Hubiera estado bien
Ayer estuve en un concierto. Y de La Oreja de Van Gogh nada menos. Sí, a mi edad, ¿pasa algo...?
Lo cierto es que a mi este grupo no me gusta especialmente. Alguna canción y ya está. Pero teníamos unas entradas que nos habian regalado y como mis hijos no quisieron ir, aprovechamos y fuimos nosotros. Ha sido en la SEAT, en uno de los talleres que acaban de construir y que todavía está vacío, donde se ha celebrado. La empresa sorteó cinco mil entradas entre toda la plantilla y nos dieron dos. Como sabía que el público serían los trabajadores, supuse que la gente joven sería minoritaria, y por eso me arriesgué. Si no, de qué iba yo a meterme en un berenjenal semejante... Había allí gente de todas las edades, pero calculé que la media rondaría los treinta años. Y de ahí para arriba, cientos de personas. Por lo que no desentoné demasiado.
Pero no disfruté durante el concierto. Primero, porque ya he dicho que a mi esta música no me va. Cosas de la edad, quizás. Y segundo, y principal motivo, porque no me gustó lo que vi a la entrada.
Ya en el coche, cuando nos dirigíamos hacia allí, iba yo comentando que cómo se sentirían los despedidos del año pasado, cuando se enterasen del concierto que su empresa, que supuestamente va mal económicamente, había organizado para el resto de los empleados.
Y no tuve mas que llegar para comprobarlo. Allí mismo, en la puerta de entrada, había un grupo de personas, de los que echaron hace justamente ahora un año a la calle sin ningún miramiento, con unas pancartas en las que se podía leer "Seguimos despedidos. Readmisión ya." Que fue lo que les habían prometido que harían con el tiempo: readmitirlos. Pero siguen a la espera.
La gente pasaba por su lado sin mirarles siquiera, como avergonzados, y yo sentí una pena inmensa por ellos. Porque eran sus compañeros de trabajo y estaban allí como pidiendo un poco de atención.
Recuerdo hace ahora un año, cuando ya se sabía que la empresa despediría a seiscientos sesenta trabajadores, las manifestaciones tan multitudinarias que se hicieron por el centro de Barcelona. De una plantilla de dieciseis mil trabajadores aproximadamente que tiene, casi toda ella se manifestó en contra de los despidos. En aquella época todos tenían miedo de ser uno de los elegidos, porque se sabía que a cualquiera le podía tocar y por eso salieron a la calle para protestar. Pero aquelló pasó, y como suele ocurrir en estos casos, el tiempo fue adormeciendo ese sentimiento de injusticia que todos sintieron ante lo que había ocurrido.
Ya dentro del concierto, como tan a menudo me pasa, mi mente voló de mi cuerpo que siguió allí, parado entre la multitud de gente que lo presenciaba, y comenzó a divagar.
Y me puse a pensar que hubiera sido un gesto hermoso, por parte de todos los que allí estábamos, si en lugar de entrar al concierto nos hubiéramos quedado al lado de los despedidos haciéndoles compañía, para que no se sintieran tan solos y solidarizándonos con ellos. Y aunque no hubiera servido de nada, porque no por ello hubieran sido readmitidos, al menos no se hubieran sentido tan mal. Un gesto generoso de cara a la Navidad, cuando tan predispuestos parecemos estar a ayudar a los demás.. Pero no hubo tal gesto. Ni fueron saludados siquiera por los que allí pasaban. Yo entre ellos. Aunque no sea una trabajadora de la empresa ni les conociera de nada.
Lo mejor del concierto, lo que más me gustó, fue cuando salió el Vicepresidente de Recursos Humanos, y en el discurso de turno comenzó a darnos las gracias por nuestra asistencia. La empresa somos todos, dijo. Y los silbidos, abucheos, y pataletas de la gente casi me dejan sorda.
Si la empresa somos y es de todos, quiero mi parte ya - se escuchó decir a alguien.

Antonio Alviárez dijo
Mira si hay hipocresía en el mundo, pobre gente y muy buena idea la de acompañarles.
Saludos
18 Diciembre 2006 | 05:31 AM