Atrapada en un ascensor

Así es como me he quedado hoy. Y no es la primera vez que me pasa algo así...
Tengo la mala costumbre de quedarme encerrada en los sitios más extraños. La última vez en la capilla del hospital donde estaba ingresada mi madre. Bajé a encender una vela, restos que aún me quedan de aquellos años de fe sin preguntas, y cuando quise salir ya no pude.
La capilla estaba en penumbra y a mi aquello cada vez me parecía más siniestro. Estuve al menos quince minutos intentando abrir la puerta. Allí dentro yo sola. Sola del todo no, porque había una imagen de la Virgen, que yo juraría que hasta empezó a moverse. Y sombras, muchas sombras... Y yo empujando la puerta para que se abriera, y la puerta que no se abría. Y cada vez más asustada... Porque ya comencé a pensar que alguna fuerza sobrenatural me quería dejar allí encerrada. Al final la solución para salir de allí fue de lo más sencilla: se trataba de empujar la puerta en la dirección correcta. Se abría hacia fuera y yo me empeñaba en tirar de ella hacia adentro.
Y hoy me tocó de nuevo quedar atrapada. Esta vez en el ascensor.
Mis padres viven en la planta número once, y tienen un ascensor que está más muerto que vivo. Pero a ver quien se arriesga a subir once pisos andando...
Me subo en él, y cuando no se habría elevado ni tres metros, se queda clavado con un golpe seco. Abro las puertas interiores y me encuentro con la pared. Y me dio un yuyu... Me sentía como emparedada. Tras unos cuantos intentos fallidos oprimiendo el botón, conseguí que se pusiera en marcha de nuevo. Subió otros tres o cuatro metros más, pero como se ve que tenía el día vago no estaba muy por la labor de llevarme a mi destino. Y de nuevo se quedó parado. Y otra vez emparedada.
Aquello ya estaba empezando a ponerme nerviosa por lo que apreté, una vez más el botón, y volvió a funcionar. Esta vez me devolvió a la planta baja. Sentía que estaba jugando conmigo, porque antes de que me diera tiempo a reaccionar, se puso a subir para arriba con todas las ganas. Él solo. Sin que yo oprimiera ningún botón. Y como no, se detuvo a los tres o cuatro metros.
Me empezaron a entrar sudores, porque ya, por más que le daba al botoncito de marras, el ascensor no se movía ni un centímetro. Estaba ya a punto de tocar la alarma, cuando todo generoso él, por decisión propia, se puso a funcionar. Y de nuevo me vi en la planta baja.
Pero esta vez no permití que jugara más conmigo. Antes de que tuviera tiempo de hacerme otra jugarreta, salí fuera pensando: "Ahí te quedas monín..."
Cogí aire, lo iba a necesitar, pues tenía once plantas por delante, y sin prisas, pero sin pausas, comencé a subir los escalones.
De siempre he tenido una capacidad innata para salir de mi cuerpo. Mi mente abandona la materia y muy a menudo ni me entero por donde voy, ni con quien me cruzo. Es como si llevara el piloto automático puesto y así, ni el cansancio me puede.
¿Y qué mejor que ponerlo en marcha cuando tenía onces pisos por delante?
Pues bien, con el automático puesto subí escalón tras escalón. Mi mente no sé por donde andaba pero de seguro que no allí.
Y de pronto se me encendió la luz de alarma. Regresé a mi cuerpo y me encontré con una pequeña puerta de hierro delante de mi. Al principio ni la reconocí. Levanté la mirada y me di cuenta que ya no había más escaleras para subir. Miré para abajo, y me sentí más perdida aún. Finalmente caí en la cuenta: aquella era la puerta que daba acceso a la azotea del edificio.
Había subido tres plantas más de las que me correspondían...
Doy gracias al cielo de que allí terminara la escalera, y que aquella puerta
me cerrara el paso y me hiciera reaccionar.
De no haber sido así, todavía, a estas horas, estaría subiendo peldaños y vaya usted a saber en qué mundos siderales me encontraría en estos momentos.

Luz dijo
Buenos días!!
Yo soy asidua a quedarme encerrada, mi record está en 5 horas dentro de un ascensor, con un amigo jugando al UNO xDDDDDDDDDDDDDDDd
Un besote.
2 Diciembre 2006 | 05:29 AM