De la soledad de los ancianos

Enfrente de mi casa hay una residencia de ancianos.
Es una residencia moderna, con todas las comodidades y con todo aquello que puedan necesitar en su vida diaria: hay un jardín donde a veces se les ve sentados tomando el sol, tienen sala de juegos, biblioteca, un gran salón con televisor... Pero a pesar de todo, sigue siendo una residencia de ancianos; o de la tercera edad; o un asilo, que es como se le llamaba a estos lugares antes de que los rebautizaran y les maquillaran el nombre para que parecieran otra cosa.
Los martes por la mañana, en una calle próxima a la residencia, ponen un mercadillo con paradas que venden todo tipo de cosas.
Y algunos martes, cuando el tiempo es bueno, que no hace ni mucho calor ni demasiado frío, a algunos ancianos de la residencia se les puede ver comprando en el mercadillo.
Van acompañados de dos de las chicas que allí trabajan , y como si fueran niños de guardería caminan en fila india de dos en dos y cogidos de la mano. A algunos casi les cuesta levantar los pies del suelo, y si uno se detiene un momento, para reponer fuerzas, todos los demás le esperan. Como solidarizándose con él.
Con la misma ilusión que pudiera tener un niño pequeño, se van deteniendo en las diferentes paradas mirando las cosas que en ellas se venden. Algunos sonríen y comentan lo que ven. Asombrados ante la variopinta cantidad de objetos que están a la venta. Otros, con semblante serio y la cabeza medio agachada, juraría que se están preguntando qué demonios hacen ellos allí, metidos entre tanto follón de gente que va y viene, cuando lo que desearían sería estar sentados al sol, viendo pasar la vida.
Después, generalmente, siempre se acercan hasta la parada donde venden caramelos y chucherías. Y compran los de menta y eucalipto, por aquello de respirar mejor; y caramelos de café, y ositos de goma...
Recuerdo que en una ocasión sólo les acompañaba una chica. Eran diez o doce los que formaban el grupo, y uno de ellos, una mujer, se mareó y a punto estuvo de caer al suelo.
La chica la sujetaba para que no cayera y cuando vio venir un coche le pidió por favor que la llevara de vuelta a la residencia.
Reunió al resto de los ancianos , les arrimó a la pared y les dijo que de allí no se movieran. Que en dos minutos volvía para recogerlos. Después de pedir a algunas personas que miraban la escena si podían vigilarles hasta que ella regresara, subió al coche con la mujer que no se encontraba bien y se alejó de allí.
Parecían niños asustados. Todos bien arrimaditos a la pared, como les habían dicho, y sin soltarse de la mano.
La gente les mira cuando pasan, y sonríen, como hacen cuando ven a los niños de la guardería que a veces también les sacan a pasear por las calles. Aunque éstos, al ser más pequeños van amarrados a una cuerda.
Y oyes a la gente que dice: “ Mira los yayos, qué contentos van. Son los más felices del mundo.”
Años atrás, por la Navidad, cuando mis hijos eran más pequeños, junto con un grupo de otros niños, algunos padres y el cura, que era quien lo organizaba, íbamos a la residencia a cantarles villancicos.
Los niños llevaban unas felicitaciones navideñas, echas en cartulina y coloreadas por ellos mismos, que iban entregando a cada uno de los viejitos, y éstos, a cambio, les regalaban bolsas de chucherías que ya tenían preparadas. Porque como niños ilusionados, aquello era toda una fiesta para ellos y nos estaban esperando. Y a más de uno se le saltaban las lágrimas cuando el niño le entregaba la felicitación. Y les besaban y acariciaban; y algunos, los más osados, a los pequeñines les sentaban encima de sus rodillas.
Después, cuando cantábamos los villancicos, nos acompañaban tocando palmas y cantando ellos también.
Esto sólo lo hacían los que mejor se encontraban. Porque había quienes sentados en sus sillas de ruedas, apenas si podían mantenerse erguidos. Otros babeaban como si fueran niños pequeños; había quien desvariaba de tal manera que se ponía a danzar en el centro de la sala al son de las palmas y las panderetas que los niños tocaban, girando y girando hasta que una de las chicas le obligaba a sentarse.
Estaba el parlanchín, que se empeñaba en contarte mil y una batallitas, y el que te observaba fijamente, sin quitarte la vista de encima, pero sin decir ni una sola palabra.
Y cuando todo acababa y nos disponíamos a marchar, formaban círculo alrededor nuestro pidiéndonos que nos quedáramos un ratito más. Como si de esta manera, pudieran romper la monotonía de sus vidas.
Después nos acompañaban hasta la salida, y hasta que nos perdíamos de vista no paraban de decirnos adiós con la mano.
Y una salía de allí con el alma encogida. Porque en aquellas escasas dos horas que pasábamos dentro, te dabas cuenta de la tremenda soledad en la que aquella gente vivía.
Ya no eran ancianos como los de antes. Mimados y cuidados por sus familias hasta el día de su muerte. En su pueblo, o en su barrio, conviviendo con otros viejos a los que conocían casi siempre de toda la vida.
Y cada año, al salir de aquella residencia, siempre pensaba lo mismo: que aquellos yayos, pese a lo que la gente del mercadillo pudiera pensar, no eran, precisamente, los más felices del mundo.

Juan dijo
Me dices: ¿ De dónde has sacado tal ristra de insensateces ? No tienen desperdicio. Saludos
Darunia, va en plan broma, ya que si has leido mis textos, la mayoría hablan de desamor y van como de muy serio. Besos
http://www.lacoctelera.com/lo-que-hay/post/2006/10/10/no-es-mismo...
11 Octubre 2006 | 05:37 PM