Un adiós sin retorno
Un año ya que te fuiste. Un año en el que dejé de vivir. La sombra de la muerte me cubrió con su manto y desde entonces, desde aquel fatídico día en el que todo acabó, la oscuridad más absoluta envuelve toda mi existencia. Una vida que perdió para mi todo su sentido. "Tienes que salir adelante. Piensa que aún eres joven y que el paso del tiempo todo lo cura..." Esto es lo que se empeñan en decirme todos aquellos que me rodean. Supongo que con la mejor intención. Guiados por su buena voluntad y por qué no, por el afecto que sienten por mi. Pero todo es inútil. Siento que ya nada volverá a ser lo mismo. Me diste los mejores años de mi vida, y así, de un golpe, golpe que para ti fue mortal, me los arrebataron sin la menor compasión. Soy como una sombra deambulando por la casa. Como un cuerpo sin alma, condenado a vivir en esta especie de infierno en el que quedó convertida mi existencia. Entro en tu habitación, donde todo sigue igual, y veo tus libros, tus juegos, algún peluche de tu infancia que te negaste a tirar, tu ordenador... La mochila del colegio con tus libros escolares dentro. Libros que apenas pudiste hojear. Estabas tan ilusionado... Por fin empezabas el bachillerato. El primer paso para llegar a la Universidad. El lugar donde conseguirías, según decías tan a menudo, tu gran sueño de convertirte algún día en un médico. Médico que dedicaría su vida a paliar, en la medida de tus fuerzas, el dolor ajeno. Cojo alguno de tus juguetes entre mis manos, y puedo ver la felicidad que se reflejó en tu rostro aquellas navidades en las que te lo regalamos. Miro alguna de tus fotografías: cuando apenas eras sólo un bebé; dando tus primeros pasos; aquel verano inolvidable en la playa, o esta otra del invierno aquel, tan frío, en el que te empeñaste en aprender a esquiar, y apenas si podías mantenerte en pie sobre los esquís. Toda tu ropa sigue aún llenando tu armario. Me dicen que tengo que deshacerme de ella, así como del resto de tus cosas, pero me veo incapaz de hacerlo. Tirar tus ropas, tus libros, tus juegos... Sería como tirarte a ti. Como lanzar tu recuerdo a la basura. Como aceptar, definitivamente, que ya no vas a volver. Y me niego a aceptarlo. No podría vivir por más tiempo. No puedo borrar de mi mente aquellos seis días. Los seis últimos días que pasaste con nosotros y en los que tú no eras siquiera consciente de tu existencia. Ni de lo que te había pasado. Te observaba a través del cristal de la ventana, en aquella habitación donde te habían metido, con todo tu cuerpo lleno de cables. Los médicos nos decían que no había ninguna esperanza para ti. Que tu cerebro había recibido un impacto tan brutal, que era imposible, en el remoto caso de que sobrevivieras, que pudieras actuar y pensar como un ser humano. Paradójicamente tu cuerpo apenas reflejaba el brutal accidente. Por eso me negaba a aceptar, por más que me lo dijeran con la intención de prepararme para lo venidero, que tú habías dejado de ser Tú. Me sentaba a tu lado en la cama, en los pocos momentos que me dejaban entrar para estar contigo, y con tu mano entre las mías, te pedía, te suplicaba, que no te dejaras vencer. Pero todo fue inútil. Una mañana ví venir a tu médico, aquel que hacía lo imposible por devolverte a la vida, y no tuvo necesidad de decirme ni una sola palabra. Supe, al instante, que todo había acabado. Y la vida acabó para mi. Se me fue con la tuya. Quizás algún día me recupere de tu partida, o quizás no lo consiga nunca. No sé siquiera si lo deseo. El recuerdo de tus quince años, aquellos que pudimos tenerte con nosotros, es lo único que todavía consigue mantenerme en pie. Entre tu padre y yo, ahora sólo queda un silencio casi imposible de romper. Se abrió una brecha tan profunda con tu ausencia, que no sé si el paso del tiempo será capaz de cerrarla. Cuando nos miramos, mudos reproches se reflejan en nuestros ojos. "¿Por qué accediste a comprarle la moto? ¿Por qué fuiste tan blando con él si sabías que yo no quería?" "¿Por qué no fuiste más firme en tu oposición y dejaste que se saliera con la suya? ¿Acaso no te diste cuenta que con un poco más de presión por tu parte yo no hubiera cedido?" Preguntas que jamás nos atreveremos a formular en voz alta, pero que con los ojos no paramos de repetirnoslas. Ahora, sólo te ruego una cosa: desde allá donde ahora estés, si es que la eternidad existe, ayúdanos a seguir caminando por la vida. Haznos ver, que pese a tu partida, todavía tenemos algo por lo que luchar. Algo por lo que valga la pena seguir viviendo.

rafael dijo
Dramático relato.
Es algo que me pregunto muchas veces, si sería capaz de seguir viviendo ante la pérdida de lo que más se quiere en el mundo, espero no saberlo nunca, pero creo que difícilmente se puede superar eso, se puede aprender a vivir si él, sin ellos, pero todo sería ya distinto y diferente.
Menos mal que es un relato de ficción y que sólo te has puesto en el lugar de, me alegro que no hayas pasado por ese trance tan duro, pero gracias a él, me da por acordarme de los que no han tenido tanta suerte; creo que ya conté una vez que mis hijos querían una moto para trabajar en Telepizza, su madre y yo les quitamos a duras penas la idea de la cabeza, ahora que son independientes, el pequeño tiene coche y moto, las dos cosas, así que imagínate cada vez que sé que se va a Villalba en moto.
Me ha encantado tu relato, aunque la verdad me ha inquietado.
Un abrazo.
19 Noviembre 2006 | 02:26 PM