La echadora de cartas
No puedo dormir. En realidad siempre he dormido muy poco, pero últimamente menos aún. Es por eso que me levanto y como no sé qué hacer me pongo la tele. En una de esas cadenas locales, una echadora de cartas se dedica a adivinarle el futuro a todos aquellos, que posiblemente buscando un rayo de luz dentro del túnel en el que se encuentran metidos, le consultan sus penas y desdichas intentando hallar una solución. La adivinadora, una mujer de unos cuarenta años, mira sonriente a la cámara y da paso a una nueva llamada.
- ¿Sí, hola...? ¿Con quien hablo?
- Hola, soy Andrea.
- Hola, Andrea, encantada de saludarte. ¿Qué puedo hacer por ti?
- Pues mira, que llevo mucho tiempo sin encontrar trabajo, y quería que me dijeras si en las cartas me sale que para el año nuevo por fin lo encontraré.
- Vamos a ver, Andrea, qué es lo que nos dicen las cartas, que ya sabéis todos que ellas nunca mienten.... - responde con una sonrisa de oreja a oreja mirando fijamente a través de la pantalla.
Y empieza a barajar el mazo que tiene entre las manos, no con demasiada soltura, todo hay que decirlo, y a tal velocidad que al cabo de unos segundos pasó lo que tenía que pasar: que las cartas salieron volando por los aires.
- ¡Ay Dios mío! - exclamó dando un grito - Qué mal lo veo todo...
- ¿Por qué? - pregunta asustada la voz de la consultante.
- Pues porque se me acaban de caer todas las cartas de las manos y esto me da muy mala espina.
- ¿Quieres decir que me van a ir mal las cosas? ¿Que no voy a encontrar trabajo?
- A mi lo que menos me importa en estos momentos es lo de tu trabajo. Lo que realmente me preocupa es lo que aquí estoy viendo. - dice casi enfadada.
- ¿Y qué es lo que ves? - vuelve a preguntar la voz, en un tono cada vez más preocupado.
- Un hombre. - responde la adivina con rotundidad - Y un hombre además, lleno de negatividad y que vive en tu casa.
- Pues el único hombre que vive en mi casa es mi marido.
- ¡Ahí lo tienes! Él es quien está llenando tu casa de malas vibraciones.
- ¿Y del trabajo no dice nada? - pregunta otra vez, sobre lo que parecía ser su máxima preocupación.
- Te he dicho - responde casi enfadada -, que tu trabajo es lo que menos me importa. Es lo de este hombre lo que me asusta.
- Pues como no sea mi marido... Porque es el único que hay en casa.
- Pues claro que es él. No hay ninguna duda.
- Y entonces, ¿qué puedo hacer con él? Para quitar eso de la negatividad de mi casa... ¿Qué te parece si utilizo amoniaco y sal? Que me han dicho que eso va muy bien para limpiar todo lo malo.
- Mira, amiga mía, con el amoniaco y la sal, lo único que conseguirás es hacerle cosquillas a tu casa. Necesitas algo mucho más potente para sacar de ella esas malas vibraciones.
- Y dices que es por culpa de un hombre...
- Exactamente. Las cartas me lo están diciendo sin ninguna duda. Y además se me cayeron todas.
- ¿Y qué tengo que hacer con mi marido? Porque como te dije es el único hombre que hay en mi casa. ¿No te parece bien lo del amoniaco y la sal?
Y aquí me puse a temblar, porque ya estaba imaginándome al pobre hombre, desnudo dentro de la bañera, y a su mujer, armada de estropajo sal y amoniaco, dándole refregones por todo el cuerpo.
- Que ya te he dicho, ¿Andrea, me dijiste que te llamabas?, pues que ya te he dicho que la sal y el amoniaco no sirven de nada en un caso como éste. Incienso... Eso es lo que tienes que hacer. Poner incienso.
- ¿A mi marido? ¿Y dónde se lo pongo? - preguntó medio asustada.
- No, mujer... ¡Qué cosas dices! El incienso es para las malas vibraciones. Y es por toda la casa por donde lo tienes que colocar. Pero no te sirve un incienso cualquiera. Necesitas el incienso de Mariano, que es el único efectivo en estos casos.
- ¿Y así se le quitarán las malas vibraciones a mi marido?
- Se las quitarás a la casa. Lo de tu marido tiene peor solución.
- Y con lo de mi trabajo, ¿qué hacemos?
- Tu trabajo déjalo en paz por el momento. Que eso no te corre prisa. Lo importante es lo otro. Cuando hayas limpiado lo de la casa, me vuelves a llamar y miramos a ver como arreglamos lo de tu marido. Y después lo del trabajo.
- ¿Y dónde puedo comprar el incienso ese de Mariano?
- No cuelgues que Cristina, mi ayudante, te lo explicará. ¿Vale bonita?
- Pues muchas gracias por todo.
- Venga, adiós. Siguiente llamada...

Jana dijo
No sé qué me da más coraje, si la impunidad de las echadoras o la insensatez del que llama. Corajes aparte, me has hecho reir pensando en el marido en la bañera...y que solo le pase eso al pobre.
Un abrazo, Darunia
23 Diciembre 2006 | 10:18 AM