Odisea en el gimnasio
Después de casi tres meses de descanso veraniego, hoy he vuelto al gimnasio.
El ayuntamiento debe de estar feliz y contento conmigo: todos los meses pago religiosamente mi cuota pero cada vez visito menos sus instalaciones, por lo que casi no hago desgaste de los aparatos de tortura que allí tienen.
Pero hoy no tuve más remedio que ir. Ya no encontré ningún argumento válido que hiciera silenciar mi cansina conciencia que no paraba de repetirme:
“ Estás tirando el dinero, estás tirando el dinero... ”, por lo que toda decidida me puse la ropa de deporte, cogí mi bolsa con todo lo necesario y medio arrastrando los pies allí me presenté.
Aunque apenas si se tardan cinco minutos caminando desde mi casa, en esta ocasión tardé más del doble. Tantas eran las ganas que tenía de ir...
A medio camino me detuve de repente: no recordaba si había cerrado las puertas correderas de mi comedor; las que dan al patio trasero. En realidad daba igual que las hubiera cerrado o no. Hay una persiana metálica, de esas que se estiran y se encongen y tenía la más absoluta certeza que hoy no la había abierto en todo el día.
Pero como lo único que yo buscaba era una excusa para no ir, me pareció un buen argumento para darme la vuelta y regresar por donde había venido. Y después de estar en casa, ¡ qué pereza volver a salir de nuevo ! Casi segurísimo que no lo hubiera hecho.
Debió imperar en mi la cordura, aunque fuera por una vez en la vida, porque con mi andar arrastrado llegué al gimnasio y una vez dejé mis cosas en la taquilla del vestuario subí a la planta de arriba. Que es donde se encuentran perfectamente alineados todos aquellos artilugios de tortura, inventados por no sé sabe quien, pero que debió quedarse descansado el día que lo hizo.
No es que yo los utilice todos ni muchísimo menos. Hay algunos que te obligan a adoptar unas posturitas tan extrañas que mi sentido de la dignidad me dice que por ahí si que no paso.
Como siempre hago al llegar, me subí en la cinta andadora y la programé a una velocidad media, tirando para abajo, no fuera a ser que después de tanto tiempo sin hacer ejercicio me diera un yuyu allí subida.
Tengo que reconocer que a este gimnasio vale la pena ir, aunque sólo sea por admirar el panorama. Y aquí vienen los mal pensados y se imaginan que lo digo por los cuerpos atléticos y bien trabajados que pudiera haber. Pues no, me refería al panorama literalmente.
Tres de sus cuatro paredes son de cristal, y como las cintas andadoras, bicicletas, aparatos de remo y algún otro que no sé ni como se llama, los tienen mirando hacia la calle y desde allí se ve una parte de la montaña de Montserrat, que está muy cerquita de donde vivo, las vistas son preciosas.
Además hoy que estaba medio nublado, con esas nubes blancas como la nieve, a la montaña se la veía metida como entre algodones.
Después de caminar durante una media hora en la cinta, traspasé mi persona a una de las bicicletas, que en ese momento estaban todas desocupadas, y allí comenzó mi calvario.
Llevaba ya un buen rato pedaleando toda entusiasmada cuando al intentar mover un pie me di cuenta que no podía: un cordón de la zapatilla se me había soltado quedando enganchado en la cosa esa que hay en el pedal. Que todavía ahora sigo preguntándome como pudo engancharse. Pero lo hizo.
Di varios tirones por ver si se soltaba, pero no había manera. Me bajé de la bici como pude. Me costó bastante, ya que estas bicis parecen estar pensadas para personas más crecidas que yo, y como no podía sacar el pie del pedal se me quedó medio retorcido.
Instintivamente miré a derecha e izquierda para ver si con un poco de suerte nadie se había fijado en mi percance. He de confesar que el sentido del ridículo lo tengo extremadamente desarrollado, y por eso me sentía morir sólo de pensar que pudieran estar observándome. Por fortuna, a la hora en la que yo acostumbro a ir tengo el gimnasio casi para mi sola, y aparentemente, nadie me había visto. Pero sólo aparentemente.
Seguía yo con mis infructuosos intentos de desenredar aquello, con el cuerpo medio doblado, haciéndome un daño en la espalda de mil demonios, cuando un gentil muchacho se me acercó y me preguntó:
- "¿ Quiere usted que le ayude ? "
Me quise morir. No sólo me había visto, sabe Dios desde cuando estaría la criatura observándome, sino que además, aquel usted, me sonó como un " pero mujer, como no se ha quedado mejor en su casita, sentada en el sofá viendo el tomate..." .
- Estoy intentando desenredar este lío, le dije, como si no fuera evidente lo que estaba haciendo.
- Quizás si se sacara primero la zapatilla lo podría hacer mejor - me dijo con toda la amabilidad del mundo.
Y yo quise volver a morirme. ¿ Cómo podía ser tan lerda ? Yo allí, toda afanada en querer desenganchar el cordón y sólo había que sacar el pie de la zapatilla para hacerlo con más comodidad. Y en el peor de los casos, si finalmente no hubiera podido hacerlo, pues no pasa nada, dejo el cordón allí enganchado y me llevo mi zapatilla para casa. Sin cordón.
Debía de ser un chico muy habilidoso, porque lo cierto es que no tardó ni dos segundos , una vez liberé el pie de aquella prisión, en devolverme mi zapatilla con cordón incluido.
Le di las gracias y salí de allí como alma que lleva al diablo.
Para liberarme del tremendo estrés al que había estado sometida decidí bajar a la planta de abajo, donde están las piscinas, y ver si así, con el agua, conseguía sacarme de encima aquella sensación de bochorno que me invadía.
Pero si creía que ya había pasado todo, estaba tremendamente equivocada.
En la planta inferior del gimnasio hay dos piscinas, además de los jacuzzi, sauna, baño de vapor..., y decidí que como no estaba yo para nadar, después del soponcio pasado, lo mejor sería que me relajara con los chorros de agua de la piscina pequeña.
Y hacia ella me dirigí.
Para entrar en esta piscina, suponiendo que no quieras entrar en ella directamente desde el borde, hay una rampa de unos dos metros de larga, y bastante inclinada por cierto, por la que vas poco a poco metiéndote en el agua.
Y voy yo, y empiezo a bajar por la rampa, y sin saber cómo ni porqué, pegué tal resbalón que casi me descoyunto contra el suelo.
Y fue tal el golpe a mi orgullo , el físico también, pero me dolió más aquel, que no sabía si levantarme o quedarme allí medio hundida en el agua. Y exactamente igual que con el percance de la bicicleta, como una desquiciada miré en todas direcciones para ver si alguien me había visto.
La piscina estaba vacía. No había de qué preocuparse.
Con toda la dignidad posible me puse en pie, seguí avanzando y me estiré en el agua, para aliviar mis posaderas que habían quedado bastante magulladas.
Cerré los ojos e intenté relajarme. Así estuve unos minutos haciéndome la muerta.
Cuando los abrí, miré hacia la planta de arriba.
Una de sus paredes acristaladas da precisamente a las piscinas y con horror contemplé, sin creerlo, como el chico de la zapatilla me observaba a través de los cristales.
Es bastante usual que la gente de la sala de máquinas, en los descansos que se toman, se planten delante del cristal mirando a los que están abajo en el agua.
Lo que nunca podré saber, y creo que mejor no saberlo, es si aquella gentil y amable criatura, había sido espectador de mi aventura en el agua, o si por el contrario acababa de asomarse.
Nota aclaratoria: aunque todo lo aquí narrado, pueda parecer sacado del guión de una mala película de humor, puedo asegurar que es verídicamente cierto.
