Si mi casa se incendiara...
¿ Qué es lo que me llevaría?
Es la pregunta que me hago a mi misma en multitud de ocasiones cuando escucho por televisión alguna noticia como ésta:
" La policía ordenó desalojar inmediatamente la vivienda ante el riesgo de explosión. Los ocupantes sólo tuvieron tiempo de recoger lo más imprescindible."
Entonces yo voy y me pregunto: " ¿Y qué sería para mi lo más imprescindible? "
No tengo que pensar demasido para saberlo: las fotografías. Sin ningún género de dudas.
Si de todo lo que acumulo en mi casa, tuviera que elegir una sola cosa que salvar de la destrucción, las fotografías sería lo que elegiría.
Para mi son el único y más fiable testimonio que me queda de los años que se me fueron.
La memoria es muy traicionera. Tiende a olvidar lo que le conviene y sólo recuerda aquello que no puede dañarnos.
Un mal recuerdo, con el paso de los años, se va diluyendo en el olvido y va siendo tamizado por nuestra memoria hasta que no queda de él mas que una leve sombra. O un dolor capaz de ser soportado.
Que no destruye; que te permite seguir adelante, aunque te hayas dejado una parte de tu alma en el camino.
Todo lo contrario de lo que nos ocurre con los momentos felices que vivimos. Tenemos la mala costumbre de engrandecerlos y recordarlos incluso mucho mejor de lo que fueron.
Mirar fotografías es una de mis aficiones favoritas.
En esos días de otoño, mi estación preferida, cuando la nostalgia impregna todo cuanto nos rodea, y hasta el aire tiene ese aspecto lánguido y amarillento, es en esos días cuando echo mano de mi caja de fotografías y me paso horas mirándolas.
Porque yo soy de esas personas que todavía guardan sus fotos en una caja. Las de mis hijos siempre las guardé ordenadamente en un álbum, pero las mías, las que conservo desde que era apenas un bebé, las guardo en mis latas antiguas.
No son hermosas cajas de cartón decoradas, sino auténticas latas heredadas de mi madre y que en su día guardaron dulce de membrillo o colacao.
Una de ellas, sobre todo, es para mi casi una joya. En su tapa tiene la imagen de una mujer como las que pintaba en sus cuadros Julio Romero de Torres.
Y así, con mis latas de fotos, puedo pasarme horas enteras mirando, sobre todo, las de cuando era niña.
Como aquella foto que a todos nos hacían en el colegio, en la que estoy sentada con un gran mapa de España a mis espaldas y una enciclopedia abierta encima de la mesa.
Con mis dos trenzas y mi bata blanca... Mirando a la cámara fijamente con cara de susto...
La observo con fijeza y me pregunto qué queda en mi de aquella niña de seis años. Y me gustaría poder hablar con ella y preguntarle cómo se sentía, con qué soñaba, si era feliz, qué fantasmas poblaban su mente...
Son demasiadas preguntas sin respuesta. Me angustia saber, tener la certeza, de que aquellas personas de las fotografías, mis otros yo, han quedado para siempre enterradas en el pasado.
Y absurdamente esto me llena de angustia y de pronto siento un gran cansancio. Y lo que había sido un entretenimiento placentero se convierte de repente en una pesada carga. En ocasiones ni ganas me quedan de recoger las fotos. Y allí se quedan, esparcidas por el suelo de mi buhardilla. Hasta que se me pasa el bajón y las vuelvo a organizar devolviéndolas a sus latas.
Hasta la próxima vez, cuando la nostalgia me aceche de nuevo y ceda a ella, y recurra a mis latas llenas de fotos para escapar otra vez al pasado.
LA TAPA DE MI CAJA DE FOTOGRAFÍAS

zAnn dijo
Es curioso como, incluso en la supuesta distancia de la red, compartimos cosas tan íntimas.
La primera vez que tube consciencia de cómo pasaba el tiempo, creo que fue sobre los 10 años, y desde esa vivencia me juré que jamás dejaría de ser esa niña curiosona.
Pasados los años, he mantenido mi promesa, a veces más, otras menos, en función del entorno que me rodeaba... Alguna vez incluso ha dejado de latir, pero siempre en un estado latente que volvía a presentarse en etapas de introspección. (Y seguiré así hasta que cumpla los 100. A partir de ahí quizá me plantee madurar :))
Creo que esos momentos son similares a lo que tan bien describes, y jamás los tomé como bajones. Al contrario, es cuando soy realmente yo, pues todos mis "yoes" están presentes, y en equilibrio.
Deja que surjan, que respiren aire fresco y retomen fuerzas. No dejes que detalles sin importancia, como la edad o cualquier otro cliché social, impidan a tus yos desarrollarse. Dales un "carpe diem" de tanto en tanto.
8 Octubre 2006 | 11:40 AM