Una rústica en la ciudad

No sé si lo he dicho ya, pero vivo en un pueblo. Mejor dicho en una Vila. Que de Poble, por el número de habitantes que tiene, ya casi diez mil en la actualidad, no hace demasiado tiempo nos elevaron a la categoría de Vila. Espero que nunca alcancemos la de Ciutat, porque entonces fijo que me fugo de aquí.
Pues como vivo en una Vila, decía, aunque con alma de pueblo, sigo siendo una persona de espíritu pueblerino. O rústico, como me decía la otra noche un amigo, que queda un poco mejor.
Y para que no quede ninguna duda de a qué me refiero al denominarme así, os defino lo que para mi significa tener espíritu rústico.
Rústica: persona que vive en un entorno natural rodeado de zonas boscosas, con largos y a veces angostos caminos por los que a menudo le gusta perderse. Donde aún puede encontrarse desde un rebaño de ovejas, un conejo o un jabalí, hasta un campo de amapolas o almendros en flor. Y que cuando camina por ellos, siente que forma parte de la naturaleza que le rodea. Como si fuera un todo con ella.
Pues bien, como que soy rústica por naturaleza y vocación, la gran ciudad no deja de asombrarme. Y no sé realmente por qué, ya que hasta el mismo día que me casé, mi hábitat era la gran urbe. Pero fue venirme a vivir aquí, y volvió a brillar en mi con todo su esplendor, la rústica que llevo dentro.
Y esta rústica estuvo una vez más, como todas las semanas, en la gran ciudad. Esa que para mi es como una inmensa caja de sorpresas; caja, que al abrirla, jamás sabrás que va a salir de su interior.
Y lo primero que salió, al bajarme del metro, fue un chico boxeando. Allí mismo, en el andén. Con sus guantes de boxeo no se cansaba de darle mamporros a la pared de la estación. Con baile de pies incluído. Todo un espectáculo. Y yo me pregunté: ¿qué hace este desquiciado muchacho boxeando contra una pared?
Más tarde, a las puertas de El Corte Inglés, ví a un grupo de emigrantes, todos de raza negra, con sus mantas extendidas en el suelo. Bolsos, cinturones, gafas, música, cine... Allí se encontraba de todo.
Me llamó la atención su actitud. La de todos ellos. El cuerpo erguido; mirada acechante en una única dirección: aquella por la que presuponían, llegaría de un momento a otro la policía.
Apareció unos cuantos metros más abajo y no salí de mi asombro cuando vi lo que ocurrió en apenas unos pocos segundos.
Las mantas llevaban una cuerda atada en cada una de sus cuatro esquinas. Cuerdas que por supuesto ellos no habían soltado en ningún momento. Y al grito de "que vienen", o el equivalente en su idioma, con un ligero tirón de las cuerdas aquella manta, extendida en el suelo, quedó convertida en un hatillo con toda la mercancía dentro. Cuando llegó la policía nadie diría que hasta hacía apenas unos segundos habían estado allí unos quince manteros.
La necesidad agudiza el ingenio. No me cabe la menor duda. Por eso, en esta sociedad en la que vivimos, cada vez más pululan por ella manadas de borregos siguiendo las consignas del pastor de turno. Se nos ha quedado el ingenio adormecido por falta de necesidad. Sabe Dios si despertará algún día...
Me adentro por la Avenida Puerta del Ángel y me cruzo con un extranjero que camina descalzo. Lleva los zapatos y los calcetines en una mano. Como habla animadamente con su pareja, deduzco que sus pies ni están doloridos ni fríos. Posiblemente sólo quiera sentir el asfalto bajo sus pies. Es alguien deseoso de experimentar nuevas sensaciones.
Entro en la hamburguesería, lo que más a mano tenía en esos momentos, para tomarme una botella de agua. Me siento en una de las muchas mesas vacías que hay en esos momentos y observo a los que me rodean.
Una pareja de adolescentes se intercambian la comida. Ella coge una patata y con la boca se la pasa a su compañero, que hace otro tanto pero con un trozo de hamburguesa. Se ríen de su propia hazaña. Están felices , no hay duda.
En otra de las mesas, una chica solitaria se pelea con la hamburguesa que está intentando comerse. Una hamburguesa de esas de medio metro de altura. Le da un bocado, y por el lado contrario al del mordisco comienzan a chorrear todo tipo de salsas y potingues. Asoma por allí también el pepinillo y el tomate. Y algún trozo de beicon. Como queriendo huir de aquella boca ávida que pretende engullirles. Me imagino que piensan: "Mientras ella muerde por ese lado, nosotros nos escapamos por este otro. Con un poco de suerte nos libramos de ser ingeridos."
En un banco de la plaza de Cataluña dos chicas, muy jovencitas, se besan y acarician a la vista de todos. Me gusta verlas. No se esconden de nada ni de nadie. Se sienten libres.
Cientos de palomas se arremolinan en el suelo formando un círculo, tratando de atrapar un poco de la comida que una mujer les va echando. Es un círculo enorme el que han formado. Y yo lo atravieso justo por el medio. Algunas emprenden el vuelo, y de pronto me veo sumergida en una nube de palomas. Sé que no hice bien, pero no pude evitarlo. Me sentí como una estrella de cine.
Una mujer de raza gitana se me acerca e intenta regalarme lo que parece una piedrecita de colores. Sólo pide la voluntad. La rechazo amablemente. "Te dará suerte..." - me dice. Pienso que la vida ya me ha regalado toda la suerte que merezco. No necesito nada más para seguir caminando por ella. Con lo que tengo me sobra y me basta.
Me dirijo a la calle Pelayo, y allí la veo. Sentada en el suelo con la mano extendida. La cabeza agachada, como si quisiera esconderse del mundo y de todo cuanto hay a su alrededor. Se la ve muy envejecida. Me cuesta casi reconocerla, pero es ella, no me cabe la más mínima duda. Es una antigüa compañera de trabajo. Siento que algo se remueve en mi interior. Me gustaría acercarme y darle alguna moneda, pero no me atrevo. Tengo miedo que ella a su vez me reconozca y se sienta humillada.
Mi hermana me lo había comentado en más de una ocasión: "la Sole está pidiendo limosna en la calle Pelayo." Y a mi me costaba creerla.
¿Cómo ha podido llegar a esto? ¿Qué tumbos habrá ido dando por la vida para terminar así, pidiendo en una acera? ¿Cuándo se le torció el camino? ¿Y por qué no ha tenido a nadie que le echara una mano y le ayudara a salir del abismo en el que se encontraba metida?
De repente se ha apoderado de mi una especie de vacío interior al verla. Mi día en la ciudad ha terminado de la peor manera posible.
Cojo el metro y me dirijo a la casa de mis padres.

Luz dijo
A mi suele pasarme cuando rondo por Plaza Catalunya...
Gracias por tu comentario, para mi es un gran halago :)
Un besote
3 Diciembre 2006 | 01:56 PM