La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

29 Noviembre 2006

Mi primer viaje en tren

Acababa yo de cumplir siete inocentes y angelicales años, cuando hice mi primer viaje en tren.
Fue un día emocionante aquel. De esos días en los que el recuerdo de lo que pasó en él te queda grabado a fuego, en algún rinconcito de la mente. Recuerdo del que más tarde, con el paso de los años, tanto nos gusta echar mano de vez en cuando para volver a revivirlo.
Creo que apenas si dormí la noche anterior al viaje. La emoción que sentía, ante la que para mi sería mi primera aventura fuera del pueblo, no me dejó hacerlo.
No era fácil dormir aquella noche, cuando en aquel viaje se unían dos acontecimientos muy importantes en mi vida. Uno era que por primera vez subiría y vería un tren de cerca; y el otro que me comprarían el traje, con el que en unas pocas semanas después, haría mi Primera Comunión.
No sé realmente cual de las dos cosas me emocionaba más y me robaba el sueño. Creo que era la de subir al tren. La otra, la de la Primera Comunión, me daba más miedo que alegría.
No la Comunión en sí, sino lo que me esperaba el día antes: la temida confesión.
¡Qué miedo me daba a mi aquello...!
Y razón tenía para temerlo. Tanto fue así, que el trayecto que tuve que recorrer, no más de dos metros, desde el banco de la iglesia donde sentados ordenadamente esperábamos nuestro turno, todos los niños y niñas que al día siguiente celebraríamos tan solemne acto, ha sido el viaje más difícil, largo y fatigoso que he realizado en toda mi existencia.
Mil veces peor que cuando fui a Andorra, que como ya expliqué alguna vez, ha sido el destino más lejos al que he llegado en mi vida. Se me hizo menos cuesta arriba, entre otras cosas porque fui en coche y a confesarme tuve que hacerlo a pie. Arrastrando los pies, para ser más exactos. Demorándome todo lo más posible, para que aquellos escasos dos metros que me separaban del confesionario, se convirtieran, a ser posible, en dos millones de kilómetros.
En mi interior anidaba la esperanza, absurda ya lo sé, pero sólo tenía siete años, de que quizás, así por un casual, o por uno de esos milagros que dicen que de vez en cuando ocurren, aunque yo no haya visto ninguno jamás, el confesionario, con el cura dentro, se volatilizaran y desaparecieran de la faz de la Tierra, y poder verme así libre de tener que realizar tan penoso acto.
Pero estaba visto que el Altísimo no estaba aquel día por la labor, y no tuve más remedio que arrodillarme delante de aquel cajón de madera, donde desde dentro, y a través de una pequeña ventanita con una rejilla, unos ojos inquisitivos y acusadores me observaban.
- Ave María Purísima - dije con una vocecita casi inaudible y temblorosa, tal y como tantas veces habíamos ensayado en el colegio.
- Sin pecado concebida...- me respondió una voz que a mi me sonó como de ultratumba y llegada del más allá.
- Padre, me confieso que he pecado.
Y aquí empecé a enumerar el rosario de mis pecados. De todos los pecados que había cometido en mis siete años de existencia.
- He dicho mentiras; no he obedecido a mis padres; me he peleado con mis hermanos; he dicho palabrotas; he robado una castaña en la tienda, mientras la dueña estaba distraída... . Hasta éste pecado me atreví a confesar.
El cura ni rechistaba. Creo que estaba medio dormido escuchándome.
Le comprendo perfectamente. Pobre hombre... Don Clemente se llamaba.
Tener que meterse dentro de aquel cubículo, a escuchar la retahíla de pecados que uno tras otro le íbamos soltando, los aproximadamente veinte niños que al día siguiente viviríamos nuestro gran día, no debía ser para él plato de gusto.
Una vez acabé el recuento de mis pecadillos, me quedé callada. Sin saber si debía o quería seguir. En realidad sí sabía perfectamente que debía. Es que no quería. Porque mi gran pecado aún lo guardaba dentro, pero no me veía con la valentía suficiente como para soltarlo.
- ¿Algo más? - oí preguntar a la voz aquella que me erizaba el pelo.
Continué en silencio. En mi interior se estaba produciendo una encarnizada lucha, entre mi Ángel de la Guarda y el maligno, que no dejaba de meter cizaña.
Mientras que uno me exigía encarecidamente que lo contara todo, el otro no paraba de susurrarme al oído que no dijera nada. Que siguiera callada.
El cura debió impacientarse con mi silencio, porque volvió a preguntarme:
- ¿Tienes algún otro pecado que contarme, hija mía?
Dilo... No lo digas... Dilo... No lo digas... Sentía gritando unas voces dentro de mi cabeza.
Finalmente pudo más en mi el terror que me producía saber, que si no lo contaba, me pasaría toda la eternidad churruscándome en los infiernos, que el miedo que el cura me inspiraba. Y lo solté. Con una voz tan débil que ni se me escuchó.
- Me arrepiento de jugar a los novios con mis amigas...
- ¿Cómo has dicho? - preguntó removiéndose impaciente en su asiento, y con una voz que me pareció más de ultratumba que nunca.
Y para mi desgracia tuve que repetirlo. ¿ No quería una vez? Pues fueron dos.
- Que juego a los novios con mis amigas. - repetí otra vez, elevando un poco más el tono de mi voz.
Acercó su rostro a la rejilla de la ventanita y pude ver, con más pánico aún, si es que ello era posible, aquellos ojillos inquisidores que parecían querer taladrarme.
- ¿Y qué es lo que hacéis? - quiso saber.
Me puse a temblar. Me hubiera querido morir allí mismo. Tener que contarlo... Tener que explicarle con pelos y señales mis más oscuros secretos...
- Nos cogemos de la mano. Y nos regalamos florecitas y piedras de colores que nos encontramos. Y también nos damos besos. - añadí a punto de morir de la vergüenza.
-¿Y dónde os dais los besos? - le escuché preguntar.
Ya no estaba adormilado. Se le oía bien despierto.
- En la cara. - respondí extrañada por la pregunta que me había hecho.
Porque a mis siete inocentes años, no se me hubiera ocurrido jamás, que pudiera existir algún otro lugar en el cuerpo donde fuera posible depositar aquellos nuestros húmedos y babosos besos.
No teníamos televisión en aquellos años; los adultos no se besaban jamás delante nuestro en otro lugar que no fuera el rostro; los novios caminaban por la calle uno junto a otro, y los más atrevidos cogidos del brazo... ¿Dónde iba yo a haber aprendido lo de los besos?
- ¿Y no hacéis nada más? - quiso saber.
- No, sólo eso.
- Pues no lo hagáis nunca más. Tenéis que jugar a cosas de niñas.
Y me dio la absolución. Y recuerdo que salí de allí sintiéndome ligera como el viento.
Ya en la calle todo me pareció envuelto en un halo luminoso. No sé si era por el contraste de la iglesia, que estaba en penumbra, con el exterior, o porque la limpieza de mi alma, que había quedado más blanca que si la hubieran puesto a remojo con Ariel, se reflejaba en todo cuanto me rodeaba, consiguiendo que todo me pareciera mucho más resplandeciente que antes de mi terrible confesión.
El cielo, las calles, las casas... Incluso hasta las gentes con las que me cruzaba, me parecían estar impregnados de un halo luminoso. Quizás reflejo de la luminosidad de mi alma, que por fin se había liberado de aquel terrible pecado que la tenía ennegrecida...

Nota aclaratoria: juro solemnemente que mi intención era relatar mi primer viaje en tren...

servido por delavidaysuscosas 22 comentarios compártelo

22 comentarios · Escribe aquí tu comentario

ren

ren dijo

Ya sé que soy más pesá que una vaca en brazos, pero no me canso de repetirlo: eres genial. He pasado de la nostalgia a la intriga, a la ternura, a la sonrisa, a la carcajada... Y he revivido también mi primera confesión, que solo se diferencia de la tuya en el detalle de la castaña, porque por lo demás fue idéntica. El mismo miedo, el mismo intimidante confesonario, el mismo aburrimiento en el cura... Mis amigas y yo no jugábamos a los novios, pero nos hacíamos trampas en casi todo lo que podíamos, y ese esa nuestro pecado más vergonzante. Porque hacérselas a las demás bien, pero a las amigas...

Bueno, pues aún te queda contarnos el viaje en tren.. ;-)

Ha estado muy bien rebuscar en el baúl de los recuerdos... Un besazo.

29 Noviembre 2006 | 09:59 PM

diego

diego dijo

Darunia lo siento pero he de decirte una cosa ,Don Clemente erea un salido mental no me cabe la menor duda de ellosi la cosa ocurrió tal y como la describes no me equivoco ,tuvistes suerte que no viajara en el tren ,lo siento hay que ser realista.

DIEGO SALUDOS AMIGA

29 Noviembre 2006 | 10:38 PM

Darunia

Darunia dijo

Ren, no sé si te he dicho alguna vez, que a mi las vacas me encantan. Y cuanto más pesadas mejor. Aunque para serte sincera, no he tenido nunca una en
brazos...
Lo de la castaña es totalmente cierto. No recuerdo qué me mandó mi madre a comprar a la tienda, pero mientras la mujer se metía en la trastienda, yo cogí una castaña de un saco que había allí. Era una castaña de esas que están secas y peladas. Pilongas, se les llamaba en mi pueblo. Y no veas como me pesó en la conciencia la dichosa castañita...
Un abrazo.

29 Noviembre 2006 | 11:30 PM

Darunia

Darunia dijo

Diego, que eres muy mal pensado hombre...
Que el pobre cura lo único que quería era saber la gravedad del pecado, para ponerme una penitencia en consonancia con la falta cometida.
Un abrazo.

29 Noviembre 2006 | 11:31 PM

renaissance

renaissance dijo

Je..Pos ahora ya empiezas a saber más o menos lo que puede pesar llevar en brazos a una vaca, na más oyéndome a mí repetir siempre lo mismo. Pero es que se me viene a la boca; es leerte y me sale sola la palabra...

Qué risa con lo de la castaña... Yo nunca hice nada por el estilo por miedo al infierno. Las monjas del colegio en que estaba hicieron bien su labor... Le tenía tal pánico al diablo que no hacía nada que pensara que pudiera estar inspirado por él.

Recuerdo que una vez mi hermano, un año menor que yo, cogió una cereza en un descuido de la frutera. Cosa típica de crío, tendría unos 6 ó 7 años... ¡Ni te cuento el número que le monté cuando me lo dijo! Lo llevé corriendo a la iglesia a confesarse, porque aunque nos peleábamos mucho le profesaba todo el cariño que puedes imaginar, y me horrorizaba pensar que le ocurriera algo malo y se fuera al infierno por ese pecado. ¡Qué repelente era yo de pequeña, ahora que lo pienso..je..! ¡Y qué horror le tenía al infierno..!

Sí que está dando de sí el baúl de los recuerdos.. Me encanta oír anécdotas, revivir el pasado... Hala, besitos, que nunca encuentro el momento de despedirme cuando estoy a gusto.

30 Noviembre 2006 | 10:36 AM

Mariana

Mariana dijo

Draunia:

Tienes el don de hacerme rememorar mi niñez.

No recuerdo cual sería el pecado, cosas de niñas, pero sí mis sensaciones la primera vez que de forma premeditada oculté un "pecado" al confesor. Estuve días sin poder dormir.

Es un placer leerte. Como siempre.

Un beso.

30 Noviembre 2006 | 10:57 AM

patrus

patrus dijo

Qué bueno Darunia!
Me has hecho recordar tantas cosas otra vez...
Jejé! tu robaste una castaña y yo un caramelo de eucalipto.
Mi prima y yo también jugábamos a los novios, que en nuestro caso eran imaginarios. Les preparábamos la comida, les planchábamos la ropa... pero ellos nunca aparecían... jajajaja. Desagradecidos!. Más bien se parecía al juego de las viudas o solteras....
A mi los curas me parecían unos auténticos marujas, siempre queriendo saberlo todo. Muchas veces se me daba por pensar si realmente sería dios al que llegaban mis confesiones, porque quién me garantizaba a mi que el cura le contase todo lo que yo había confesado tras aquella rejilla penumbrosa y misteriosa?
Me ha encantado tu artículo.
Un abrazo y un beso!

30 Noviembre 2006 | 01:27 PM

Darunia

Darunia dijo

Ren, supongo que tus monjas serían como las mías: sabían más bien meternos el miedo en el cuerpo... Eran todas unas expertas.
¡Pero qué felices deben de vivir los niños ahora.! Sin tener un infierno dispuesto a abrirles las puertas de par en par al menor descuido.
Es que, mira que furon ganas de amargarnos la infancia... Total para nada. Porque ahora van y dicen, que el infierno no es en realidad ese lugar en llamas con olor a azufre.
Un abrazo.

30 Noviembre 2006 | 01:34 PM

Darunia

Darunia dijo

Mariana, es que es algo que no lo puedo evitar. Me gusta mucho recordar el pasado, sobre todo los buenos momentos de la infancia. De los malos recuerdos ni caso hago. Los tengo bien encerraditos con siete llaves. Para que no asome ni uno.
Un beso hermosa.

30 Noviembre 2006 | 01:39 PM

Milady

Milady dijo

Ha sido precioso recorrer contigo ese tramo de memoria (pero sigues debiéndonos lo del tren).
Me he dado cuenta de que yo nunca confesé mis "auténticos" pecados (tan viles como los tuyos) y que, no sé explicar porqué, jamás me creó mala conciencia limitarme a soltar una lista de pecados aprendidos ajenos a mí. Creo que nuncaconseguí tomarme en serio ese asunto y cuando un día, con diez años, se lo comenté a mi padre (era con quien iba los domingos a misa hasta entonces), a él le pareció bien que no volviese a confesarme nunca. Y le hice caso.
Vaya por Dios, mira que intento tener cuidado de no enrollarme cuando te comento, pero hay veces que es imposible no contarte todo lo que me haces recordar con tus relatos.
Un besote.

30 Noviembre 2006 | 01:53 PM

Darunia

Darunia dijo

Pues qué suerte tuviste, Milady, con poder abandonar semejante tortura a los diez años.
Yo tuve que esperar hasta los catorce, que era los que tenía cunando nos vinimos para acá.
Cualquiera se arriesgaba a no confesarse, aunque fuera sólo en Semana Santa, que era obligatorio, porque sabías que te señalarían con el dedo.
Si el domingo de Resurrección no ibas a comulgar, ya estaban hablando de ti. Y no bien precisamente.
Por eso, desde que dejé el pueblo, no me han visto más por un confesionario.
Un beso guapa.

30 Noviembre 2006 | 03:11 PM

Darunia

Darunia dijo

Patrus, si es que todos los novios son iguales... Unos desagradecidos.
Así que tú fue un eucalipto lo que robaste.
Cuando yo era pequeña, si te encontrabas al cura por la calle tenías que acercarte y besarle la mano. ¡Qué asco me daba a mi aquello! Siempre que podía me escaqueaba.
En cuanto fui un poco mayor dejé de hacerlo. No sé por qué pero no lo soportaba.
Yo tampoco me fiaba mucho de su discrección. En una ocasión que confesé que había entrado en un huerto ajeno y robado una naranja, al domingo siguiente, en la misa que hacían especialmente para los niños, lo soltó. No dijo quien había sido, claro está. Pero lo dijo.
Y desde aquel dia, por supuesto, terminé confesando sólo lo que me interesaba. Lo demás me lo guardaba.
Eso sí, con mucho remordimiento.
Un abrazo.

30 Noviembre 2006 | 03:36 PM

sinhéroe

sinhéroe dijo

Me encanta leerte, siempre que vengo por aqui me engachas con cada palabra que escribes.

Yo también fuí a un colegio de monjas y a más de una cosa me enseñaron a tener miedo, quizás algún día escriba sobre ello porque hay mucho que contar.

Yo también he rememorado mis confesiones, y los nervios que pasaba cada vez que tenía que ir, pues las monjas nos obligaban a hacerlo una vez al mes. Que mal que lo pasaba, aunque cuando fui unas cuantas veces, ya fue como aprenderse un guión siempre le decía lo mismo. Yo pensaba que si dios lo veía siempre todo, pues para que tener que volver a recordarselo ¿no?

30 Noviembre 2006 | 10:22 PM

Darunia

Darunia dijo

Sinhéroe, para los curas y las monjas Dios debía de ser un desmemoriado. Si no, ¿cómo se entiende que tuvieramos que ir a repetirle lo mismo una y otra vez?
Para mi, quizás por mi carácter introvertido, cada confesión era una tortura. Pero no había más remedio que hacerla...
Vuelve siempre que quieras. La puerta está abierta.
Un beso.

30 Noviembre 2006 | 11:00 PM

ren

ren dijo

Ya lo creo que las monjas nos metían el miedo en el cuerpo..¡¡ufff!! Recuerdo que había una que de vez en cuando nos sacaba de clase al curso entero y nos daba una conferencia sobre el pecado, el infierno, sus llamas.. Salían algunas hasta llorando. Apocalíptico...

En fin, como para que se quejen los niños de ahora. Pasan de curso aunque tengan suspenso hasta el recreo, tienen Play-Station... Y encima ya les han quitado hasta el infierno. Pos sí...

Un besazo.

30 Noviembre 2006 | 11:20 PM

Darunia

Darunia dijo

Mis monjas eran muy cansinas. Siempre repitiéndonos lo mismo una y otra vez.
Tanto asustarnos, tanto que nos hacían rezar, tanto ir a misa... Total para qué, si la mayoría nos convertimos en unas descarriadas.
Si nos vieran ahora, la libertad de pensamiento que tenemos, les daba algo a las pobres.
Lo niños de ahora viven en un paraíso escolar. Demasiado paraíso, diría yo. Que un poquito más de disciplina no les vendría nada mal.
Buenas noches moza.

1 Diciembre 2006 | 12:07 AM

sarah

sarah dijo

¡ Ay, por Dios, que bonito Danuria !
Me ha encantado como lo has relatado, como un cuento, pero con mucha ironía...genial!
Y me has llenado de recuerdos!
Mi madre es muy religiosa y teníamos mucha amistad con el sacerdote del barrio, que a la vez era mi profesor de religión, los sentimientos que describes yo no los sentí porque tenía mucha confianza con él, eso lo primero, y lo segundo porque yo nací vacunada genéticamente contra todo tipo de religiones y el cielo y el infierno nunca me han importado mucho...soy un caso perdido.
Aunque eso no me libró de ser catequista un montón de años y pasar la bolsita de las limonas en misa , y cantar en el coro de la iglesia...en fín!!
¡¡¡Qué recuerdos!!
Un beso muy grande,es hermoso como escribes!!!
Yo también tengo un viaje en tren para contar, el primero, algún día haré el relato...besos a tu niña escritora.

1 Diciembre 2006 | 07:44 AM

Darunia

Darunia dijo

Sarah, gracias por el beso que le dedicas a mi niña escritoria.
En mi casa conviven dos niñas escritoras: la niña que aún llevo dentro, y mi criatura de dicieciseis años que también escribe.
Ella lo tiene peor que yo. Porque a su edad ya es una escritora atormentada por la vida y por el mundo, que no entiende.
Tiene un libro al que recurre constantemente y es los "Artículos de Larra." Casi se diría que es su libro de cabecera.
La vida atormentada de este hombre le fascina. Y se identifica con todo lo que escribe.
Ya ves, en lugar de estar leyendo novelas de amor...
También yo fui catequista un tiempo, y pasaba el cesto pidiendo en las misas, y cantaba en el coro... ¡No me das ninguna envidia...!
No te demores mucho en contarnos tu primer viaje en tren. Seguro que es muy interesante.
Tu blog si que es hermoso. Por lo que escribes, y por las imágenes que siempre pones.
Un beso guapa.

1 Diciembre 2006 | 08:31 AM

theboy

theboy dijo

a tí te lo dijo el cura, sweetheart, a mí me lo dijo mi madre (lo de 'no lo hagas nunca más') también mi abuela, mi tía, mi otra tía, y el resto de nutridas personas que hicieron que yo viera todo el asunto de la sexualidad tan prohibido y tan tentador: mujres adultas de mi familia, sin su insistencia en prohibir, las artes 'amatorias' no me hubieran gustado nunca tanto. jajaja.
Las penitencias, esas pequeñas (o grandes) tribulaciones que nos hacen sentir como pequeños mamíferos en laberintos de laboratorio, del estrés que nos llegan a provocar, pero que luego que pasan, sentimos que ya tenemos el marcador en blanco nuevamente para continuar (¿pecando?).
otro día nos cuentas lo del tren, bonita, que, si tu asunto hubo de despertar al señor cura, pues era también necesario que lo contaras acá en este tu otro confesionario, ¿no crees?
un beso.

6 Diciembre 2006 | 02:15 AM

Darunia

Darunia dijo

Theboy, a veces, cuando me pongo a escribir, mi idea inicial era una. Pero a medida que lo voy haciendo el relato toma su propio rumbo. Como si pùdiera decididir por si mismo. Y esto es lo que me pasó con éste. Yo quería escribir sobre mi primer viaje en tren, y mira en lo que acabé.
Nos amargan la infancia con prohibiciones y penitencias, total para nada. Porque luego hacemos, ya de mayores, lo que más nos gusta o conviene.
Un beso guapo.

6 Diciembre 2006 | 09:25 AM

theboy

theboy dijo

completamente de acuerdo.
no todos los escritos acaban siendo lo que uno tenía planeado dejar plasmado en ellos, otras veces como tu dices, tienen su propio peso y toman su matiz y su personalidad que resulta siendo, sospecho, un desahogo para el subconciente que trataba de decir algo que no nos habíamos permitido, pero, que al parecer era necesario sacar al sol.
un beso. y seguimos entonces, pendientes esperando qué sucedió en el tren.

6 Diciembre 2006 | 04:53 PM

Darunia

Darunia dijo

Es que el subconsciente manda más de lo que creemos. En ocasiones intentamos mantener oculto lo que no queremos que se sepa, y una sola palabra de más nos traiciona. Y sin duda es el subconsciente quien la hace salir.
Lo del tren a ver si un día de estos me pongo a ello.
Un beso para ti.

6 Diciembre 2006 | 05:08 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de delavidaysuscosas

de la vida y sus cosas...

ver perfil »
contacto »
Siempre creí saber quien era. Ahora ya no lo tengo tan claro... ¿Soy como me veo yo? ¿Como me ven los demás...?

Fotos

delavidaysuscosas todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera