Era un hombre ocioso

Le gustaba a menudo sentarse a mirar la vida.
Aquellos que le conocían de siempre dijeron que se había vuelto un ser ocioso, vago, que no quería sentirse atado por nada ni por nadie...
Vivía en una pequeña casita a las afueras del pueblo, casi una ciudad ya de tanto como había crecido en los últimos años, y era uno de los pocos que aún quedaban, que todos los atardeceres, cuando el tiempo se lo permitía, sacaba una silla y se sentaba a la puerta de su casa a ver pasar la vida.
Trabajaba lo justo, restaurando muebles antiguos, para no pasar necesidades y el resto del tiempo lo dedicaba a pasear y observar todo cuanto le rodeaba.
Le habían ofrecido dinero, mucho más del que nunca hubiera soñado, por aquella pequeña casa en la que vivía. Una casa ya medio desvencijada, pero que para él era el más grandioso de los palacios. Apenas una cocina, un pequeño salón, un dormitorio y un lavabo, eran todas las estancias de las que disponía.
En la parte de atrás, un pequeño huerto que cultivaba con esmero, le proporcionaba lo necesario para vivir, que para él era muy poco. También había destinado una parte a jardín donde hermosas flores le alegraban la vista.
Cada día salía a dar una vuelta a recorrer los campos y casi siempre hacía el mismo trayecto, porque era obligado para él visitar a todos sus amigos.
Estaba la vieja higuera solitaria en medio de un prado. Era una higuera ya más que centenaria, de la que todos los veranos cogía abundantes y dulces higos. Se sentaba a su lado, apoyando la espalda contra su tronco, y era como estar abrazado a una vieja amiga que le proporcionaba calor y consuelo.
Un poco más allá, entre unos matorrales, hacía ya años que descubrió una pequeña madriguera. Era la guarida de una familia de conejos, que año tras año volvían a reproducirse, por lo que siempre correteaban por los alrededores. Y se detenía a observarlos. A veces les llevaba restos de alguna lechuga y se la dejaba a la puerta de la cueva. Al principio no se atrevían a salir, pero con el tiempo se fueron acostumbrando a su presencia y había veces que alguno, el más atrevido, se acercaba hasta él para olisquearle los pies.
También descubrió un día una colmena de abejas. Y las consideró sus amigas. Las visitaba a menudo porque aquella incesante actividad de idas y venidas, de flor en flor, siempre le llamó la atención. Y estaban los nidos de los pájaros. A los que siempre acudía a visitar para ver como iban creciendo los polluelos.
Al río se acercaba algunas veces, pese a que el camino que bajaba hasta él era empinado y tortuoso; lleno de piedras sueltas, que en más de una ocasión le hicieron resbalar y casi caer. Y lo peor era el regreso, cuando tenía casi que escalarlo, ayudado por un viejo bastón que siempre llevaba consigo. Pero se arriesgaba porque sentarse en su orilla, y ver discurrir sus aguas mansamente, a pesar de que a veces bajaban sucias y espumosas, siempre le relajaba y le reconciliaba con la vida. Y no sabía por qué. Miraba a los patos, que seguidos de sus crías, con suavidad se deslizaban por ellas y a las ranas y alguna que otra trucha que a veces se las veía saltar. Los juncos y cañas que crecían en sus orillas, eran para él, cuando los veía agitarse con el viento, algo vivo que le saludaban con alegría. Incluso alguna noche de luna llena se arriesgó a bajar, porque verla reflejada en las aguas del río era para él un espectáculo indescriptible.
En primavera, cuando los campos sembrados de trigo eran agitados por una suave brisa, le parecía estar contemplando un verde mar con rojas amapolas y margaritas.
Contemplar las estrellas, en las despejadas noches de verano, le suponía el mayor de los placeres. Se llevaba una vieja manta, la tendía en el suelo, y tumbado boca arriba no se cansaba de contemplarlas. Y se imaginaba allí arriba subido, saltando de una a otra con el mundo a sus pies.
Nadie entendía como pudo abandonar aquella vida de triunfos profesionales, llena de reuniones constantes y de constantes viajes por todo el país, para dedicarse a restaurar muebles antiguos y a ver pasar la vida.
Porque era esto a lo que dedicaba sus días Lo eligió libremente hacía ya algunos años, y desde entonces se convirtió en un ser vago, ocioso y sin sentirse atado por nada ni por nadie...

Cris* dijo
Darunia, yo si me lo imagino, es más salvo algunas pequeñas diferencias, es lo que hace unos años decidimos hacer, mi marido y yo.
Desde mi casa no veo a los conejos ni a los patos. Pero si me despierta el canto de los pájaros y los observo como hacen sus nidos. Y cada primavera vuelven las golondrinas.
Claro que lo entiendo, vivir lejos del mundanal ruido y apartados de los tiburones de los negocios.
Un escrito precioso, lleno de sencillez, esa misma que cada vez mas personas buscamos. Ah!!! y antes de jubilarse... que puede parecer mas dificil. Pero es posible y muy saludable.
UN ABRAZO
21 Enero 2007 | 08:57 PM