El Pobre de mi infancia
Cuando era pequeña yo tenía un pobre.
Era un hombre muy viejo, o así es como lo veía yo desde mis pocos años, que varias veces al año aparecía por el pueblo.
Le recuerdo como un hombre no muy alto, que caminaba medio encorvado ayudándose con un bastón, y con una barba blanca y el cabello totalmente encanecido. Pasaba no más de cinco o seis días en el pueblo y después emprendía el camino en dirección al pueblo más cercano.
Iba de en casa en casa pidiendo limosna y a pesar de que por aquellos años todos vivíamos con lo justo, en incluso con menos, no había casa donde no le dieran alguna cosa. Casi siempre comida, porque dinero de sobra no teníamos ni para nosotros.
Vivíamos a las afueras del pueblo al lado de una de las fuentes públicas, adonde a diario iban a buscar el agua más de medio pueblo, en aquellos años no teníamos agua corriente en las casas, y ese fue, precisamente, el lugar que el pobre eligió para instalar su campamento base.
Imagino que debió hacerlo para tener el agua a mano, y porque como por allí pasaban a diario docenas de personas, había más posibilidades de conseguir alguna limosna.
Dormía en el suelo acurrucado en su manta y por las mañanas, sobre todo en aquellas frías y neblinosas mañanas de invierno, mi madre me daba un tazón de leche con colacao y unas cuantas galletas maría para que se lo llevara al pobre.
Y allá que iba yo, sintiéndome alguien muy importante, a darle su desayuno, mientras la gente que estaba en la fuente esperando su turno para coger el agua, nos miraban con curiosidad.
En ocasiones me lo encontraba acurrucado en su manta, con los ojos cerrados y tenía que darle un toquecito en el hombro para que se despertara. Siempre recordaré la mirada de agradecimiento que se reflejaba en sus ojos, cuando me veía allí, parada delante de él, con el tazón de leche caliente.
Lo cogía con manos temblorosas, más de una vez temí que se lo echara encima, con unas manos llenas de costras, y con toda la lentitud del mundo, quizás para que le durara más el calorcito del tazón, comenzaba a mojar las galletas en la leche y a dar pequeños sorbitos que seguro le reconfortaban en aquellas frías mañanas invernales.
Yo esperaba pacientemente hasta que terminaba para poder llevarme mi tazón de vuelta a casa, y cuando lo hacía, cuando acababa, me lo devolvía con una sonrisa de agradecimiento en la mirada. Casi no hablaba nada. Sólo me miraba por encima del tazón mientras bebía. Con unos ojos de mirar profundo y triste. Y recuerdo, que al acabar, siempre se limpiaba la boca con la manga de su chaqueta.
Una noche, mientras estábamos cenando, comenzó a llover. Y mi padre, mirando a través de la ventana de la cocina, que daba al corral de la casa, dijo mientras observaba la lluvia caer:
- Vaya nochecita que le espera al pobre…
Lo llamábamos siempre así cuando hablábamos de él, porque nunca supimos como se llamaba en realidad. Para nosotros era siempre “el pobre.”
Y seguimos cenando tranquilamente.
Y al cabo de un rato mi madre dijo:
- No hago mas que pensar en el pobre. En el frío que estará pasando y en que va a terminar calado hasta los huesos. ¿Y si le decimos que se venga a dormir aquí por esta noche?
Y sin pensarlo más mi padre dejó de cenar y se levantó de la mesa. Y se acercó hasta la fuente y se trajo al pobre a casa. Le dimos ropa de mi abuelo para que se cambiara, pues la traía toda mojada, y por una noche, cenó caliente y durmió como las personas.
Y a partir de aquel día, el pobre fue más "mi pobre" que nunca.
Cuando en los pocos días que pasaba en el pueblo me lo encontraba por las calles, el pobre siempre me saludaba. Me hacía un gesto con la cabeza a modo de saludo y yo me sentía la niña más importante del mundo.
Porque entre toda la horda de chiquillos que a veces le seguíamos a ratos por las calles del pueblo, para ver a dónde iba, en qué casas entraba, y quien le daba alguna cosa, el pobre sólo me miraba y me saludaba a mi. Y los demás niños me miraban con cierta envidia, porque aquel ser tan enigmático y extraño, al que casi nunca se le oía hablar, para mi no parecía tener misterios.
Había otros muchos pobres que a lo largo del año pasaban por el pueblo. Recuerdo a mujeres con niños pequeños. A jovenes, a viejos, a gente sin un brazo, al que le faltaba alguna de sus piernas... O al "tío Gatas", como llamaban a aquel otro que caminaba a cuatro patas y con el que nos metían miedo de pequeños para que nos portáramos bien.
- Como no te lo comas todo, vendrá el tío Gatas y te llevará. - recuerdo que me decía mi madre para conseguir que me acabara la comida que tanto asco me daba.
Llevaba una especie de tacos de madera en las palmas de las manos, que las apoyaba en el suelo para caminar, y supongo que para no despellejárselas con las piedras de los caminos y así, apoyando manos y pies iba de un pueblo a otro pidiendo limosna. Y era asombroso verle caminar de esa manera, con la espalda totalmente doblada, y a la velocidad que lo hacía.
Pero ninguno de ellos, de todos los pobres que pasaban por el pueblo, de algunos huíamos porque nos inspiraba miedo su aspecto físico, ninguno de ellos, decía, me caló tan hondo como aquel hombrecillo que de tarde en tarde aparecía por el pueblo.
Se iba sin despedirse y en silencio. Tal como había llegado. Una mañana, al levantarnos, salíamos a la calle y el pobre ya no estaba allí. No quedaban sino los restos de su presencia. Alguna piel de naranja, una bolsa de papel, algunas migas de pan que los pájaros se comían...
Hasta la próxima vez. Cuando al salir de nuevo a la calle lo veía allí, en aquel rincón de la fuente que él había convertido en su hogar, y entonces gritando, corría hacia mi casa diciendo:
- ¡Ha vuelto el pobre, ha vuelto el pobre...!

Mariana dijo
¿Te imaginas que el pobre supiera que después de tantos años le has dedicado tan entermecedor relato?
Supongo que el creería que sólo era una sombra para los demás, pero en este artículo has demostrado que por tu sensibilidas siempre has tenido un hueco en tu memoria para él.
Personas como tú hacen mejor este mundo.
Un beso y mi reconocimiento, preciosa
11 Noviembre 2006 | 05:42 PM