La Mochila
Hace un par de semanas me fui de compras con mi hijo.
Es algo que hacemos de vez en cuando, los dos solos, unas veces porque es él quien necesita comprarse algo, y otras porque lo necesito yo.
Aunque no siempre, si no me apetece ir sola le convenzo para que me acompañe y él accede. Y luego, pacientemente, espera delante de los probadores mientras yo decido qué es lo que no me quedará peor.
Nos habíamos llevado unos libros para el viaje, y aunque él, normalmente opta por su consola como entretenimiento, en esta ocasión siguió mi consejo de que aprovechara para leer el libro sobre el que tendría que hacer un trabajo para el instituto.
Pero como ya nos ha ocurrido en otras ocasiones, en lugar de leer nos pusimos a hablar.
Casi todo el tiempo de videojuegos, que es su tema favorito, o de las maravillas técnicas que tendrá la nueva videoconsola que pronto saldrá al mercado. O de cosas que pasan en el colegio...
A veces se quedaba callado y se abstraía mirando el paisaje a través de los cristales de la ventanilla del tren.
Y yo aprovechaba, ahora que casi se había olvidado de mi presencia, para mirarle a él.
Acaba de cumplir quince años, y pese a su metro ochenta de estatura, y de que ya se afeita una o dos veces por semana, no podía dejar de ver en él a mi niño pequeño. Aquel que no podía dormirse si no era enredando sus dedos en mi pelo.
Siento que la vida me premió dándome un hijo como él. Y que todos aquellos sueños que tuve que dejar por el camino, posiblemente no valían ni lo que la más ínfima partícula de su existencia.
Continúo mirándole, y me pregunto qué es lo que hará la vida con él.
Si será razonablemente feliz; si será una buena persona... Quiero creer que sí, porque ahora en un ser generoso, amigo de sus amigos, y salvo algúna que otra rabieta, típica de sus quince años, es un chico razonable, quizás excesivamente bueno.
Sé, que no ha de pasar mucho tiempo, antes de que esta relación tan estrecha que ahora tenemos se vaya haciendo cada vez más distante.
Más pronto o más tarde tendrá que seguir su propio camino y no me quedará más remedio que acostumbrarme. Y posiblemente le veré cada vez menos. Y quizás, sólo quizás, cuando ya su carácter y su personalidad estén definitivamente formados, nos alejen más cosas de las que nos unan. Pero sea como fuere, siempre me quedarán estos momentos para recordar.
Ahora, sueño con que se convierta en un hombre de bien. En una persona honesta, que jamás anteponga sus intereses a los intereses de los demás, si esto supone tener que pisotearles sus derechos.
Que sepa respetar a las personas y que cuando encuentre a su pareja ideal, sepa ver en ella a una compañera. Caminando siempre a su lado. Nunca delante, y por supuesto tampoco nunca detrás.
No sueño para él que se convierta en un triunfador, si por triunfador se entiende llegar a lo más alto en la escala social y a cualquier precio.
Quiero que triunfe, sí; pero en la carrera de la honestidad; en la de la comprensión de las desgracias ajenas. Que aprenda a valorar lo que la vida le vaya ofreciendo, sea mucho o poco, y que entienda que la felicidad no es un todo, sino un cúmulo de pequeños instantes felices, que no siempre somos capaces de apreciar.
Y me gustaría, que al final de su camino, cuando vuelva la vista atrás, no tenga jamás que sentir vergüenza de sí mismo, porque hizo cosas que iban en contra de su dignidad como ser humano.
En uno de los muchos cursillos a los que asistí en la Escuela de Padres, que organiza mi ayuntamiento, recuerdo que nos decían que los niños llegan a este mundo con una mochila a las espaldas.
Mochila que al nacer está completamente vacía, pero que nosotros, padres y educadores, vamos llenando poco a poco con nuestras enseñanzas.
Y de nosotros depende que esa mochila se llene de cosas buenas.
Todas las enseñanzas, consejos, recomendaciones... que se le van dando a un hijo a lo largo de su vida, - nos decían - van a parar a esa mochila.
Y aunque aparentemente, cuando les aconsejamos, pueda parecer que por un oído les entra y por el otro les sale, la realidad es que no es así.
Va quedando almacenado en su mochila personal, y algún día, ante cualquier contratiempo o dificultad que se les presente en la vida, y cuando no sepan qué actitud o camino tomar, siempre podrán echar mano a su mochila y extraer de allí alguna de las enseñanzas que a lo largo de los años les hayamos ido dando.
Lamentablemente algunas personas caminan por la vida con su mochila medio vacía, o llena de cosas inservibles, porque no tuvieron a nadie que se la llenara. Y cuando tienen que sacar algo de ella, se encuentran que no hay nada aprovechable.
Yo no sé si esta metáfora de la mochila es cierta o no. Pero por si acaso, se la estoy llenando tanto, que el pobrecito mio cualquier día ya no podrá con ella.

Luz dijo
Y aparte de la mochila... que mejor compañera de viaje como una madre con devoción? Seguro que sabra encontrar los mejores utensilios para el camino con tu ayuda y tu consejo :)
Un abrazote.
30 Octubre 2006 | 10:18 AM