La condena a Sadam
No lo puedo remediar. Pero sé que en el fondo soy un ser blando y manipulable, que no sabe mantenerse firme en su postura.
Desde que leí la noticia de que a Sadam Husein le han condenado a morir ahorcado, no puedo dejar de pensar en él.
He dejado de verle como un asesino; como alguien sin alma que era capaz de cometer las mayores atrocidades; que se llevaba por delante, ya fueran mujeres, niños, ancianos..., a todos aquellos que se atrevían a demostrar que no estaban de acuerdo con sus ideales. Y aunque no lo demostraran. Porque un niño pequeño no hace ningún tipo de manifestación. Ni a favor ni en contra.
Ya no le veo como aquel que levantaba estatuas de si mismo, como símbolo de su poder. Quien sin ningún tipo de remordimiento podía gasear una aldea entera, y dejar los cadáveres esparcidos por sus calles. Aquel que llevaba una vida de lujo, igual que su familia, mientras el pueblo moría de hambre.
Sé que cometió brutales represiones contra los chiís y los kurdos, contrarios a su régimen. Que se han desenterrado miles de cadáveres, de gente de todas las edades, porque él, sin que le temblara la mano, firmó sus sentencias de muerte. Podría pasarme horas relatando las atrocidades que cometió. Pero no lo voy a hacer. Para mi, eso ya forma parte del pasado.
Ahora, hoy, en este momento, yo sólo puedo ver al hombre. Al ser humano que en la soledad de una celda, está a punto de enfrentarse con la muerte. Con esa muerte a la que él envió a tantos y tantos...
Y veo su imagen por televisión, y ya no veo al poderoso de la estatua. Veo a un hombre acabado, a quien la vida, por fin, se dispone a pedirle cuenta de sus actos.
Y siento lástima de él. Porque no sé qué es lo que estará sintiendo en su interior.
Si pensará que están cometiendo una injusticia con él. Si habrá recapacitado y tomado conciencia de las atrocidades que llevó a cabo, y sentirá que es indigno de pertenecer a la raza humana. Si ahora, que está a punto de encontrarse con Alá, ese dios en el que cree y en nombre del cual tantos y tantos pregonan la Guerra Santa, se arrepentirá de todos sus actos y humildemente pedirá perdón...
Para mi ha dejado de ser aquel hombre victorioso, que fusil en mano,
saludaba a sus seguidores. Me quedo con esta otra imagen: la de un hombre acabado, a quien la suerte, afortunadamente dio la espalda, y que ahora, en completa soledad, se enfrenta a su destino.
A un destino que él mismo, y poco a poco, fue gestando sin darse cuenta que un día podría volverse en contra suya.
Y como antes que un asesino, antes que un dictador, y mucho antes que un ser sin corazón, es un ser humano, una vida que todavía puede ser enmendada, no me siento con el derecho de alegrarme porque ahora vayan a quitársela.
Una vida es siempre una vida. Independientemente de quien sea el dueño de la misma. Y nadie, absolutamente nadie, puede arrogarse el derecho de disponer de ella.

Mariana dijo
Yo sigo viendo en Sadam al asesino, al dictador, a quién no miró por su pueblo sino para su provecho...
Pero no le deseo la pena de muerte, ni a él ni a nadie por muy monstruo que haya sido.
¡PENA DE MUERTE NO!
6 Noviembre 2006 | 01:31 PM