Los paisajes de nuestra infancia

Leí un precioso artículo en el blog Arrumacos desde el alma , aunque para mi siempre será Girasol, que era su antiguo nombre, en el que en un texto cargado de poesía, como todo lo que ella escribe, me hizo regresar, por unos instantes, al paraíso perdido de la infancia.
A lo largo de nuestra vida recorremos miles de caminos. Visitamos cientos de lugares. Hay algo en nosotros que nos impulsa a no quedarnos anclados en un mismo lugar.
Ya no necesitamos viajar de una lado a otro, atravesando verdes valles ni escalando altas montañas, buscando las mejores cuevas donde acampar durante los gélidos inviernos, como hacían nuestros ancestros.
Desde hace miles y miles de años nos hicimos sedentarios, pero aún así, aquel espíritu nómada de nuestros antepasados parece aún pervivir en nuestro interior.
Quizás por eso, a la menor ocasión, abandonamos la seguridad y la calidez de nuestros hogares y nos lanzamos a la búsqueda de nuevos paisajes. A veces, cuanto más lejanos y exóticos mejor.
Y aunque sólo sea durante unos pocos días, visitamos otros lugares, exploramos otros mundos y regresamos renovados y cargados de energía. Energía que nos ayudará, en el largo año que nos queda por delante, a sobrevivir, hasta que llegue el momento de nuestra próxima escapada.
Pero de todos los sitios que visitemos, de todos los lugares que recorramos, por muchos paisajes que divisemos, ninguno quedará tan grabado en nuestra alma como los paisajes de nuestra infancia.
Hay algo en ellos que no hallaremos en ningún otro lugar. Por mucho que los busquemos.
En ellos quedaron enterrados nuestros sueños infantiles. Convirtiendo aquellos paisajes, la mayoría de las veces, en nuestro particular paraíso perdido. Un lugar en el que todo era posible y en el que a la vez nada malo nos podía ocurrir.
Donde levantar cada piedra del camino era toda una aventura, porque nunca sabías qué mágicos tesoros encontrarías debajo.
Un árbol se convertía en una casa en las nubes; un pequeño arroyo en la mejor de las piscinas; unos campos sembrados de olivos en una inexplorable selva. Una hormiga, una lagartija, una rana... en salvajes fieras a las que había que combatir y amaestrar. En ocasiones simplemente observándolas. O forzando su recorrido con un palito, para que se dirigieran a la lata vacía donde pretendíamos encerrarlas.
Y ocurre que un día, cuando ya la infancia se perdió en el tiempo, que volvemos de nuevo a recorrer aquellos paisajes, después de haber visitado otros infinitamente más lejanos, y a primera vista pudiera parecernos que ya no son los mismos. No porque ellos hayan cambiado, que casi siempre permanecen inmutables en el tiempo, sino porque nosotros ya no somos aquellos niños de entonces. Ahora somos unos niños que perdieron la inocencia y la frescura en su mirada. Una mirada que quizás la vida nos la volvió triste y apagada.
Pero algo sucede en nuestro interior, porque casi sin darnos cuenta, volvemos de nuevo, ante su sola visión, a sentirnos aquellos felices chiquillos que ilusionados ante cada nuevo amanecer danzaban por ellos sintiéndose libres como el viento.

Corlas dijo
Si Darunia, y es entonces cuando nuestra mirada vuelve a brillar. Doy gracias a mis padres y mis abuelos por facilitarme esa infancia en la que a veces me refugio con tan buenas sensaciones. (Recuerdos agrícolas y salvajes, inocentemente salvajes).
Salud!
23 Noviembre 2006 | 01:00 AM