Se llamaba Manuel...

Se llamaba Manuel y tenía siete años. Siete inocentes e ilusionados años, que impacientes esperaban la llegada de la noche de Reyes.
Hacía ya muchos días que había escrito su carta a los Reyes de Oriente. Esos reyes, que subidos en sus camellos, y sólo durante una noche al año, se dedicaban a repartir sueños e ilusiones entre todos los niños del mundo. Y en esa carta que les escribió, con todo lujo de detalles, no fuera a ser que se equivocaran, les explicaba qué es lo que quería y dónde debían dejárselo, que a veces ocurría que se confundían de casa. Y añadía también, para que no les quedara la más mínima duda, que su puerta era la única del barrio que estaba pintada de color verde manzana.
Como aún no sabía escribir muy bien, su papá le había ayudado a redactar la carta. Y en ella dejó escrito que quería ese balón de reglamento, el auténtico, no como el del año pasado que se liaron y le trajeron uno de goma, con el que luego podría jugar al fútbol con sus amiguitos del barrio. Y esa bicicleta nueva, a poder ser de color rojo, como la que tenían en el escaparate de la tienda donde las vendían, y que él, cada vez que pasaba por delante de ella, no podía por menos que quedarse pegado al cristal mirándola casi con adoración. "Pero tened cuidado - les advertía -, que el año pasado se la dejasteis a Miguel, porque dice mi papá que os confundisteis de casa."
También les pidió un estuche nuevo de colores para el colegio, y porque le gustaba mucho dibujar y colorear. Y unos zapatos nuevos, por sugerencia de su papá, que los que tenía al uso ya estaban muy desgastados y tenían algo rota la suela. Y una bufanda y unos guantes de lana, también sugeridos por él, para que el frío del invierno no le helara las manos.
Y cuando acabó de escribirla, corrió hacia la habitación de su madre donde ella, desde hacía ya demasiado tiempo, él no entendía por qué, se pasaba acostada la mayor parte del día.
Se encaramó sobre la cama y con un brillo ilusionado en la mirada, le enseñó la carta que acababa de escribir.
Ella, casi sin fuerzas, la cogió y haciendo como que la leía le sonrió con ternura acariciándole la cabeza, mientras una silenciosa lágrima resbalaba por su mejilla.
Y el pequeño Manuel se sintió feliz. Porque últimamente, cada vez con mayor frecuencia, su mamá ya no estaba con él. Ni jugaban juntos, ni le contaba aquellos hermosos cuentos para que se durmiera. Unos cuentos en los que el protagonista, casualmente, siempre se llamaba Manuel. Quien unas veces era un apuesto y valiente príncipe, que escalando los muros de un castillo, rescataba a la bella princesa de las garras del malvado ogro que la tenía secuestrada.
En otras, el protagonista era el bandolero Manuel, que como un Robin Hood a lomos de su caballo, asaltaba las carrozas en las que viajaban unos opulentos señores a los que desvalijaba de todas sus pertenencias, qué más daba, ellos tenían de sobra, y luego lo repartía entre los niños pobres del barrio.
En una ocasión, y era uno de los cuentos que más le gustaban, un duendecillo llamado Manuel se paseaba por el bosque dando pequeños sustos a todo ser viviente que se le cruzara en el camino.
Pero hace ya demasiado tiempo, piensa a veces, que su mamá dejó de inventarse historias sólo para él. Ya ni siquiera le obliga a rezar aquellas oraciones que tan poco le gustaban, pero que ella, todas las noches al ir a dormir, se empeñaba en hacérselas aprender.
Ahora el pequeño Manuel ya no es un niño. Los años pasaron deprisa marcándole miles de cicatrices en su piel. Pero hay una herida, una que sobresale entre todas las demás, y es aquella que marcó su alma para siempre en una noche de Reyes, en la que no sólo se le rompió la ilusión y la inocencia, sino en la que también se le rompió la vida.
Porque al levantarse por la mañana y correr ilusionado hasta donde había dejado sus relucientes zapatos, aquellos que con tanto esmero limpió la noche anterior, vio que no le habían dejado ni su balón de reglamento ni su bicicleta nueva de color rojo. Ni tan siquiera el estuche de colores ni unos zapatos nuevos...
Y cuando una vez más corrió hacia la habitación de su mamá, a preguntarle qué es lo que había pasado, sólo una cama vacía encontró como respuesta a todas sus preguntas.

Crazy dijo
Ay!! Darunia...que triste. ¿tú sabes con quién hay que hablar para intentar que estas cosas no sucedan?...Por favor, si lo sabes, dímelo, para escribir una carta y pedírselo. ( Muchas veces perdemos el norte de lo que realmente es importante y confundimos el "ser" con el "tener". grcias por recordármelo, aunque me haya quedado triste)
Besos
5 Enero 2007 | 10:59 AM