Los límites del perdón

Hablaba el otro día con unas amigas, mientras nos tomábamos un café, sobre el perdón. Sobre si se puede y se debe perdonar todo.
Surgió a raiz de la conversación que manteníamos sobre una conocida nuestra, quien tras enterarse de que su marido le había sido infiel con una compañera de trabajo, durante algo más de un año, ella había decidido perdonarle y seguir con su vida en común.
Como podría suponerse hubo opiniones para todos los gustos: que si era tonta, que si no tenía orgullo ni dignidad, que como era posible que se dejara pisotear de esa manera... Yo dije lo que acostumbro a decir en casos así, que sólo estando dentro de su piel se podría entender el porqué de esta decisión, puesto que desde fuera todo se ve diferente y resulta difícil de comprender. Pero desde dentro, quizás, las cosas no fueran lo que parecían.
Y hubo una que dijo: no se puede perdonar todo. Al perdón también hay que ponerle límites.
Y me dio que pensar. Porque yo hasta ahora nunca, o casi nunca, se los he puesto. También es verdad que no he tenido demasiada necesidad, porque afortunadamente hasta el día de hoy, las ofensas que hayan podido hacerme, vinieran de quien vinieran, no han sido tan graves como para que sintiera que era imposible perdonarlas. O al menos así es como a mi me lo parecieron en su momento.
Sí es cierto que quizás en el instante en que ocurrieron me sentí tan herida y tan dolida, que pude llegar a pensar que era algo imperdonable, y que por tanto ahí acabó la relación de amistad o de lo que fuera.
Pero en cuanto pasan las horas y todo se enfría, o en la otra persona veo arrepentimiento sincero por lo que pasó, lo olvido todo. Y si no lo olvido al menos deja de doler, y por tanto para mi es como si no hubiera ocurrido.
Me siento mil veces peor cuando soy yo la que ha ofendido a alguien, o le he hecho daño aunque haya sido sin intención. Y da igual que me digan que ya está todo olvidado y que no me preocupe más. La culpa me persigue y me persigue, y ha de pasar mucho tiempo para que vuelva a sentirme de nuevo bien conmigo misma. O medio bien. Porque por mucho tiempo que pase, el sentimiento de culpa me sigue visitando de vez en cuando.
Perdonar a los demás no es tan difícil. Y por eso no creo que sea bueno ni necesario ponerle límites al perdón. Aunque sólo sea por puro egoísmo, y por lo bien que después se queda uno consigo mismo quitándose de encima ese tremendo peso que supone guardarle rencor a alguien.
Lo verdaderamente difícil es perdonarse a uno mismo. Y poder volver a vivir sin ese sentimiento de culpa que te genera el no haber hecho las cosas bien.

Mariana dijo
¡Ah, perdonarse una misma! Ahí has metido el dedo en la llaga.
Que dificil y que necesario es a veces.
En cuanto a perdonarlo todo... Joe, yo creo que excepto lo imperdonable, nivel que cada uno tiene colocado a distinta altura.
Un beso.
10 Enero 2007 | 06:40 PM