquellos años todos vivíamos con lo justo, en incluso con menos, no había casa donde no le dieran alguna cosa. Casi siempre comida, porque dinero de sobra no teníamos ni para nosotros.
Vivíamos a las afueras del pueblo al lado de una de las fuentes públicas, adonde a diario iban a buscar el agua más de medio pueblo, en aquellos años no teníamos agua corriente en las casas, y ese fue, precisamente, el lugar que el pobre eligió para instalar su campamento base.
Imagino que debió hacerlo para tener el agua a mano, y porque como por allí pasaban a diario docenas de personas, había más posibilidades de conseguir alguna limosna.
Dormía en el suelo acurrucado en su manta y por las mañanas, sobre todo en aquellas frías y neblinosas mañanas de invierno, mi madre me daba un tazón de leche con colacao y unas cuantas galletas maría para que se lo llevara al pobre.
Y allá que iba yo, sintiéndome alguien muy importante, a darle su desayuno, mientras la gente que estaba en la fuente esperando su turno para coger el agua, nos miraban con curiosidad.
En ocasiones me lo encontraba acurrucado en su manta, con los ojos cerrados y tenía que darle un toquecito en el hombro para que se despertara. Siempre recordaré la mirada de agradecimiento que se reflejaba en sus ojos, cuando me veía allí, parada delante de él, con el tazón de leche caliente.
Lo cogía con manos temblorosas, más de una vez temí que se lo echara encima, con unas manos llenas de costras, y con toda la lentitud del mundo, quizás para que le durara más el calorcito del tazón, comenzaba a mojar las galletas en la leche y a dar pequeños sorbitos que seguro le reconfortaban en aquellas frías mañanas invernales.
Yo esperaba pacientemente hasta que terminaba para poder llevarme mi tazón de vuelta a casa, y cuando lo hacía, cuando acababa, me lo devolvía con una sonrisa de agradecimiento en la mirada. Casi no hablaba nada. Sólo me miraba por encima del tazón mientras bebía. Con unos ojos de mirar profundo y triste. Y recuerdo, que al acabar, siempre se limpiaba la boca con la manga de su chaqueta.
Una noche, mientras estábamos cenando, comenzó a llover. Y mi padre, mirando a través de la ventana de la cocina, que daba al corral de la casa, dijo mientras observaba la lluvia caer:
- Vaya nochecita que le espera al pobre…
Lo llamábamos siempre así cuando hablábamos de él, porque nunca supimos como se llamaba en realidad. Para nosotros era siempre “el pobre.”
Y seguimos cenando tranquilamente.
Y al cabo de un rato mi madre dijo:
- No hago mas que pensar en el pobre. En el frío que estará pasando y en que va a terminar calado hasta los huesos. ¿Y si le decimos que se venga a dormir aquí por esta noche?
Y sin pensarlo más mi padre dejó de cenar y se levantó de la mesa. Y se acercó hasta la fuente y se trajo al pobre a casa. Le dimos ropa de mi abuelo para que se cambiara, pues la traía toda mojada, y por una noche, cenó caliente y durmió como las personas.
Y a partir de aquel día, el pobre fue más "mi pobre" que nunca.
Cuando en los pocos días que pasaba en el pueblo me lo encontraba por las calles, el pobre siempre me saludaba. Me hacía un gesto con la cabeza a modo de saludo y yo me sentía la niña más importante del mundo.
Porque entre toda la horda de chiquillos que a veces le seguíamos a ratos por las calles del pueblo, para ver a dónde iba, en qué casas entraba, y quien le daba alguna cosa, el pobre sólo me miraba y me saludaba a mi. Y los demás niños me miraban con cierta envidia, porque aquel ser tan enigmático y extraño, al que casi nunca se le oía hablar, para mi no parecía tener misterios.
Había otros muchos pobres que a lo largo del año pasaban por el pueblo. Recuerdo a mujeres con niños pequeños. A jovenes, a viejos, a gente sin un brazo, al que le faltaba alguna de sus piernas... O al "tío Gatas", como llamaban a aquel otro que caminaba a cuatro patas y con el que nos metían miedo de pequeños para que nos portáramos bien.
- Como no te lo comas todo, vendrá el tío Gatas y te llevará. - recuerdo que me decía mi madre para conseguir que me acabara la comida que tanto asco me daba.
Llevaba una especie de tacos de madera en las palmas de las manos, que las apoyaba en el suelo para caminar, y supongo que para no despellejárselas con las piedras de los caminos y así, apoyando manos y pies iba de un pueblo a otro pidiendo limosna. Y era asombroso verle caminar de esa manera, con la espalda totalmente doblada, y a la velocidad que lo hacía.
Pero ninguno de ellos, de todos los pobres que pasaban por el pueblo, de algunos huíamos porque nos inspiraba miedo su aspecto físico, ninguno de ellos, decía, me caló tan hondo como aquel hombrecillo que de tarde en tarde aparecía por el pueblo.
Se iba sin despedirse y en silencio. Tal como había llegado. Una mañana, al levantarnos, salíamos a la calle y el pobre ya no estaba allí. No quedaban sino los restos de su presencia. Alguna piel de naranja, una bolsa de papel, algunas migas de pan que los pájaros se comían...
Hasta la próxima vez. Cuando al salir de nuevo a la calle lo veía allí, en aquel rincón de la fuente que él había convertido en su hogar, y entonces gritando, corría hacia mi casa diciendo:
- ¡Ha vuelto el pobre, ha vuelto el pobre...!
servido por delavidaysuscosas
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8 Octubre 2006

Cuando era pequeña y estudiaba con las monjas robaba libros.
Como ya por entonces me apasionaba la lectura, y mi fondo de biblioteca constaba aproximadamente de unos diez míseros títulos que me había ido trayendo una de mis tías de Madrid, y me los sabía de memoria de tantísimas veces como los había leído, al final opté por echarle mano a la biblioteca del colegio que estaba excelentemente surtida.
Todas las tardes las monjas, ya estaba yo vigilante, al terminar las clases se encerraban en la capilla del colegio a rezar el rosario. Y mientras ellas le rogaban a Dios por la salud de sus almas y de la de todos nosotros, yo, sigilosamente, como ladrón de guante blanco, llevaba a cabo mi fechoría.
Primero cogía la llave del despacho de la directora, que estaba escondida en una gran maceta que hacía guardia en la puerta. Entraba en él, abría uno de los cajones de su escritorio y allí, como esperándome y diciéndome “cógeme, cógeme”, se encontraba la llave que me abriría la puerta al mundo de fantasía en el que tanto me gustaba sumergirme.
Rápidamente me dirigía hacia la biblioteca y una vez dentro me encerraba con llave para que nadie pudiera sorprenderme.
Elegía uno, sin mirar demasiado el argumento y escondía mi valiosa adquisición en la cartera, entre mis libros escolares. Después desandaba el camino hasta dejar las llaves en sus respectivos escondrijos.
Y tan feliz y contenta, sin una pizca de remordimiento por lo que había hecho, me iba a mi casa a encerrarme en la buhardilla donde comenzaba a leer.
Y cuando lo acababa, que solía ser muy pronto, tenía que volver a realizar la misma operación para devolverlo a su estante. Y claro, ya que estaba allí, aprovechaba para coger otro.
La directora, una buena mujer, había confiado en mi eligiéndome junto a otra niña, para que le ayudáramos en la organización de la biblioteca. Y había días que al terminar las clases, o a la hora del recreo, nos llevaba con ella, y fue así como descubrí donde se escondían las llaves.
Nadie se enteró nunca de lo que estaba haciendo. Ni mi madre, que era como un lince, siempre vigilante y al acecho, y a quien nunca se le podía engañar, ni las monjas, ni mis amigas... Sólo lo sabíamos mi conciencia y yo. Y extrañamente, a pesar de mi educación monjil, jamás me insinuó ni una sola vez que aquello que hacía no estaba ni medio bien.
Supongo que por aquel entonces mi conciencia debía de pensar, igual que lo piensa ahora, que lo que no estaba bien era que aquellos cientos de libros, que sólo podíamos mirar pero no coger, se llenaran de polvo en las estanterías, sin nadie que los leyera.
Leía de todo. Libros infantiles, juveniles, de adultos... Me daba exactamente igual, el caso era leer. Y por los veranos, cuando no había colegio y por lo tanto no podía sustraerlos, por decirlo más finamente, mi vecino, que tenía unos años más que yo, me dejaba novelas de pistoleros de Marcial Lafuente Estefanía, y de Keith Luger, y de Silver Kane. Unas novelas pequeñitas de bolsillo que se leían en menos que canta un gallo. Y su hermana novelas de Corín Tellado...
Y leía, y leía... La cuestión era evadirme del mundo que me rodeaba. Un mundo en el que no encontraba mi sitio.
Y en el que todavía, hoy en día, no sé muy bien si lo he encontrado.
Aclaración:Como soy tan garrula para estas cosas borré sin querer esta entrada, comentarios incluídos, y he tenido que volver a publicarla.
Menos mal que había guardado un borrador...
Lo siento por quienes dejaron su comentario.
Encima de tener pocos, voy y los borro...
servido por delavidaysuscosas
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1 Octubre 2006
En estos últimos días me he dedicado a poner un poco de orden en la buhardilla de mi casa.
Creo, que de toda la casa, es mi lugar preferido. En ella se guardan todo tipo de objetos y recuerdos que a lo largo de los años he ido acumulando y que por alguna extraña razón, supongo que por nostalgia, soy incapaz de tirar.
En las estanterías, que cubren una de sus paredes, se apilan los cientos de libros cuya lectura, desde mi ya lejana adolescencia, me han ido marcando y haciendo de mi lo que ahora soy.
Cajas que guardan alguna ropa y los primeros patucos de mis hijos. Sus juguetes y peluches preferidos, los puzzles, playmobils, las Barbis, los Legos, sus primeros dibujos y cuadernos escolares... Felicitaciones echas en una cartulina y coloreada por ellos mismos, donde dice " Para mamá"...
Y un sin fin de cosas y objetos extraños, que al formar parte de mi vida me impiden deshacerme de ellos.
Y entre todas las cajas, una que guarda para mi un significado muy especial: la que contiene mis cuadernos, poemas y todo aquello sobre lo que escribí durante años, cuando alguna cosa me llegaba dentro.
Mi primera novela... La única que logré terminar y ponerle punto final, antes que el desencanto y la vida me llevaran por otros derroteros.
Son casi ciento ochenta folios, escritos con mi vieja máquina Olivetti, y que ahora, con el paso de los años, han amarilleado y se han vuelto casi imposibles de leer.
Tenía apenas veinte años cuando la acabé, y debía de ser muy ingenua por entonces porque hasta me atreví a enviarla a un concurso.
Concurso que por supuesto no gané. Y ahí quedó de nuevo, guardada en su caja, como fiel testimonio de un tiempo que ya se perdió.
Algunas historias más, inacabadas, como la del viejo Juan, donde intentaba describir el mundo visto a través de los ojos de un anciano de ochenta años.
El libro de poemas que escribí y yo misma me autoedité, cosiendo las hojas y pegándole unas tapas que fabriqué...
Tantas y tantas cosas...
Y ahora... La historia parece que se repite.
Ahí está mi hija: tan solitaria y encerrada en su mundo como lo estuve yo.
Pero ojalá que a ella la vida le abra las puertas que a mi cerró. Y que no tenga que guardar sus sueños en una caja, como tuve que guardarlos yo.
servido por delavidaysuscosas
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27 Septiembre 2006
La semana pasada estuve en Barcelona. Tenía que hacer algunas compras, y como siempre fui a parar a la zona de las Ramblas.
Cuando pasaba por la calle Pelayo me quedé parada unos instantes en medio de la acera. Como paralizada.
Había un hombre, sin una pierna, sentado en el suelo y con la mano extendida. Era uno de tantos mendigos que te encuentras en las grandes ciudades pidiendo limosna, y a los que tan acostumbrados estamos a ver, que ya casi forman parte del paisaje urbano.
Pero éste tenía algo especial. Le observé fijamente y me dí cuenta de que era el mismo al que de vez en cuando, en mi juventud, le daba alguna moneda.
Estaba mucho más viejo, por supuesto, no en vano han pasado más de veinte años desde entonces, y su barba y cabellos completamente blancos , así como las profundas arrugas de su rostro, mostraban los estragos que el paso de los años habían hecho con él.
Y ocurrió, que al mirarle, tuve la extraña sensación de que el tiempo había retrocedido.
Allí estaba yo, casi una cría, en aquella calle cientos de veces recorrida, con mis amigas, riéndonos de cualquier tontería, mirando los escaparates de las tiendas muchas de ellas ya desaparecidas.
Sin obligaciones. Sin nada que realmente nos preocupara. Sintiéndonos felices simplemente por el hecho de estar vivas.
Y fue una sensación extrañísima. De pronto, comencé a recordar anécdotas y retazos de conversaciónes, como si estuvieran flotando en el aire, que nos habían pasado en aquella calle.
No sé muy bien porqué, la sola visión de aquel hombre, pudo hacerme retroceder en el tiempo a una época que ya casi tenía olvidada. Consiguiendo que recordara momentos allí vividos que habían quedado enterrados entre mis más profundos recuerdos.
Por esta calle paso a menudo. Siempre que voy a Barcelona. Lo que no puedo saber es si este hombre, durante todos estos años ha estado allí, en el mismo sitio de siempre y yo no me había fijado en él, o si por el contrario éste fue un día especial en el que apareció de nuevo. Como mis recuerdos.
Tal vez ocurra que una parte de nosotros va quedando por todos aquellos lugares por los que anduvimos.
Quizás la vida que se nos va, no desaparezca del todo.
Quiero creer que algo de mi fui dejando en todos los sitios por los que pasé. Como diminutas partículas de mi ser que al volver a coincidir en un tiempo y lugar, comienzan otra vez a formar parte de mi existencia.
Así, hasta que de nuevo queden atrapadas en el olvido.
servido por delavidaysuscosas
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