Un día para los muertos

Hoy es el día de los muertos. En realidad es el día de Todos los Santos. El de los difuntos es mañana.
Pero es hoy cuando se les visita.
Desde el balcón de mi casa se ve el cementerio. Puedo ver, si cojo los prismáticos, hasta las coronas y ramos de flores que han depositado en los nichos.
Porque en este cementerio sólo hay nichos. Ni un sólo panteón; ni una sola tumba en el suelo.
Aquí no se hará realidad aquella frase que decía: " De la tierra naciste y a ella regresarás "
Los muertos no serán acogidos por la madre tierra. Seguirán encerrados entre cuatro paredes de cemento, de la misma manera que lo estuvieron en vida.
Desde bien entrada la mañana veo un incesante ir y venir de gente camino del cementerio. Todos con sus ramos de flores en las manos. Y aunque yo no lo vea, sé que también llevarán algo con que limpiar el cristal de la puerta del nicho.
Hay algo en los cementerios que siempre me ha atraído. Me gusta visitarlos. A pesar de que cuando camino entre sus calles no puedo dejar de sentir una especie de estremecimiento en mi espalda. Y cuando estoy allí, rodeada de tanta gente - me niego a pensar que no son mas que despojos de lo que un día fueron, - de quienes ya por fin han comprobado qué es lo que hay al otro lado, siento que hay algo como flotando en el aire. Como si quisieran decirme algo, pero que yo no soy capaz de interpretar.
Cuando era pequeña y vivía en mi pueblo, las incursiones al cementerio eran algo habitual. Incluso nos metíamos allí a jugar y a visitar las tumbas.
Nos entreteníamos leyendo las inscripciones de las lápidas, y por supuesto, las que más hondo nos llegaban eran aquellas en las que el muerto era un niño.
Porque además casi todas tenían pequeños angelitos de marmol blanco, en lugar de las cruces negras, y nos gustaba pasar la mano por sus blancas y gélidas alas.
Cuando había un entierro allá que estábamos la mayoría de las veces. Tan en primera fila nos poníamos que más de una vez a punto estuvimos, con los empujones que nos dábamos para ver mejor, de caer dentro de la fosa. Y todo porque existia la costumbre de que justo en el último momento, antes de bajar el ataud a la fosa, levantaban la tapa para que los familiares vieran al difunto por última vez. Y nosotros no queríamos perdérnoslo.
Y había veces que entre la arena removida podían verse restos de huesos o incluso, más de una vez, la calavera del anterior inquilino de la tumba.
Ya sé que esto hoy en día, desde la perspectiva que se tiene de la muerte, algo que parece que haya que ocultar, pueda parecer muy macabro que unos niños asistan a semejante espectáculo.
Pero es que la muerte, por aquella época, formaba parte de la vida. La veíamos casi como algo natural. Un paso más en el ciclo de la vida. Que por supuesto no era el paso último, sino el que te transportaba al más allá. A esa otra vida de felicidad eterna, que las monjas, y en las clases de catequesis, tan bien sabían describirnos.
Como nos decía una de las monjas en clase, allí había grandes parques llenos de columpios, balancines y toboganes. Sería porque como en el pueblo no había ni uno solo de éstos, qué mejor descripción del más allá para unos niños que un gran parque donde poder jugar.
Creo que debería tener unos tres años cuando vi a mi primer muerto. Fue un vecino y recuerdo que mi madre me dijo que iríamos a despedirnos de él, porque se iba para el cielo.
Y allí estaba, metido dentro de su ataud, con las manos entrelazadas a la altura del pecho y con un pañuelo blanco tapándole la cara. Porque por aquella época, a los muertos siempre se les tapaba la cara con un pañuelo blanco. Hoy en día a ninguna madre se le ocurriría llevar a un niño, de tan sólo tres años, a que presenciara el espectáculo de la muerte.
Si era un niño el que moría en el pueblo, aunque no le conociéramos mas que de vista, íbamos a su casa a verlo. Unas veces le tenían acostado encima de su cama y otras metido ya dentro de su pequeño ataud blanco.
Y la madre, sentada a su lado, cuando veía aparecer al grupo de chiquillos, rompía, inevitablemente, a llorar con todo el desconsuelo del mundo. Entonces no entendía por qué pasaba siempre esto. Pero ahora, desde mi posición de madre, imagino que lo que le ocurría era que al vernos, tomaba más conciencia aún de la terrible pérdida que acababa de sufrir.
Como yo formaba parte del coro de la iglesia, cada vez que había un entierro, tenía que ir a cantarle al difunto sus últimas oraciones.
" Dale, Señor, el descanso eterno y que brille sobre él la luz eterna. "
Esta era la canción que siempre entonábamos, mientras que yo no podía apartar mis ojos del ataud. Era como una obsesión. Me preguntaba, como todavía me lo pregunto a veces hoy en día, sí por fin habría resuelto todos los enigmas de esta vida.
La muerte es uno de los grandes misterios de la vida. Es, en realidad, el gran misterio.
Aquel que ni hemos descifrado ni creo que lleguemos a hacerlo jamás.
¿ Qué es lo que ocurre justo en el último instante ?
Sería tan hermoso que realmente fuera simplemente el paso a otra vida, o a otros mundos... Y que, como una vez leí no recuerdo dónde, al morir, al traspasar la última puerta, están allí, esperándote, todos aquellos seres queridos que te precedieron en el camino dispuestos a darte la bienvenida. Esto sería aún más consolador en el caso de los niños. Porque como decía también el artículo aquel, siempre hay alguien muy cercano de su familia esperándole, para que al llegar no se sienta tan perdido.
Qué gran consuelo nos daría saber que esto es realmente así. La pérdida no sería tan grande ni dolorosa, porque no sería mas que un paréntesis en nuestra vida. Como cuando se emprende un largo viaje en el que sabes, que por muchos años que pasen, al final volveremos a reencontrarnos con aquellos seres a los que amamos.
Pero como no hay ninguna certeza, y como mi mente racional me dice que todo está aqui, y sólo aquí, me quedo únicamente con estos versos de Machado:
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos del mar.
Empecé este artículo esta mañana. Cuando desde mi ventana se veía el cementerio con su ir y venir de gentes. Ahora, cuando el día está empezando a declinar, miro de nuevo hacia el cementerio y ya apenas si queda alguien.
El cementerio quedará, hasta el próximo año, de nuevo en soledad. Los muertos volverán a descansar en paz y yo me pregunto lo mismo que se preguntaba Gustavo Adolfo Becquer en aquellos versos:
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos, los muertos!

Milady dijo
Es cierto que cuando me despido de mis muertos y me alejo de sus tumbas, siempre siento que se quedan solos en un terreno frío y es, justamente en la despedida, cuando más tristeza siento, como si los abandonase de nuevo.
Un abrazo.
1 Noviembre 2006 | 09:15 PM