Desde mi cuna

Hace apenas unos minutos que he llegado a este mundo... Fue justo en el momento en el que sonaba la campana pequeña de la iglesia. Esa que siempre repica durante unos breves instantes cada vez que el sacerdote, durante la misa, realiza el acto de la consagración.
- ¡En qué momento más señalado nació! - escuché exclamar a alguna de las mujeres que asistían a mi madre durante mi nacimiento.
Porque yo he nacido en casa, como durante generaciones lo han hecho en mi familia. En esta vieja casa familiar que ha ido pasando de padres a hijos desde hace ya casi ciento cincuenta años. No es una casa grande, pero sí guarda entre sus paredes grandes recuerdos. Las vivencias de todos aquellos mis antepasados que nacieron, sufrieron y amaron en ella. Donde incluso algunos murieron y de cuyos espíritus, estoy segura, ha quedado impregnada.
Mis padres no lo saben, pero ya, desde antes de nacer, les escuché en más de una ocasión lamentarse ante mi llegada y sé que mi madre lloró y lloró cuando tuvo la certeza de que me encontraba en camino. Nadie me había buscado y fui yo, la única y por propia voluntad, quien decidió que quería venir a este mundo. No le reprocho sus llantos. Sé que corren tiempos muy difíciles y que no será nada fácil para ellos alimentar y sacar adelante a otro hijo más. Mi hermano apenas si tenía nueve meses cuando di mi primera señal de aviso y ellos, que ya habían decidido no tener más hijos, se vieron sorprendidos con la noticia.
- ¡Qué lástima de niño! Con lo bien que él estaba y han venido a quitarle su puesto... - le escuché en más de una ocasión decir a alguien, ya incluso antes de nacer.
Y escuchar esto casi me hacía sentir culpable. Y me daban ganas de no nacer y de quedarme en el mundo de sombras en el que me encontraba. Pero al final ha podido mucho más en mi la curiosidad y esas ansias que tengo de conocer lo que es la vida, que todos mis otros temores a no ser bien recibida. Y por eso estoy aquí, en este mundo, dispuesta para aprender a vivir. Todavía algo arrugada y colorada de tanto como me han limpiado, pero en el fondo feliz.
He pesado apenas tres kilos al nacer, según ha marcado la romana donde me pusieron para pesarme, y soy mas bien menuda y con mucho pelo. Y hasta ahora, por lo que les he escuchado decir, no parezco nada llorona. Hace frío; mucho frío, porque es uno de los peores inviernos que se recuerdan según dijo mi abuela hace apenas unos momentos.
Me han acostado en una pequeña cuna de madera envuelta en mantas y para que esté más calentita mi padre ha llenado dos botellas de cristal con agua hirviendo y las ha metido dentro de mi cuna. Eso sí, después de haberlas envuelto cuidadosamente en una toalla para evitar que pudieran quemarme.
Hay un incesante ir y venir de gente entrando y saliendo de la habitación en la que me encuentro, todos queriendo conocerme. Familia, amigos, vecinos... Se asoman a mi cuna y me observan con curiosidad. Algunos me acarician la cara o una mano y me hablan bajito comentando lo pequeña que soy. Quizás ellos piensen, viéndome tan menuda e indefensa, que yo no me entero de nada de lo que pasa a mi alrededor, pero no es así. Ya desde dentro, mucho antes incluso de nacer, era consciente de todo lo que ocurría.
No sé muy bien a qué clase de mundo he venido a parar. Alguna idea sí tengo, por lo que les he escuchado decir, y sé por ello que en este país manda alguien a quien en esta casa casi se nombra con miedo por lo mucho que por su causa esta familia ha tenido que sufrir. Aunque eso es algo que por el momento no me preocupa demasiado... Ahora sólo quiero dormir y descansar porque el paso de mi otra vida a esta ha sido muy fatigoso y noto como los ojos se me empiezan a cerrar.
De vez en cuando la mano áspera y grande de mi padre se mete dentro de mi cuna, porque quiere cerciorarse de que las botellas de agua que me puso, para alejar el frío de mí, no se hayan destapado y el agua hirviendo queme mi piel. Y esto hace que me sienta feliz. Porque a pesar de que en un principio no fui bien recibida, ahora sé con certeza que se sienten contentos con mi llegada.
Escucho voces apagadas hablando y la voz de mi abuela pidiendo que se callen para no despertarme, pero yo no estoy dormida. No aún, aunque no tardaré en estarlo. Dormiré sólo lo suficiente para reponerme, porque no quiero perderme ni un sólo segundo de esta apasionante vida que acabo de estrenar.

cangreja dijo
Me gusta, sobre todo el final. Un recién llegado al mundo y a la vida con ganas de descubrir el mundo y la vida. Me encanta.
Un bso
2 Febrero 2007 | 08:53 AM