La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

Categoría: Sobre la televisión

23 Diciembre 2006

La echadora de cartas

No puedo dormir. En realidad siempre he dormido muy poco, pero últimamente menos aún. Es por eso que me levanto y como no sé qué hacer me pongo la tele. En una de esas cadenas locales, una echadora de cartas se dedica a adivinarle el futuro a todos aquellos, que posiblemente buscando un rayo de luz dentro del túnel en el que se encuentran metidos, le consultan sus penas y desdichas intentando hallar una solución. La adivinadora, una mujer de unos cuarenta años, mira sonriente a la cámara y da paso a una nueva llamada.
- ¿Sí, hola...? ¿Con quien hablo?
- Hola, soy Andrea.
- Hola, Andrea, encantada de saludarte. ¿Qué puedo hacer por ti?
- Pues mira, que llevo mucho tiempo sin encontrar trabajo, y quería que me dijeras si en las cartas me sale que para el año nuevo por fin lo encontraré.
- Vamos a ver, Andrea, qué es lo que nos dicen las cartas, que ya sabéis todos que ellas nunca mienten.... - responde con una sonrisa de oreja a oreja mirando fijamente a través de la pantalla.
Y empieza a barajar el mazo que tiene entre las manos, no con demasiada soltura, todo hay que decirlo, y a tal velocidad que al cabo de unos segundos pasó lo que tenía que pasar: que las cartas salieron volando por los aires.
- ¡Ay Dios mío! - exclamó dando un grito - Qué mal lo veo todo...
- ¿Por qué? - pregunta asustada la voz de la consultante.
- Pues porque se me acaban de caer todas las cartas de las manos y esto me da muy mala espina.
- ¿Quieres decir que me van a ir mal las cosas? ¿Que no voy a encontrar trabajo?
- A mi lo que menos me importa en estos momentos es lo de tu trabajo. Lo que realmente me preocupa es lo que aquí estoy viendo. - dice casi enfadada.
- ¿Y qué es lo que ves? - vuelve a preguntar la voz, en un tono cada vez más preocupado.
- Un hombre. - responde la adivina con rotundidad - Y un hombre además, lleno de negatividad y que vive en tu casa.
- Pues el único hombre que vive en mi casa es mi marido.
- ¡Ahí lo tienes! Él es quien está llenando tu casa de malas vibraciones.
- ¿Y del trabajo no dice nada? - pregunta otra vez, sobre lo que parecía ser su máxima preocupación.
- Te he dicho - responde casi enfadada -, que tu trabajo es lo que menos me importa. Es lo de este hombre lo que me asusta.
- Pues como no sea mi marido... Porque es el único que hay en casa.
- Pues claro que es él. No hay ninguna duda.
- Y entonces, ¿qué puedo hacer con él? Para quitar eso de la negatividad de mi casa... ¿Qué te parece si utilizo amoniaco y sal? Que me han dicho que eso va muy bien para limpiar todo lo malo.
- Mira, amiga mía, con el amoniaco y la sal, lo único que conseguirás es hacerle cosquillas a tu casa. Necesitas algo mucho más potente para sacar de ella esas malas vibraciones.
- Y dices que es por culpa de un hombre...
- Exactamente. Las cartas me lo están diciendo sin ninguna duda. Y además se me cayeron todas.
- ¿Y qué tengo que hacer con mi marido? Porque como te dije es el único hombre que hay en mi casa. ¿No te parece bien lo del amoniaco y la sal?
Y aquí me puse a temblar, porque ya estaba imaginándome al pobre hombre, desnudo dentro de la bañera, y a su mujer, armada de estropajo sal y amoniaco, dándole refregones por todo el cuerpo.
- Que ya te he dicho, ¿Andrea, me dijiste que te llamabas?, pues que ya te he dicho que la sal y el amoniaco no sirven de nada en un caso como éste. Incienso... Eso es lo que tienes que hacer. Poner incienso.
- ¿A mi marido? ¿Y dónde se lo pongo? - preguntó medio asustada.
- No, mujer... ¡Qué cosas dices! El incienso es para las malas vibraciones. Y es por toda la casa por donde lo tienes que colocar. Pero no te sirve un incienso cualquiera. Necesitas el incienso de Mariano, que es el único efectivo en estos casos.
- ¿Y así se le quitarán las malas vibraciones a mi marido?
- Se las quitarás a la casa. Lo de tu marido tiene peor solución.
- Y con lo de mi trabajo, ¿qué hacemos?
- Tu trabajo déjalo en paz por el momento. Que eso no te corre prisa. Lo importante es lo otro. Cuando hayas limpiado lo de la casa, me vuelves a llamar y miramos a ver como arreglamos lo de tu marido. Y después lo del trabajo.
- ¿Y dónde puedo comprar el incienso ese de Mariano?
- No cuelgues que Cristina, mi ayudante, te lo explicará. ¿Vale bonita?
- Pues muchas gracias por todo.
- Venga, adiós. Siguiente llamada...

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3 Octubre 2006

Las miserias de la televisión


Estaba yo ejerciendo mis funciones de ama de casa, planchando concretamente, y para que no se me hiciera tan monótono y aburrido decidí encender la televisión.
Haciendo zaping por las distintas cadenas me detuve en uno de esos programas que tanta audiencia tienen, donde va la gente a contar sus miserias, y que yo no soporto por como tratan a las personas, la mayoría de las veces, pero que en esta ocasión decidí ver. Me llamó la atención que la invitada, una cría de no más de dieciseis o diecisiete años, con un aspecto de vulnerabilidad e inocencia extremas, estuviera siendo acosada por la presentadora de una manera tan cruel y exagerada.
La niña, a mi es lo que me parecía, había acudido al programa para que le dieran una sorpresa.
Ella, por supuesto, no tenía ni la más remota idea de qué sorpresa podría tratarse.
La presentadora comenzó a interrogarla para ver si lo adivinaba. Le menciono a su cantante favorito y a la chica le resplandeció la cara. Más tarde le habló de otras cosas que le gustaban y le preguntó si ella creía que la sorpresa iba por ahí. Probó con las amistades, con la familia...
Como la pobre criatura no daba en el clavo con sus respuestas, pasó al terreno amoroso y le preguntó si no tendría por ahí, vamos, por un casual, algún “amigo especial”.
Dijo que no. Le insistió. Siguió diciendo que no.
- Pues un pajarito que hay por ahí, me ha dicho lo contrario...
Después de ponerse roja como un tomate, y supongo que para que la dajara en paz de una vez, respondió que había uno: un chico que había conocido hacía ya algunos meses por el messenger, con el que hablaba de vez en cuando, pero a quien nunca había visto la cara. Ni siquiera en foto.
- ¿Y te gustaría conocerlo en persona? -le preguntó con su encantadora sonrisa.
A la niña le entró el pánico. Debió imaginarse lo que le esperaba.
Comenzó a mirar a derecha e izquierda con los ojos como platos y sólo acertó a decir:
- Pues no sé.
- Pero, cómo que no sabes... Decídete, mujer. ¿Te gustaría o no? - siguió preguntando con insistencia.
La chica no supo ya ni qué contestar.
- Bien, pues ya que tú no te decides, tomaré yo la decisión por ti.
Y como quien presenta una atracción de circo, exclamó:
- ¡Adelante Rubén! – que es como se llamaba el chico si no me falla la memoria.
Y se abrieron las puertas. Y apareció Rubén. Y a la pobre muchacha no le dio un síncope, porque al ser joven tendría el corazón sano y fuerte.
Pero se puso de todos los colores al ver al muchacho.
No sé muy bien como describirlo. Pero su aspecto físico era lo más opuesto que uno pueda imaginarse a la pobre criatura, que con la boca medio abierta, le veía venir hacia ella como quien ve una aparición.
Pelo rapado con cresta de colores. Tatuajes por todo el cuerpo, piercings en los labios, nariz y orejas, cadenas colgando del pantalón y unas botas estilo militar...
Yo, personalmente, no tengo nada en contra de este “look”. Cada quien y cada cual es muy libre, mientras no perjudique a los demás, de vestir y de tener la apariencia física que se le antoje. Pero la infeliz criatura que le observaba no debía pensar lo mismo.
Se medio acurrucó en una esquina del sofá en el que se encontraba sentada, y ni tan siquiera tuvo el valor de levantarse para saludarlo.
Con la cabeza agachada se negaba a mirarle directamente a la cara.
Y la presentadora machacándola para que lo hiciera; para que le hablara; para que actuara como ella, o los guionistas del programa, habían planeado, y así aumentar el morbo del momento.
Pero la chica no colaboraba. Con un sí, un no, o un no sé , respondía a todo lo que le iba preguntando.
Como aquello no daba el juego esperado, la conductora de la cámara de tortura en la que se había convertido aquel plató de televisión, optó por dar por finalizado el encuentro.
Pero a la criaturita de Dios aún le faltaba la puntilla.
- Y bueno, ahora para despediros al menos os daréis un beso.Después de un recibimiento tan frío...
A la chica le entró la risa tonta, fruto de los nervios y del mal rato que estaba pasando. Dijo que no quería dárselo.
- Vamos... ¡ No seas así! Pobre Rubén. Encima que ha venido hasta aquí para conocerte...
Al final el chico, que previamente había confesado sentirse enamorado, se acercó y le dio un ligero beso en la mejilla. Como de pasada.
Pero a la torturadora no debió de parecerle suficiente.
- ¡Pero qué sosos sois! ¿No vais a daros ni un besito pequeñito en la boca? – preguntó con la misma sonrisa diabólica que debió lucir la serpiente cuando le ofreció la manzana a Eva en el perdido paraíso terrenal.
- Y el chico, ni corto ni perezoso, la cogió por la cara y le dio un beso en los labios. Y esta vez no fue de pasada.
- Y la serpiente, luciendo la más feliz de sus sonrisas, exclamó:
- ¡Esto se merece un aplauso!
Y el público allí congregado, y que previamente había coreado “ beso, beso, beso...”, aplaudió a rabiar y el programa terminó. Objetivo conseguido.

Y yo tuve ganas de lanzar la plancha contra la televisión, por si con un poco de suerte atravesaba la pantalla y le daba en toda la testa a la presentadora, y que al menos así, durante unos días, no pudiera seguir torturando a otra desvalida jovencita.
Pero como lo más seguro que ocurriera sería quedarme sin televisión y sin plancha, y por consiguiente tendría que comprarme otras nuevas, opté mirar por mi maltrecha economía y dar el asunto por zanjado.

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