Mi primer viaje en tren

Acababa yo de cumplir siete inocentes y angelicales años, cuando hice mi primer viaje en tren.
Fue un día emocionante aquel. De esos días en los que el recuerdo de lo que pasó en él te queda grabado a fuego, en algún rinconcito de la mente. Recuerdo del que más tarde, con el paso de los años, tanto nos gusta echar mano de vez en cuando para volver a revivirlo.
Creo que apenas si dormí la noche anterior al viaje. La emoción que sentía, ante la que para mi sería mi primera aventura fuera del pueblo, no me dejó hacerlo.
No era fácil dormir aquella noche, cuando en aquel viaje se unían dos acontecimientos muy importantes en mi vida. Uno era que por primera vez subiría y vería un tren de cerca; y el otro que me comprarían el traje, con el que en unas pocas semanas después, haría mi Primera Comunión.
No sé realmente cual de las dos cosas me emocionaba más y me robaba el sueño. Creo que era la de subir al tren. La otra, la de la Primera Comunión, me daba más miedo que alegría.
No la Comunión en sí, sino lo que me esperaba el día antes: la temida confesión.
¡Qué miedo me daba a mi aquello...!
Y razón tenía para temerlo. Tanto fue así, que el trayecto que tuve que recorrer, no más de dos metros, desde el banco de la iglesia donde sentados ordenadamente esperábamos nuestro turno, todos los niños y niñas que al día siguiente celebraríamos tan solemne acto, ha sido el viaje más difícil, largo y fatigoso que he realizado en toda mi existencia.
Mil veces peor que cuando fui a Andorra, que como ya expliqué alguna vez, ha sido el destino más lejos al que he llegado en mi vida. Se me hizo menos cuesta arriba, entre otras cosas porque fui en coche y a confesarme tuve que hacerlo a pie. Arrastrando los pies, para ser más exactos. Demorándome todo lo más posible, para que aquellos escasos dos metros que me separaban del confesionario, se convirtieran, a ser posible, en dos millones de kilómetros.
En mi interior anidaba la esperanza, absurda ya lo sé, pero sólo tenía siete años, de que quizás, así por un casual, o por uno de esos milagros que dicen que de vez en cuando ocurren, aunque yo no haya visto ninguno jamás, el confesionario, con el cura dentro, se volatilizaran y desaparecieran de la faz de la Tierra, y poder verme así libre de tener que realizar tan penoso acto.
Pero estaba visto que el Altísimo no estaba aquel día por la labor, y no tuve más remedio que arrodillarme delante de aquel cajón de madera, donde desde dentro, y a través de una pequeña ventanita con una rejilla, unos ojos inquisitivos y acusadores me observaban.
- Ave María Purísima - dije con una vocecita casi inaudible y temblorosa, tal y como tantas veces habíamos ensayado en el colegio.
- Sin pecado concebida...- me respondió una voz que a mi me sonó como de ultratumba y llegada del más allá.
- Padre, me confieso que he pecado.
Y aquí empecé a enumerar el rosario de mis pecados. De todos los pecados que había cometido en mis siete años de existencia.
- He dicho mentiras; no he obedecido a mis padres; me he peleado con mis hermanos; he dicho palabrotas; he robado una castaña en la tienda, mientras la dueña estaba distraída... . Hasta éste pecado me atreví a confesar.
El cura ni rechistaba. Creo que estaba medio dormido escuchándome.
Le comprendo perfectamente. Pobre hombre... Don Clemente se llamaba.
Tener que meterse dentro de aquel cubículo, a escuchar la retahíla de pecados que uno tras otro le íbamos soltando, los aproximadamente veinte niños que al día siguiente viviríamos nuestro gran día, no debía ser para él plato de gusto.
Una vez acabé el recuento de mis pecadillos, me quedé callada. Sin saber si debía o quería seguir. En realidad sí sabía perfectamente que debía. Es que no quería. Porque mi gran pecado aún lo guardaba dentro, pero no me veía con la valentía suficiente como para soltarlo.
- ¿Algo más? - oí preguntar a la voz aquella que me erizaba el pelo.
Continué en silencio. En mi interior se estaba produciendo una encarnizada lucha, entre mi Ángel de la Guarda y el maligno, que no dejaba de meter cizaña.
Mientras que uno me exigía encarecidamente que lo contara todo, el otro no paraba de susurrarme al oído que no dijera nada. Que siguiera callada.
El cura debió impacientarse con mi silencio, porque volvió a preguntarme:
- ¿Tienes algún otro pecado que contarme, hija mía?
Dilo... No lo digas... Dilo... No lo digas... Sentía gritando unas voces dentro de mi cabeza.
Finalmente pudo más en mi el terror que me producía saber, que si no lo contaba, me pasaría toda la eternidad churruscándome en los infiernos, que el miedo que el cura me inspiraba. Y lo solté. Con una voz tan débil que ni se me escuchó.
- Me arrepiento de jugar a los novios con mis amigas...
- ¿Cómo has dicho? - preguntó removiéndose impaciente en su asiento, y con una voz que me pareció más de ultratumba que nunca.
Y para mi desgracia tuve que repetirlo. ¿ No quería una vez? Pues fueron dos.
- Que juego a los novios con mis amigas. - repetí otra vez, elevando un poco más el tono de mi voz.
Acercó su rostro a la rejilla de la ventanita y pude ver, con más pánico aún, si es que ello era posible, aquellos ojillos inquisidores que parecían querer taladrarme.
- ¿Y qué es lo que hacéis? - quiso saber.
Me puse a temblar. Me hubiera querido morir allí mismo. Tener que contarlo... Tener que explicarle con pelos y señales mis más oscuros secretos...
- Nos cogemos de la mano. Y nos regalamos florecitas y piedras de colores que nos encontramos. Y también nos damos besos. - añadí a punto de morir de la vergüenza.
-¿Y dónde os dais los besos? - le escuché preguntar.
Ya no estaba adormilado. Se le oía bien despierto.
- En la cara. - respondí extrañada por la pregunta que me había hecho.
Porque a mis siete inocentes años, no se me hubiera ocurrido jamás, que pudiera existir algún otro lugar en el cuerpo donde fuera posible depositar aquellos nuestros húmedos y babosos besos.
No teníamos televisión en aquellos años; los adultos no se besaban jamás delante nuestro en otro lugar que no fuera el rostro; los novios caminaban por la calle uno junto a otro, y los más atrevidos cogidos del brazo... ¿Dónde iba yo a haber aprendido lo de los besos?
- ¿Y no hacéis nada más? - quiso saber.
- No, sólo eso.
- Pues no lo hagáis nunca más. Tenéis que jugar a cosas de niñas.
Y me dio la absolución. Y recuerdo que salí de allí sintiéndome ligera como el viento.
Ya en la calle todo me pareció envuelto en un halo luminoso. No sé si era por el contraste de la iglesia, que estaba en penumbra, con el exterior, o porque la limpieza de mi alma, que había quedado más blanca que si la hubieran puesto a remojo con Ariel, se reflejaba en todo cuanto me rodeaba, consiguiendo que todo me pareciera mucho más resplandeciente que antes de mi terrible confesión.
El cielo, las calles, las casas... Incluso hasta las gentes con las que me cruzaba, me parecían estar impregnados de un halo luminoso. Quizás reflejo de la luminosidad de mi alma, que por fin se había liberado de aquel terrible pecado que la tenía ennegrecida...
Nota aclaratoria: juro solemnemente que mi intención era relatar mi primer viaje en tren...

ren dijo
Ya sé que soy más pesá que una vaca en brazos, pero no me canso de repetirlo: eres genial. He pasado de la nostalgia a la intriga, a la ternura, a la sonrisa, a la carcajada... Y he revivido también mi primera confesión, que solo se diferencia de la tuya en el detalle de la castaña, porque por lo demás fue idéntica. El mismo miedo, el mismo intimidante confesonario, el mismo aburrimiento en el cura... Mis amigas y yo no jugábamos a los novios, pero nos hacíamos trampas en casi todo lo que podíamos, y ese esa nuestro pecado más vergonzante. Porque hacérselas a las demás bien, pero a las amigas...
Bueno, pues aún te queda contarnos el viaje en tren.. ;-)
Ha estado muy bien rebuscar en el baúl de los recuerdos... Un besazo.
29 Noviembre 2006 | 09:59 PM