Aquel primer amor...

Sí, aquel que tanto te hizo llorar; que quizás no te hizo ni caso; a quien pensabas que jamás podrías olvidar; que sin él, decías, tu vida no tendría sentido; quien tantas noches de desvelo te causó... Sí, ese. Exactamente aquel...
Pues hace unos días me encontré con él. Después de ... ni se sabe cuantos años, en un vagón del metro coincidimos los dos.
Coincidí yo, porque como él no me vio, es como si no estuviera allí. Pero me vino bien que no se fijara en mi. Porque pude observarle, durante las doce estaciones que duró el viaje, a conciencia. De la cabeza a los pies.
Estaba sentado enfrente de mí y al principio casi no le reconocí. Porque estaba cambiado; muy cambiado. Pero en cuanto escuché su voz, hablando por el móvil, lo supe con certeza. Mira por donde, por una vez no me molestó que alguien hablara por el móvil en el metro...
Trabajamos juntos durante unos dos años, y fue para mi el primer amor en serio que he tenido. Había tenido otros antes. El primero cuando tenía unos seis o siete años y era un vecino en el que nunca me había fijado con intenciones amorosas, hasta que una mañana, cuando salimos a jugar a la calle como hacíamos cada día, apareció con gafas. Y se abrió el universo cuando lo vi. ¡Qué guapo me pareció...! A partir de ese día, se convirtió en mi amor platónico. A veces se las quitaba para limpiárselas con la camiseta, y yo, embobada, miraba como lo hacía. ¡Con qué delicadeza...! Con qué gracia y soltura se las colocaba después, ajustándose las patillas en las orejas...
Ya siempre quería estar a su lado cuando formábamos equipos para jugar al fútbol. Si lo hacíamos a las chapas, no me despegaba de él. A policías y ladrones, lo que él eligiera era lo que quería ser. Que ahora tocaba ser policía... pues nada, policía que era yo.
Me dejaba ganar por él a las canicas, y eso que yo era muy buena, pero con tal de verle feliz... Que se subía a un árbol, yo me encaramaba detrás... ¡Qué gran amor aquel el que sentí!
Tengo que decir que yo era la única niña de mi calle, y por lo tanto mis juegos infantiles siempre estuvieron alejados de muñecas y cocinitas.
No recuerdo cuando me desenamoré, pero enseguida vino otro, porque siempre fui muy enamoradiza. Aunque nunca me hacían caso, todo hay que decirlo.
Fui pasando de un amor platónico a otro hasta que me llegó éste. Que de platónico tampoco pasó, también sea dicho... Pero fue el más serio y profundo.
Durante los dos años escasos que estuvimos juntos, me convertí en una estratega de los encuentros casuales dentro de la empresa. No me sirvieron de nada, pero yo, tozuda, o enamorada, no me daba por vencida.
El gran problema residía en que por aquel entonces yo debía de tener unos diecisiete años y él ocho o nueve más que yo. Y como siempre aparenté menos edad de la que tenía, ni me veía siquiera. Todo por culpa de esta manía mía que he tenido toda la vida de fijarme en hombres siempre mucho mayores que yo. Cuando tenía quince años me gustaban los de veinticinco. A los veinte me atraían los de treinta... Y así me iba....
Hablábamos sí, pero de asuntos laborales. Cuando iba en dirección al lavabo, mira tú qué casualidad que yo también necesitaba ir. Si entraba en un almacén que había, a mi se me acaba lo que fuera, pero tenía que ir al almacén a buscar repuestos. Que le entraba sed y veía que se dirigía hacia la máquina del agua, yo, de repente, sentía que estaba completamente deshidratada y corría hacia allí no fuera a ser que me diera un síncope por falta de líquidos. Él cogía un vaso de plástico, lo llenaba de agua y con una sonrisa me lo entregaba. Y a mi se me quitaban todas las penas. Y así un día tras otro... Ahora creo que lo del agua lo hacía para quitarme de en medio y que le dejara en paz con tanto acoso. Dándomelo a mi primero no tenía más remedio que regresar a mi puesto de trabajo. Para que no se me notara tanto.
Y me miraba. Y se sonreía... Porque como tonto no era, estaba al tanto de mis desvelos por él.
Pero un buen día desapareció de la empresa y a mi se me cayó el mundo encima. Hasta entonces, cuando por la mañana sonaba el despertador, yo era el ser más feliz del universo. Me daba igual, en el fondo, que no me hiciera caso. La esperanza nunca la perdía. Debía de ser por aquella época un poco masoquista.
Pero fue marcharse y aquel trabajo dejó de tener aliciente para mi. Odiaba madrugar, odiaba el despertador, odiaba todo lo odiable...
Y todo esto empecé a recordarlo cuando le vi allí sentado en aquel vagón del metro. Pasando con desgana las hojas de un periódico gratuito. Con aspecto envejecido y diría que hasta con una mirada triste.
Me pregunté que habría hecho la vida con él. ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos? ¿Sería feliz? Me fijé en sus manos y vi que no llevaba alianza de matrimonio. Claro, me dije, que yo tampoco la llevo nunca puesta...
Cuando se levantó para marcharse, por unos instantes clavó sus ojos en mi. Y no vi en ellos ningún signo de reconocimiento.
La vida, seguramente, también me habrá cambiado mucho a mi.





hapte dijo
Uy¡¡¡ lo que consigue el tiempo eh,....a mi me paso algo parecido hace unos meses, tambien me encontre con ese primer amor despues de muchos años sin vernos, nos reconocimos, pero que distinto de aquel muchacho con aureola brillante que yo recordaba, supongo que a él le pasaria igual conmigo...pero lo mas fulminante es que eramos dos extraños , alguien que una vez fue el centro de mi vida...esta claro que el cambio es ineludible.
besos
25 Enero 2007 | 09:35 PM