El tanque de mi hermano
Mi hermano, cuando era pequeño, tenía un tanque de juguete. Era un tanque muy avanzado para la época, o al menos para la época en la que vivíamos en mi pueblo.
Se lo había traído de regalo una tía nuestra que vivía en Suiza, y era la atracción de todo el barrio porque ningún niño que conociéramos tenía un tanque igual.
Funcionaba con pilas y cuando chocaba contra la pared, o contra las sillas o la mesa, se detenía unos segundos y después, girando a derecha o izquierda, emprendía de nuevo la marcha.
Mi hermano, durante todo el año, vivía deseando que llegara el día de Reyes para que le trajeran su tanque. Porque los Reyes Magos, que siempre venían cada año cargados de juguetes para los niños, no para los de nuestro entorno, sino para otros, según decían, para mi hermano, milagrosamente, siempre traían el mismo tanque año tras año.
Cuando se levantaba por la mañana, allí, junto a sus zapatos, que con tanto esmero se había entretenido en limpiar la noche antes porque si los Reyes Magos los encontraban sucios pasaban de largo, allí, decía, estaba su pequeño tanque.
Y durante no más de una semana se convertía en su juguete preferido. Y en el de toda la familia.
Para nosotros era casi un milagro ver como se movía por toda la cocina, girando de un lado para otro, chocando contra cualquier obstáculo que se le atravesara en el camino... A veces le poníamos en dirección a la pared, porque nos hacía gracia, o mas bien porque nos asombraba ver, como el tanque era lo suficientemente inteligente como para detectar, al llegar a la pared, que por allí no se podía pasar y se daba la vuelta, él solo, buscando una nueva ruta. Hasta que se encontraba con otro obstáculo, a veces nuestros propios pies, que los poníamos delante suyo a propósito, porque queríamos cerciorarnos, una vez más, que el tanque sabría retroceder y marchar por otro camino.
Pero esto, como ya he dicho, sólo ocurría una semana al año. Una mañana al levantarnos, misteriosamente, el tanque había desaparecido de la casa. Preguntábamos por él y nadie sabía qué había pasado.
Ni dónde estaba. Ni qué espíritu maligno se había llevado nuestro tanque. Porque era el tanque de todos.
Después, poco a poco, con el correr de los días, el tanque iba pasando a un segundo plano y comenzábamos a hablar de él con cariño pero sin pena. Mi hermano volvía otra vez a jugar con sus canicas; con sus chapas de botella que recogía junto a sus amigos en los bares del pueblo; con los indios y los pistoleros de plástico o con el aro que hacían rodar por las calles del pueblo.
Y otra vez, casi sin darnos cuenta, llegaba de nuevo la Navidad. Y con ella los turrones, que el duro era de cacahuetes, porque salía más barato que el de almendras, y las peladillas, y las figuritas de mazapán, que esas sí que no podían faltar, y los villancicos que cantábamos en la cocina de mi casa, al calor del brasero, mientras mi padre tocaba la zambomba, y mi abuelo le acompañaba rascando con un tenedor una botella de Anís del Mono vacía...
Y por fín, después de mucho esperar, llegaban los Reyes Magos, porque por aquellos años no sabíamos que existía Papá Noel y los regalos siempre los traían ellos.
Y como una extraña aparición, al levantarnos la mañana de Reyes, allí estaba él, de nuevo junto a los zapatos de mi hermano: su pequeño tanque de juguete.

Girasol dijo
Cuántos recuerdos me han venido a la cabeza, cuánta similitud en "el vivir" de esos días. Gracias de nuevo Darunia por despertar en mí sentimientos aletargados y hermosos. Eres muy buena narradora, me gusta tu sencillez y ese saber transmitir los sentimientos. Felicidades!!!!
15 Noviembre 2006 | 12:16 AM