El chocolate y yo
Es extraña la relación que tenemos el chocolate y yo.
Tengo que decir, que si me dejará llevar por mi inconsciencia, o por mi gula, o vaya usted a saber por qué cosa, estaría comiendo chocolate a todas horas.
Me encanta el chocolate. Solo, con leche, relleno, con almendras, con avellanas, con frutos secos... Me da igual el que sea. Adoro el chocolate.
El y yo tenemos una relación casi de amor-odio. Amor, porque no puedo pasar sin él. Y odio, porque detesto que anule mi voluntad de la manera que lo hace.
Cuando voy al supermercado y me detengo en el pasillo donde están los chocolates, disfruto como una enana. Lo miro, remiro, lo cojo, lo suelto, lo pongo en el carro, lo devuelvo a su estantería...
Y así hasta que encuentro la excusa perfecta y me digo a mi misma: " Voy a llevarle un poco de chocolate a mis niños que hace mucho que no lo comen. "
Eso me digo, aunque sepa a ciencia cierta que no lo van a comer, porque inexplicablemente, a ellos el chocolate no les dice nada. Pero así mi conciencia queda tranquila.
Luego, llego a casa y lo guardo en uno de los armarios de la cocina, y allí se queda días y días sin que nadie le eche el diente.
Siempre que abro ese armario, el chocolate me mira con ojos de triunfo y sonríe socarronamente como diciéndome : " Si sabes que vas a caer. No intentes hacerte la dura conmigo porque te tengo en mis manos. Tu voluntad me pertenece."
Y yo, que según dice mi madre, ya desde la cuna fui una rebelde que no se dejaba enderezar, cierro la puerta del armario dando un portazo con rabia, porque no soporto darme cuenta de lo débil que soy . Y es que si algo detesto en la vida es que intenten llevarme por un camino que no deseo.
Y yo no deseo comerme el chocolate. O eso creo.
Pero el chocolate sigue ahí, erre que erre dando la murga.
De vez en cuando voy a la cocina, abro el armario y miro al chocolate, sólo para demostrarme a mi misma que no soy una persona débil y manipulable. Y para hacerle ver, a ese diabólico ser que me observa desde dentro del armario, con una mirada cada vez más triunfal, que mi vida la dirijo yo.
Y a medida que van pasando los días y mis niños se niegan a comerse el chocolate por más que les insista, empiezo a decirme que es una lástima, que se va a estropear, que vaya dinero más tirado...
Y así, a lo tonto, como quien no quiere la cosa, voy y cojo la tableta de chocolate y corto una esquinita para comérmela.
Total, no es mas que un trocito pequeño. Y sólo para que no se estropée. Y después de ese trocito arranco otro más, esta vez un poquito más grande. Y así, trocito a trocito, cuando quiero darme cuenta me lo he zampado todo.
Y es entonces cuando empiezo a escuchar una risita de mala leche, de esas que te ponen los nervios de punta y que yo juraría sale de lo más profundo de mi estómago.

Clítoris dijo
Hola, tu texto me ha recordado a otro mío que escribí hace ya unos meses. Si quieres disfrutarlo, aquí lo tienes.
Pero eso sí: si te lanzas a por las tabletas de la despensa, a mí no me eches la culpa, jejeje.
Un saludo y que aproveche:)
15 Octubre 2006 | 01:10 AM