Las lágrimas del alma

Sólo sabía llorar con el alma. Era un llanto profundo y sentido pero del que nunca brotaban lágrimas. Quizás por eso no sentía jamás, después de haber llorado, que se hubiera liberado de aquello que lo provocó. Y lloraba y lloraba pero el mal seguía dentro. Sabía, por lo que había escuchado, que una buena sesión de llanto liberaba de todas las penas al alma. Al menos por un tiempo. Hasta que poco a poco fuera llenándose otra vez el recipiente de sus desdichas y tuviera de nuevo que volver a vaciarlo. Pero no importaba, decían, porque cuando ya no entrara ni una más en él, no había mas que volver a abrir la espita, para que unas veces fluyendo lentamente, y otras casi como en una cascada, salieran sus lágrimas mezcladas con las penas que atenazaban su alma. También alguien le dijo una vez, que llorar era bueno porque limpiaba la mirada. Y pensó entonces al oírlo que la suya debía estar muy sucia, porque nunca se lavaba con sus lágrimas. Había llorado mucho a lo largo de su vida, pero de eso hacía ya tanto tiempo que casi ni se acordaba. Hasta que un día tomó la decisión de no llorar ya nunca más. Y se volvió de acero. O eso creía, porque de haber sido cierto no lloraría con el alma como tan a menudo hacía. Y lo peor de todo es que ni siquiera sabía, a ciencia cierta, por qué su alma lloraba. Lo que le hacía sentir casi culpable, por no ser capaz de entenderlo. Envidiaba a aquellos que tan sólo escuchando una bella canción, o ante un amanecer o incluso con una buena película, eran capaces de abrir el grifo de sus lágrimas y sacar fuera todas sus emociones. Se entretenía a menudo, cada vez con más frecuencia, hojeando el periódico en su sección de anuncios, por si casualmente aparecía alguno donde se informara sobre alguna academia o algún curso, en el que enseñaran a llorar con los ojos y no sólo con el alma. Porque si algo tenía muy claro, era que de existir un sitio así, sería el alumno con más ganas de aprender que hubiera pasado jamás por aquel centro de enseñanza. Hasta incluso llegó a pensar, en una ocasión, en poner un anuncio solicitando un profesor, eso sí, haría falta que fuera muy cualificado, para que le enseñara a llorar y a liberarse de todas sus penas.

cangreja dijo
Yo creo que llorar limpia al alma, pero no porque el que llore tenga necesariamente el alma (o la mirada) sucia, limpiar aquí es liberar, liberar de penas, de cosas chungas, incómodas... no necesariamente sucias.
También creo que llorar no significa siempre estar roto de dolor. Llorar no es más que un síntoma de que se siente, de que algo te emociona. Tampoco significa que el que no llore (porque no le salen lágrimas o porque "no sepa" llorar) no sienta. Sólo es una manera de mostrar lo que se siente, como tantas otras.
Empeñarse en emocionarse llorando porque, por ejemplo, no "se sabe llorar" y uno quiere aprender a hacerlo, no sé hasta qué punto me parece buena idea. Cuando uno necesita llorar o cree que necesita llorar (con los ojos o con el alma) y no le sale, entonces es que esa emoción tiene que salir de otra forma.
A veces, cuando algo duele mucho, uno se harta de llorar y después se da cuenta de que sigue estando igual de mal.
Un beso
4 Febrero 2007 | 01:51 PM