La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

Categoría: Relatos

25 Diciembre 2006

Abrazado a tu soledad

Desde mi balcón te veo caminar. Con tus pasos lentos y cansados vas recorriendo, casi arrastrando los pies, el camino de tierra que te llevará hasta el lugar donde ella reposa en silencio.
En una de tus manos llevas un bastón. Ese, que como un lazarillo, te ayuda en tu triste caminar haciéndotelo más llevadero, porque ya son muchos los años que arrastras a tus espaldas. En la otra veo un pequeño ramo de flores que hoy, en un día tan especial, has decidido entregarle. Quizás las flores que nunca en vida le regalaste, pero que hoy lo harás como un homenaje póstumo a quien durante más de cincuenta años fue la compañera de tu vida.
Cuando apenas si las sombras de la noche se han disipado y el sol, convertido en un disco anaranjado comienza a asomarse tímidamente por el horizonte, tú estás ya ahí, camino del lugar donde ella te espera.
No es hoy un amanecer más; es la mañana del día de Navidad. Tu primera Navidad sin ella y la que nunca hubieras querido tener que vivir, pero que la vida, a veces tan cruel y despiadada, no dudó en hacer que fuera así.
Por eso, cuando las primeras luces del alba comenzaron a despuntar, y un tenue rayo de luz se filtró a través del cristal de tu ventana, te levantaste de la cama, después de una larga e interminable noche de insomnio, y decidiste que aquel día la tenías que ir a visitar.
Fueron tantos años juntos... Más de media vida a su lado luchando los dos a la par. Juntos; siempre juntos en lo bueno y en lo malo, hasta aquel día fatal en que todo acabó. Desde que ella se fue, hace apenas unos pocos meses, te pesan los años, que ya son más de ochenta, y te pesa el silencio que como una sombría nube cubrió por entero tu hogar. Pero más que nada te pesa la soledad. La soledad, que desde aquel triste día se adueñó de tu alma y que ni un sólo instante te ha dejado ya vivir en paz.
Llegas tan pronto, que las puertas aún no se han abierto y veo como te sientas a esperar, hasta que viene el empleado con la llave y por fin puedes lentamente entrar.
Cruzas las puertas del solitario y silencioso recinto y aunque ya no puedo verte, no me cuesta imaginarte allí dentro. Te habrás detenido delante de ella, y con una mano te veo limpiando el cristal. Ese cristal que el frío de la noche habrá empañado, dejando sobre su superficie pequeños cristales de escarcha que a ti te está costando quitar.
Y le hablas en susurros, diciéndole todo lo que quizás en vida nunca te atreviste a expresar. Y te tiembla la voz; y con tus propios brazos, buscando ese calor que te falta desde el día en el que todo acabó, te intentas en vano abrazar, al tiempo que haces un sobrehumano esfuerzo para que ella no te vea llorar.

Pd. Esta mañana, cuando al levantarme hice lo que cada día tengo por costumbre hacer, salir al balcón para ver como el sol comienza a despuntar, miré en dirección al cementerio. Y fue cuando lo vi.
Un solitario anciano caminaba con un ramo de flores en la mano. La luz todavía era escasa, pero él, lentamente, se dirigía hacia allí. La imagen de soledad que desprendía me llegó al alma.

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10 Diciembre 2006

El reencuentro

- ¡Hombre, Agustín! Tú de nuevo otra vez por aquí...
Al viejo Juan siempre le alegra reencontrarse con su antigüo amigo de la infancia. Acaba de cumplir ochenta y cinco años, y ésta es una de las pocas cosas en la vida que todavía le calientan el alma. Es un hombre solitario. Lo fue toda su vida. Raro, es como le llaman en el pueblo. Porque no hace las cosas habituales en personas de su edad, y todos piensan que en el fondo está un poco loco. Como esa manía que tiene de venir siempre aquí; a este lugar tan alejado del pueblo, al que tiene que llegar por caminos escabrosos y empinados, simplemente para sentarse a ver pasar la vida. Se pasa las horas muertas él solo allí sentado. Sin más compañía que sus propios pensamientos que nunca le abandonan. ¿No podría ir a sentarse en la plaza del pueblo como hacen todos los demás viejos? - se preguntan a menudo sus hijos. Ya no intentan convencerle para que lo haga. Saben que es inútil. Han terminado por aceptarlo y le han dejado solo con sus rarezas.
Pero Agustín, su amigo del alma, el único verdadero que ha tenido jamás, no piensa como los demás. Sabe que para el viejo Juan la soledad le es tan necesaria como el aire que respira. Y por eso, en cuanto llegó hoy de nuevo al pueblo, supo inmediatamente, sin necesidad de preguntarle a nadie, donde podría encontrarle.
Y aquí están de nuevo. Juntos. Como desde su más tierna infancia hicieron siempre. Uña y carne. Dos seres inseparables, a pesar de que eran totalmente diferentes. Pero quizás por eso se complementaban. Les separó únicamente la vida, cuando Agustín, al quedarse viudo hace cinco años ya, sus hijos tomaron la decisión, sin consultarle siquiera, de que ya no podía seguir viviendo solo en el pueblo y se lo llevaron con ellos a la gran ciudad.
- Agustín, no te marches a la ciudad que allí se muere todo el mundo. - le había dicho Juan al enterarse de su partida.
- Tengo que irme, Juan. Los hijos son quienes mandan, y los míos han decidido que tengo que ir con ellos.
El viejo Juan aún recuerda la primera vez que su amigo regresó al pueblo después de su marcha. Venía tan cambiado que casi le costó reconocerlo. El traje de pana que siempre había usado se lo habían hecho quitar y hasta la boina había desaparecido de su cabeza. Ahora vestía pantalón y camisa de manga corta, de unos colores y tejidos, que al pobre hombre le hacían sentir desnudo y expuesto a los demás.
- Pero Agustín, ¡si pareces un marqués…!
- No te burles Juan, no te burles..., que uno va así a la fuerza. Estos hijos míos no se cansan de retocarme, como si esto a mi edad sirviera para algo. Y no se quieren dar cuenta de que nosotros, los viejos, ya no podemos cambiar.
- ¿Y cómo te va por la ciudad? Cuenta, cuenta …
- Mal, Juan, muy mal... Allí hay mucha humedad y mis huesos no paran de quejarse.
- Te lo dije Agustín: no vayas a la capital que aquello no es para nosotros. Aquí hace mucho frío, es cierto, pero esto es lo sano. ¿No ves lo que les ocurre a los jamones? Con el frío se endurecen y se hacen más sabrosos. En cambio, con la humedad, se ablandan y terminan por estropearse. No debiste permitir que te llevaran.
- ¿Y qué querías que hiciera, Juan? Cuando murió Isabel y mis hijos vinieron a enterrarla, acordaron que yo no podía vivir aquí solo. Y así, sin contar conmigo, decidieron que tenía que marcharme con ellos. Creo que lo hicieron por mi bien, Juan, porque seguramente pensaron que no podría valerme por mi mismo, ahora que ella ya no estaba para atenderme.
- ¿No me atiendo yo solo? Pues tú hubieras hecho lo mismo. Te he contado muchas veces que mis hijos no paraban de decirme que debería ir a vivir con ellos a sus casas, pero yo siempre me negué. Ahora ya ni me lo piden. Han comprendido que es perder el tiempo conmigo.
- Tú eres distinto, Juan.. Sabes perfectamente que siempre has sido más valiente que yo. ¿Recuerdas cuando éramos unos críos? Eras tú siempre el que decidía qué hacer y adónde ir. Y yo te seguía en todo. A mi me asusta estar solo y necesito a alguien conmigo que me vaya guiando. Isabel sabía llevarme como nadie y por eso, desde que murió, siento como si me faltara el aire. Los hijos son buenos y se portan bien conmigo, pero no es lo mismo. Yo la necesito a ella. Entiéndeme, Juan, sin Isabel aquí, ¿qué es lo que me quedaba ?
- Recuerdos, Agustín. Te quedan los recuerdos; que para nosotros, a nuestra edad, son como el aire que respiramos. Pero allí, en la ciudad, ¿qué es lo que tienes?
- Soledad, Juan. De esa tengo, y mucha más de la que quisiera. Allá me siento tan solo, que hay días en los que me pierdo por las calles dando vueltas de un lado a otro, sin saber siquiera a donde ir, con tal de no quedarme todo el día encerrado en el piso. Ellos trabajan todo el día y no vuelven hasta el atardecer. Y yo lo entiendo. Porque tienen muchos gastos, que no pasa lo que aquí que con cuatro perras nos las arreglábamos. Y me dejan bien atendido, no vayas a creer que no. Mis nueras o mis hijas, con la que toque estar, me hacen la comida por la noche y al día siguiente yo sólo tengo que calentármela en un aparato que se llama micronosequé.
Lo malo de todo es que las horas se me hacen eternas. Y después está el sitio ese donde vivimos. Hay tanta gente por todos lados … Siempre me acuerdo, cuando estoy allí, de esta tu atalaya, como la llamas, y de cuando de pequeños me traías aquí por las noches, a escondidas, para ver las estrellas. Allí ni se ve cuando sale el sol, ni cuando se oculta … Ni tampoco se ven las estrellas por las noches. Parece como que no las hubiera. O si las hay están tan altas que desde abajo es imposible verlas. Pero no vayas a pensar que la gente padece por esto. ¡Ni muchísimo menos! Ni se enteran de lo que está pasando. Durante la semana trabajan sin parar para poder pagar todos los gastos tan exagerados que tienen: que si el coche, que si el piso, que si todos los aparatos que tienen en la casa … Con lo poco que teníamos Isabel y yo y lo bien que vivíamos.
Luego llegan los fines de semana y vamos a comprar a un comercio, hipermercado creo que lo llaman, que es un sitio tan exagerado de grande y con tantas cosas, que desde un botón hasta una televisión o una nevera puedes encontrar allí. Es como de estar locos. Primero metidos más de una hora dentro del coche para poder llegar, porque van tantos coches por la carretera que pienso yo que más valdría ir andando. Llegaríamos antes. Después, cuando llegas al sitio ese, venga a dar vueltas y más vueltas hasta que encontramos un sitio donde dejarlo aparcado. Y luego, ya dentro del comercio, me gustaría, Juan, que vieras a la gente. Comprando y comprando. Llenando unos carros con ruedas que tienen, de comida hasta los topes, que a veces hasta se les caen las cosas por los pasillos de tan llenos como los llevan. ¿ Sabes lo que pienso cuando les veo ? Que parece que tengan miedo de que llegue otra vez la guerra y que por eso almacenan tanta comida. Para que no les pille desprevenidos. Y aquí no acaba todo. Cuando ya han decidido que han comprado lo suficiente, lo llevan a una especie de mesas largas que se mueven, y allí, una señorita, va pasando cada cosa por una máquina para saber lo que cuesta. Pero el problema no es ese, lo malo del asunto es que hay que hacer unas colas de media hora para poder pagarlo. ¿Tú crees Juan, que vale la pena todo esto? Con lo fácil que era ir al comercio del tío Nicanor y comprar en dos minutos todo lo que se necesitaba. A mi hacer estas cosas me da mucha angustia. Así que últimamente ya no voy con ellos. Prefiero quedarme sólo en casa, otro día más, y salir a darme un paseo por ahí. Me siento en algún banco que encuentre libre y me pongo a mirar a la gente. Porque es lo único que se puede ver: gente y más gente. Bueno, y algún que otro perro, siempre atados con correas. ¡Lástima de animales …! ¿Qué pensarías si te dijera que algunos hasta llevan puesto una especie de jersey de lana en el invierno? Y no creas que exagero, Juan. Es que ya te he dicho que allí todo es de locura. Porque a ver, dime: ¿dónde se ha visto un perro vestido …?
Aunque de todo esto, Juan, lo que peor llevo es el andar de casa en casa. Si al menos me dejaran fijo siempre en la misma … Pero no esperan ni un día. Ya sabes que estoy dos meses con cada uno de ellos ¿no? Pues en cuanto llega el último día del mes, lo primero que hacen al levantarse por la mañana es prepararme la maleta. Meten en ella mis cuatro cosas y al acabar de comer al mediodía, me echan para la casa del siguiente. Y yo me siento mal, Juan. Muy mal, porque parezco un trasto viejo al que nadie quiere y que está estorbando en todas partes. Te lo digo de verdad: más me valdría haberme muerto antes que tener que pasar por todo esto. Porque por las noches, cuando éstas se hacen tan largas que parece como si nunca fueran a acabarse, más de una vez he llorado. A ti te lo digo, Juan, porque sé que vas a comprenderme y no vas a reírte de mi. Lloro de pena y de rabia al darme cuenta de lo poco que valgo para ellos. Yo, que me dejé las manos en la tierra para poder darles una vida mejor que la que a mi me tocó llevar, y ahora mira como me lo pagan. Ellos van a lo suyo, y no se dan cuenta de lo duro que es para mi que me tengan siempre con la maleta dispuesta para la partida. Y por eso lloro, Juan. Aunque sé muy bien que las lágrimas no sirven para nada. Porque a fin de cuentas, ¿a quién le importan las lágrimas de un pobre viejo …?

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19 Noviembre 2006

Un adiós sin retorno

Un año ya que te fuiste. Un año en el que dejé de vivir. La sombra de la muerte me cubrió con su manto y desde entonces, desde aquel fatídico día en el que todo acabó, la oscuridad más absoluta envuelve toda mi existencia. Una vida que perdió para mi todo su sentido. "Tienes que salir adelante. Piensa que aún eres joven y que el paso del tiempo todo lo cura..." Esto es lo que se empeñan en decirme todos aquellos que me rodean. Supongo que con la mejor intención. Guiados por su buena voluntad y por qué no, por el afecto que sienten por mi. Pero todo es inútil. Siento que ya nada volverá a ser lo mismo. Me diste los mejores años de mi vida, y así, de un golpe, golpe que para ti fue mortal, me los arrebataron sin la menor compasión. Soy como una sombra deambulando por la casa. Como un cuerpo sin alma, condenado a vivir en esta especie de infierno en el que quedó convertida mi existencia. Entro en tu habitación, donde todo sigue igual, y veo tus libros, tus juegos, algún peluche de tu infancia que te negaste a tirar, tu ordenador... La mochila del colegio con tus libros escolares dentro. Libros que apenas pudiste hojear. Estabas tan ilusionado... Por fin empezabas el bachillerato. El primer paso para llegar a la Universidad. El lugar donde conseguirías, según decías tan a menudo, tu gran sueño de convertirte algún día en un médico. Médico que dedicaría su vida a paliar, en la medida de tus fuerzas, el dolor ajeno. Cojo alguno de tus juguetes entre mis manos, y puedo ver la felicidad que se reflejó en tu rostro aquellas navidades en las que te lo regalamos. Miro alguna de tus fotografías: cuando apenas eras sólo un bebé; dando tus primeros pasos; aquel verano inolvidable en la playa, o esta otra del invierno aquel, tan frío, en el que te empeñaste en aprender a esquiar, y apenas si podías mantenerte en pie sobre los esquís. Toda tu ropa sigue aún llenando tu armario. Me dicen que tengo que deshacerme de ella, así como del resto de tus cosas, pero me veo incapaz de hacerlo. Tirar tus ropas, tus libros, tus juegos... Sería como tirarte a ti. Como lanzar tu recuerdo a la basura. Como aceptar, definitivamente, que ya no vas a volver. Y me niego a aceptarlo. No podría vivir por más tiempo. No puedo borrar de mi mente aquellos seis días. Los seis últimos días que pasaste con nosotros y en los que tú no eras siquiera consciente de tu existencia. Ni de lo que te había pasado. Te observaba a través del cristal de la ventana, en aquella habitación donde te habían metido, con todo tu cuerpo lleno de cables. Los médicos nos decían que no había ninguna esperanza para ti. Que tu cerebro había recibido un impacto tan brutal, que era imposible, en el remoto caso de que sobrevivieras, que pudieras actuar y pensar como un ser humano. Paradójicamente tu cuerpo apenas reflejaba el brutal accidente. Por eso me negaba a aceptar, por más que me lo dijeran con la intención de prepararme para lo venidero, que tú habías dejado de ser Tú. Me sentaba a tu lado en la cama, en los pocos momentos que me dejaban entrar para estar contigo, y con tu mano entre las mías, te pedía, te suplicaba, que no te dejaras vencer. Pero todo fue inútil. Una mañana ví venir a tu médico, aquel que hacía lo imposible por devolverte a la vida, y no tuvo necesidad de decirme ni una sola palabra. Supe, al instante, que todo había acabado. Y la vida acabó para mi. Se me fue con la tuya. Quizás algún día me recupere de tu partida, o quizás no lo consiga nunca. No sé siquiera si lo deseo. El recuerdo de tus quince años, aquellos que pudimos tenerte con nosotros, es lo único que todavía consigue mantenerme en pie. Entre tu padre y yo, ahora sólo queda un silencio casi imposible de romper. Se abrió una brecha tan profunda con tu ausencia, que no sé si el paso del tiempo será capaz de cerrarla. Cuando nos miramos, mudos reproches se reflejan en nuestros ojos. "¿Por qué accediste a comprarle la moto? ¿Por qué fuiste tan blando con él si sabías que yo no quería?" "¿Por qué no fuiste más firme en tu oposición y dejaste que se saliera con la suya? ¿Acaso no te diste cuenta que con un poco más de presión por tu parte yo no hubiera cedido?" Preguntas que jamás nos atreveremos a formular en voz alta, pero que con los ojos no paramos de repetirnoslas. Ahora, sólo te ruego una cosa: desde allá donde ahora estés, si es que la eternidad existe, ayúdanos a seguir caminando por la vida. Haznos ver, que pese a tu partida, todavía tenemos algo por lo que luchar. Algo por lo que valga la pena seguir viviendo.

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5 Noviembre 2006

Sueños Rotos

Dejó por un momento de barrer y se quedó parada, en medio de la habitación, con la escoba todavía entre sus manos. Su mirada, que en un principio estuvo perdida, se clavó de una manera casi obsesiva en la fotografía del día de su boda que colgaba de una de las paredes. Una vez más, como venía haciéndolo últimamente, se preguntó si en realidad era ella, aquella, que con una radiante sonrisa, parecía mirarla desde el otro lado del cristal de la fotografía. Quince años, que ahora le parecían una eternidad, habían transcurrido desde aquel hermoso y soleado día del mes de mayo en el que vestida de blanco, y cargada de sueños e ilusiones, salió de la iglesia del brazo de él. - ¿Qué es lo que hice con mi vida? - se preguntó angustiada apretando con fuerza la escoba entre sus manos. - Hiciste lo que en aquel momento más deseábas: casarte con el hombre que amabas. Hubiera jurado que era su propia imagen quien le hablaba desde la fotografía, y no su imaginación. - ¿Le amaba realmente? - volvió a preguntar, sintiendo crecer su angustia. - No tienes mas que mirarme. ¿Acaso mi rostro no te dice nada? Mírame cuando tengas dudas y te darás cuenta de que sólo un gran amor puede ser la causa del brillo que desprenden mis ojos. - Quizás... Sí, quizás tengas razón. Pero, ¿qué queda de ti en mi? El color ha huído de mis mejillas; mis ojos ya no resplandecen; mis manos se encuentran ásperas... ¡Dime!, ¿qué queda de ti en mi? - Busca en lo más profundo de tu corazón y tú misma hallarás la respuesta. - Dudo mucho que encontrara algo, porque entre tú y yo hay miles de años luz por medio. Yo ya no tengo esperanzas ni ilusiones y tampoco me quedan sueños. Lo dejé todo por él, y ahora me pregunto si valió la pena tanto esfuerzo. Han quedado tantos proyectos por realizar... Se han marchitado tantos sueños... Ya apenas hablamos en el tiempo que pasamos juntos, tiempo que cada vez es más pequeño. ¿Qué han sido de aquellos interminables diálogos en los que gastábamos horas y más horas, hablando de mil y un temas y a veces de nada en concreto? Siempre llega tan cansado del trabajo que lo único que desea es estar tranquilo y reposar en silencio. Yo ya no sé si le quiero o si le odio, porque su indiferencia me hiere en lo más hondo y ni valor para decírselo tengo. Él decía que la sinceridad era lo que más amaba en mi, y hasta ésta se ha ido perdiendo. Ahora, cuando hacemos el amor, se diría que estamos cumpliendo una obligación y he llegado incluso, a fingir, un placer que ni siquiera siento. - Es muy triste lo que dices. ¿Por qué habéis dejado que las cosas llegaran a ese extremo? Debisteis haber puesto remedio cuando aún era tiempo. Porque cuando un sueño muere, se ha de saber reeemplazarlo por otro nuevo. - ¡Ojalá fuera tan sencillo como dices! Pero no es nada fácil inventar nuevos sueños, cuando el tedio y la rutina diarias se han hecho de ti los dueños. Hay veces en las que no sé si vivo o si vegeto, porque me encuentro metida como en un largo e interminable túnel negro. - Pero tienes a los niños... - Unos niños que ya no son tan niños, y que cada vez me necesitan menos. Sé que llegará un día no muy lejano en el que cada uno emprenderá su vuelo, y yo me quedaré sola, en el nido vacío, que para mi se habrá convertido en un cementerio. - Siempre te quedará él... - Él y yo no somos ya nada. Sólo dos cuerpos que comparten la misma tumba, a la espera de sabe Dios qué milagro que nos devuelva de nuevo a la vida, si es que es posible aún hacerlo. - Pero algo quedará de aquel amor... - Cenizas. Sólo cenizas como única prueba de que alguna vez hubo fuego. - Tú eras feliz cuando te casaste... - Tanto, que por él lo dejé a un lado todo: familia, amigos, trabajo... ¡Incluso hasta mis sueños! Él llenaba hasta el rincón más profundo de mi ser, y creí que eternamente seguiría haciéndolo. Más tarde, la vida iría convirtiendo en polvo miles de proyectos. Llegaría el primer hijo, y el segundo, y un tercero. Y con ellos los mil y un problemas económicos que harían que las discusiones comenzaran a tomar entre nosotros cuerpo. Y las frustraciones; al ver como todos nuestros proyectos iban quedando sólo en eso. Y el silencio; que como una inmensa tela de araña va cirniéndose en torno nuestro. Y con él la soledad. La soledad de dos, que es casi peor que hallarse muerto. - Pero algo quedará de bueno... - Recuerdos, nada más que recuerdos para alimentar al corazón que se nos muere por momentos. Le alimentamos de sueños ya pasados, porque no somos capaces de crearnos otros nuevos. Tratando de engañarnos a nosostros mismos, con la vana esperanza de que algún día dejen de ser sólo sueños. - ¿Es posible que no quede nada entre vosotros? - De vez en cuando tan solo un gesto amable. Un beso que casi nos sabe a veneno; un encuentro entre dos cuerpos que intentan reconocerse, aunque para ello haya que hurgar muy profundo en los recuerdos. Y luego, un cansancio infinito. Una nueva frustración que nos envuelve aún más en hielo. En ese hielo que no somos ya capaces de fundir, ni aun poniendo en ello todo nuestro empeño. - Quisiera poder ayudarte... - Tú no puedes hacer nada, y tampoco lo deseo. Ya no me quedan ni ganas ni fuerzas para salir de este profundo agujero. Pero si de verdad quieres ayudarme, sigue ahí, como hasta ahora has venido haciéndolo. Que tus ojos no dejen de brillar, porque sin duda en ellos hallaré consuelo, cada vez que te mire y que recuerde que tú eras la imagen que me devolvía el espejo.

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Siempre creí saber quien era. Ahora ya no lo tengo tan claro... ¿Soy como me veo yo? ¿Como me ven los demás...?

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