Mi primer viaje en tren II
Apenas si dormí aquella noche porque a la mañana siguiente iba, por fin, a realizar mi primer viaje en tren. Nunca antes había salido del pueblo, salvo alguna vez, quizás, al pueblo de al lado. Pero íbamos siempre caminando atravesando los campos. Esta vez sería diferente. Iría a la ciudad y además subiría por vez primera en un tren.
Nos levantamos cuando aún era de noche mi madre, mi tía y yo. Era un frío amanecer a principios del mes de abril, y cuando nos adentramos por los pedregosos caminos que cruzaban los campos y que nos llevarían hasta la estación, situada en el pueblo vecino a unos dos kilómetros de distancia, las estrellas todavía brillaban en el firmamento.
Mi madre, como todas las mañanas, me había hecho mis dos trenzas y con los nervios que sentía no paraba de juguetear con una de ellas. Nunca antes había caminado durante la noche por los oscuros campos sembrados de olivos y de encinas, y fue ésta otra experiencia nueva a añadir en mi aún corta existencia. Recuerdo que iba cogida de su mano y creo que no paré de hablar durante todo el camino. A lo lejos, vimos venir a una mujer tirando del ramal de un burro. Era la pescadera. Todas las madrugadas, subida encima del animal, se dirigía a la estación donde el tren de mercancías le dejaba las cajas con el pescado envuelto en hielos, que luego ella vendería en la pescadería del pueblo. La vuelta siempre la hacía a pie, mientras el animal cargaba con las cajas del pescado. Nos detuvimos unos momentos para hablar con ella, momentos que a mi se me hicieron eternos, porque no veía la hora de emprender de nuevo la marcha y de llegar a la estación.
Jamás antes había visto un tren de cerca, y el saber, que en apenas unos minutos podría hacerlo, me llenaba de emoción y felicidad. Todo lo más cercano que lo había visto era cuando desde el pueblo, allá en la lejanía, se le veía a veces pasar. Aunque más que el tren era la estela del humo que iba soltando lo que se divisaba en el firmamento. Y algún que otro silbido que de vez en cuando también se escuchaba, cuando el viento soplaba en nuestra dirección y nos lo hacía llegar.
Cuando por fin llegamos a la estación, después de lo que para mi se convirtió en una interminable caminata, las luces del alba comenzaban a abrirse paso entre las sombras de la noche.
Era una vieja y destartalada estación, y allí nos encontramos con otros viajeros que también esperaban el mismo tren que les llevaría, a algunos, a emprender una nueva vida. Las maletas de cartón que se apilaban en el suelo, algunas de ellas atadas con correas o con cuerdas, daban fe de ello.
Después de sacar los billetes que nos vendió un hombre vestido con el uniforme de la RENFE, nos sentamos en uno de los bancos que quedaban libres a esperar la llegada del tren. Mi madre no tardó en entablar conversación con algunos de los que allí esperaban, mientras que yo lo miraba todo con ojos ávidos, no queriendo perderme el más mínimo detalle de todo cuanto me rodeaba. Seguía jugueteando con una de mis trenzas, como era costumbre en mi cada vez que me sentía nerviosa o impaciente, y aquellos eran unos momentos en los que me notaba con los nervios y la impaciencia a flor de piel.
La bombilla que colgaba del techo impregnaba de un color amarillento a todo lo que nos rodeaba, y no conseguía disipar las sombras en su totalidad. Por lo que para mi, la estación, se veía envuelta como en un halo de misterio.
Más de una vez me levanté del asiento y me asomé a las puertas del vestíbulo de la estación, las que daban acceso a las vías, como si con ello pudiera conseguir que el tren llegara más pronto.
- No salgas a las vías. - le escuchaba decir a mi madre desde su asiento, cada vez que me veía allí asomada.
Regresaba al banco y volvía a sentarme; me ponía en pie de nuevo; me paseaba; volvía a asomarme a las vías... Pero el tren no llegaba.
Y de pronto se escuchó, allá a lo lejos, su agudo y penetrante silbido. Y mi corazón comenzó a latir desbocado, al tiempo que una especie de hormigueo me recorría por todo el cuerpo.
- ¡Que ya viene el tren..! - le grité a mi madre que en animada conversación no parecía haberse dado cuenta de ello.
Pero ni se inmutó. Siguió hablando y hablando mientras que yo sentía que los nervios me estaban matando.
-¡Que viene el tren...! - grité de nuevo tirando de su mano para que me hiciera caso.
Finalmente dejó de hablar, después de una eternidad, y cogiendo el bolso, que había dejado a su lado en el banco, se puso en pie. Me cogí de su mano y casi con reverencia atravesamos la puerta del vestíbulo de la estación que daba acceso al andén, como quien atraviesa las puertas de un santuario o de un mundo mágico y desconocido
Y lo vi venir. A unos escasos metros. Echando humo y silbando con un pitido atronador que casi me ensordeció.
Era una mole gigante de color marrón o negro, no lo recuerdo bien, que poco a poco, y con fuertes chirridos, se fue deteniendo delante de nosotros.
Allí estaba por fin. Casi no podía creerlo. Mucho más grande, ruidoso e imponente de lo que hubiera imaginado jamás. El tren. Aquel tren con el que tantas veces había soñado, y que en mi primer viaje me transportaría a un mundo totalmente nuevo y desconocido para mi: al mundo de la gran ciudad.
Pd. Misión cumplida.

adrys dijo
Aquella impaciencia y nerviosismo que te provoca picazon y escalofrios por todo el cuerpo, quieres que todo se acelere para ràpido estar en el lugar, o con alguien, y lo ùnico que consigues es que el tiempo pase mas lentamente, extraño no....
Bonita la ansiedad de tener algo con que remediar lo que nos acelera, lo que nos emociona y excita...
Un abrazo,
Adrys...
21 Diciembre 2006 | 02:46 AM