De los libros que robé

Cuando era pequeña y estudiaba con las monjas robaba libros.
Como ya por entonces me apasionaba la lectura, y mi fondo de biblioteca constaba aproximadamente de unos diez míseros títulos que me había ido trayendo una de mis tías de Madrid, y me los sabía de memoria de tantísimas veces como los había leído, al final opté por echarle mano a la biblioteca del colegio que estaba excelentemente surtida.
Todas las tardes las monjas, ya estaba yo vigilante, al terminar las clases se encerraban en la capilla del colegio a rezar el rosario. Y mientras ellas le rogaban a Dios por la salud de sus almas y de la de todos nosotros, yo, sigilosamente, como ladrón de guante blanco, llevaba a cabo mi fechoría.
Primero cogía la llave del despacho de la directora, que estaba escondida en una gran maceta que hacía guardia en la puerta. Entraba en él, abría uno de los cajones de su escritorio y allí, como esperándome y diciéndome “cógeme, cógeme”, se encontraba la llave que me abriría la puerta al mundo de fantasía en el que tanto me gustaba sumergirme.
Rápidamente me dirigía hacia la biblioteca y una vez dentro me encerraba con llave para que nadie pudiera sorprenderme.
Elegía uno, sin mirar demasiado el argumento y escondía mi valiosa adquisición en la cartera, entre mis libros escolares. Después desandaba el camino hasta dejar las llaves en sus respectivos escondrijos.
Y tan feliz y contenta, sin una pizca de remordimiento por lo que había hecho, me iba a mi casa a encerrarme en la buhardilla donde comenzaba a leer.
Y cuando lo acababa, que solía ser muy pronto, tenía que volver a realizar la misma operación para devolverlo a su estante. Y claro, ya que estaba allí, aprovechaba para coger otro.
La directora, una buena mujer, había confiado en mi eligiéndome junto a otra niña, para que le ayudáramos en la organización de la biblioteca. Y había días que al terminar las clases, o a la hora del recreo, nos llevaba con ella, y fue así como descubrí donde se escondían las llaves.
Nadie se enteró nunca de lo que estaba haciendo. Ni mi madre, que era como un lince, siempre vigilante y al acecho, y a quien nunca se le podía engañar, ni las monjas, ni mis amigas... Sólo lo sabíamos mi conciencia y yo. Y extrañamente, a pesar de mi educación monjil, jamás me insinuó ni una sola vez que aquello que hacía no estaba ni medio bien.
Supongo que por aquel entonces mi conciencia debía de pensar, igual que lo piensa ahora, que lo que no estaba bien era que aquellos cientos de libros, que sólo podíamos mirar pero no coger, se llenaran de polvo en las estanterías, sin nadie que los leyera.
Leía de todo. Libros infantiles, juveniles, de adultos... Me daba exactamente igual, el caso era leer. Y por los veranos, cuando no había colegio y por lo tanto no podía sustraerlos, por decirlo más finamente, mi vecino, que tenía unos años más que yo, me dejaba novelas de pistoleros de Marcial Lafuente Estefanía, y de Keith Luger, y de Silver Kane. Unas novelas pequeñitas de bolsillo que se leían en menos que canta un gallo. Y su hermana novelas de Corín Tellado...
Y leía, y leía... La cuestión era evadirme del mundo que me rodeaba. Un mundo en el que no encontraba mi sitio.
Y en el que todavía, hoy en día, no sé muy bien si lo he encontrado.
Aclaración:Como soy tan garrula para estas cosas borré sin querer esta entrada, comentarios incluídos, y he tenido que volver a publicarla.
Menos mal que había guardado un borrador...
Lo siento por quienes dejaron su comentario.
Encima de tener pocos, voy y los borro...

Cristina dijo
No me puedo creer que hicieras esas cosas. jajjaa
Tu cogindo libros sin permiso robando las llaves.
Como lo tenias escondido hee. :P
Y te dejo mi comentario pa que sepas que me estoy leiendo tu pagina jaja.
Bss
8 Octubre 2006 | 01:30 PM