Mis encuentros con el Maligno
Cuando estudiaba con las monjas, recuerdo que a veces nos decían que la vida era como un largo camino que todos teníamos que recorrer. Una metáfora nada original, pero era la que ellas utilizaban habitualmente.
Era un camino, decían, largo y a veces sinuoso, del que a derecha e izquierda salían multitud de pequeños senderos que nos llevarían, si cometíamos la temeridad de adentrarnos por ellos, a lugares de perdición y desdicha.
Teníamos que caminar siempre por el camino principal. Sin acercarnos demasiado a los pequeños senderos, no fuera a ser que en alguno de ellos estuviera el maligno acechando y nos hiciera señas para que le siguiéramos.
Y yo me imaginaba siempre, con mi bata rosa de cuadritos, aquella que nos poníamos siempre en clase para no ensuciarnos la ropa, caminando erguida por el centro del camino. Sin desviarme ni un centímetro hacia los lados. Pero ocurría muy a menudo, cuando pasaba junto a uno de los senderos aquellos de perdición y desdicha, que no podía evitar mirar de reojo. Y podía ver, casi siempre, al maligno allí escondido.
Era por supuesto de color verde. Ni claro ni oscuro. Excepto su larga cola, que terminaba como la de los leones, y sus pequeños cuernos que eran de color negro. Siempre llevaba en una mano el tridente y curiosamente sus ojos tenían una expresión pícara y burlona al mirarnos, y que a mi, más que miedo me inspiraba simpatía.
Más de una vez, en mis fantasías, me veía a mi misma saludándole medio a escondidas con la mano y sonriéndole con complicidad.
Los años han ido pasando. Muchos ya. Y he seguido caminando por aquel largo y a veces sinuoso camino de la vida, y en contra de los sabios consejos que las monjas nos daban, me he adentrado infinidad de veces por aquellos senderos de perdición y desdicha.
El maligno nunca se me ha cruzado en ninguno de ellos. Han sido senderos que me han llevado a lugares insospechados, en los que jamás me he sentido ni perdida ni desdichada.
Casi puedo asegurar, que en más de una ocasión, ha sido feliz como me he sentido. Y me he encontrado conmigo misma y con los demás. Y el encuentro me ha enriquecido a mi tanto como a ellos. Porque hasta de lo malo que en ellos encontré, supe sacarle provecho.
Las monjas estaban equivocadas.
Al maligno sí que me lo he topado en multitud de ocasiones. Pero casi siempre ha sido en el camino principal y en los lugares más insospechados.
A veces vestido con una sotana y desde lo alto de un púlpito, predicando una doctrina, que no era precisamente la más solidaria ni la más justa, porque condenaba a todos aquellos que se atrevían a no seguirla y que no vivían de acuerdo con sus directrices.
Otras veces de traje y corbata, ondeando su bandera, subido en un escenario y en medio de una multitud a la que pretendía llevar por el camino que a él le conduciría a la victoria, no paraba de soltarles consignas que, verdaderas o no, sólo servirían para sus propios intereses. Y la multitud, ávida de promesas y esperanzas, que probablemente, cuando consiguiera su objetivo nunca cumpliría, le ovacionaba sin parar. Porque necesitaban que alguien encendira un poco de luz en sus vidas.
También lo vi ejerciendo de máximo mandatario del país más poderoso de la tierra, decidiendo, siempre bajo su particular sentido de lo que está o no está bien, bombardear a otro país sin pararse siquiera a pensar qué consecuencias traerían sus actos.
O abusando de su posición de empresario, pagando salarios de miseria mientras él cada vez se enriquecía más, porque aquellos a los que así les pagaba no tenían otra opción que recoger sus migajas si querían sacar adelante a sus familias.
Lo encontré en el despacho de una entidad bancaria, ejerciendo de usurero con aquellos, que guiados por su necesidad, se habían atrevido a pedirle un préstamo con el que poder subsistir y tirar adelante.
Alguna vez, incluso, hasta lo hallé en la cola del pan. Vestido con ropa de calle; soltando rumores como quien no quiere la cosa, rumores que quizás destrozarían la vida de alguien. Porque de los rumores ya se sabe lo que siempre se dice: que cuando el río suena...
Decididamente, el maligno se encuentra por todas partes.

DIEGO dijo
Tienes el don de encenderme la bombilla
¡Te lo agradezco Darunia!
Que libertad de pensamiento
No todo lo que brilla es oro
Y nadie tiene la verdad absoluta
¡Tan solo Dios ¡
y a veces tengo dudas de su existencia.
Yo que fui perseguido
Por no acatar lo concebido
Me revelé ante injusticias impuestas
Por sotanas, uniformes y trajes de chaqueta
Me sentí libre junto a vagabundos
Vencí batallas junto a los humillados
Me sentí escapar de ataduras
Durmiendo bajo las estrellas
¿De que me quieren convencer?
No sigo religiones ni uniformes
Ni gente que me quiere lavar…
La cabeza.
¡Simplemente quiero vivir!
UN BESO AMIGA (MUY BUENOS DIAS ) DIEGO
8 Diciembre 2006 | 11:17 AM