Abrazado a tu soledad
Desde mi balcón te veo caminar. Con tus pasos lentos y cansados vas recorriendo, casi arrastrando los pies, el camino de tierra que te llevará hasta el lugar donde ella reposa en silencio.
En una de tus manos llevas un bastón. Ese, que como un lazarillo, te ayuda en tu triste caminar haciéndotelo más llevadero, porque ya son muchos los años que arrastras a tus espaldas. En la otra veo un pequeño ramo de flores que hoy, en un día tan especial, has decidido entregarle. Quizás las flores que nunca en vida le regalaste, pero que hoy lo harás como un homenaje póstumo a quien durante más de cincuenta años fue la compañera de tu vida.
Cuando apenas si las sombras de la noche se han disipado y el sol, convertido en un disco anaranjado comienza a asomarse tímidamente por el horizonte, tú estás ya ahí, camino del lugar donde ella te espera.
No es hoy un amanecer más; es la mañana del día de Navidad. Tu primera Navidad sin ella y la que nunca hubieras querido tener que vivir, pero que la vida, a veces tan cruel y despiadada, no dudó en hacer que fuera así.
Por eso, cuando las primeras luces del alba comenzaron a despuntar, y un tenue rayo de luz se filtró a través del cristal de tu ventana, te levantaste de la cama, después de una larga e interminable noche de insomnio, y decidiste que aquel día la tenías que ir a visitar.
Fueron tantos años juntos... Más de media vida a su lado luchando los dos a la par. Juntos; siempre juntos en lo bueno y en lo malo, hasta aquel día fatal en que todo acabó. Desde que ella se fue, hace apenas unos pocos meses, te pesan los años, que ya son más de ochenta, y te pesa el silencio que como una sombría nube cubrió por entero tu hogar. Pero más que nada te pesa la soledad. La soledad, que desde aquel triste día se adueñó de tu alma y que ni un sólo instante te ha dejado ya vivir en paz.
Llegas tan pronto, que las puertas aún no se han abierto y veo como te sientas a esperar, hasta que viene el empleado con la llave y por fin puedes lentamente entrar.
Cruzas las puertas del solitario y silencioso recinto y aunque ya no puedo verte, no me cuesta imaginarte allí dentro. Te habrás detenido delante de ella, y con una mano te veo limpiando el cristal. Ese cristal que el frío de la noche habrá empañado, dejando sobre su superficie pequeños cristales de escarcha que a ti te está costando quitar.
Y le hablas en susurros, diciéndole todo lo que quizás en vida nunca te atreviste a expresar. Y te tiembla la voz; y con tus propios brazos, buscando ese calor que te falta desde el día en el que todo acabó, te intentas en vano abrazar, al tiempo que haces un sobrehumano esfuerzo para que ella no te vea llorar.
Pd. Esta mañana, cuando al levantarme hice lo que cada día tengo por costumbre hacer, salir al balcón para ver como el sol comienza a despuntar, miré en dirección al cementerio. Y fue cuando lo vi.
Un solitario anciano caminaba con un ramo de flores en la mano. La luz todavía era escasa, pero él, lentamente, se dirigía hacia allí. La imagen de soledad que desprendía me llegó al alma.

haptesupreina dijo
Ancianos y niños, ambos en equidistantes en la vida, pero despiertan el mismo sentimiento de desvalidos y de necesidad de protegerlos.
Soledad que puede sentir este anciano, fisica, pero la peor es la afectiva , la mental... despues de tantos años en los que ya no era necesario hablar porque todo era entendido y sabido entreambos...ahora el silencio impuesto por la separacion seguro que es ensordecedor y necesita comunicar...
Es un relato emotivo e impactante...sobre todo por lo que se puede preveer que siente al caminar hacia el cementerio, ante la ausencia de su compañera y ante la vida que le queda por vivir...
Besos Darunia
25 Diciembre 2006 | 11:10 PM