La Coctelera

de la vida y sus cosas...

Para hablar sobre las cosas cotidianas que pasan en nuestra vida. Incluso de aquellas que no suelen parecernos importantes.

16 Febrero 2008

El Zapatero Silencioso

 

Algo más de cuarenta años llevaba metido entre zapatos. Desde que su mente alcanzaba a recordar, aquel pequeño taller de zapatero remendón, como antiguamente se les llamaba, había sido todo su mundo.

Primero fue el abuelo Andrés; más tarde pasaría a manos de su padre y cuando éste lo dejó por una enfermedad que en pocos meses se lo llevaría de esta vida, fue él quien se hizo cargo del negocio familiar. Y le gustaba. Por extraño que pudiera parecer, arreglar los zapatos que otros destrozaban le hacía sentirse feliz.

Era un gran observador de la especie humana y como muy a menudo decía, por sus zapatos les conoceréis...

Cada vez que un nuevo cliente aparecía por su pequeño taller apenas si se fijaba en él. Cogía los zapatos que le traía para arreglar, atendía a las explicaciones que le daba sobre qué es lo que deseaba y con un buenos días o un buenas tardes daba por concluida la entrega.

Ni un recibo a cambio, ni un número, ni la más mínima señal que identificara aquellos zapatos con la persona que los dejó. Nadie se explicaba como jamás se confundía a la hora de hacer las entregas de los zapatos ya reparados. Cuando de nuevo la persona aparecía por su taller la miraba durante unos segundos y dirigiéndose a las estanterías donde estaban los zapatos ya arreglados, sin un solo titubeo, los cogía y se los entregaba.

Apenas si intercambiaban cuatro palabras, lo que le había hecho ganarse el apodo de "El Silencioso". Así es como se le conocía: El zapatero silencioso... Lo sabia pero no le importaba. Lo único que le importaba eran sus zapatos. Y de estos no le faltaban jamás porque su buen hacer y ese mimo y cuidado con que los arreglaba, como si cada par que caía en sus manos fuera único y especial, había ido atrayendo a lo largo de los años hasta su pequeño taller una clientela que se había mantenido fiel y que aumentaba de día en día.

Unas pocas horas al día eran las que únicamente abría las puertas de su taller. Unas pocas horas en las que su fiel clientela se agolpaba en ocasiones a la puerta para recoger o dejar sus zapatos. Y él salía de la trastienda a la zona destinada al público, que apenas si medía cinco metros cuadrados y en la que había un pequeño y desvencijado mostrador tras el cual les recibía, y allí, con su aire silencioso y hasta algo misterioso, iba recogiendo lo que le iban dejando o entregando los ya reparados.

De las pocas horas en las que abría sus puertas la mitad de ellas estaban destinadas a la entrega y la otra mitad a la recogida. Y todo el que se pasaba por su pequeño taller lo respetaba a rajatabla. Jamás en horas de entrega se pasó por allí nadie a recoger sus zapatos ya arreglados y jamás tampoco, en horario de recogida, a nadie se le hubiera ocurrido ir a dejar los suyos para que se los recompusiera.

Era todo un misterio el porqué la clientela era fiel a esta norma, pero lo cierto es que así era. Y gracias a ello todo funcionaba correctamente y sin ningún tipo de incidentes.

No vendía nada en su taller. Ni cremas, ni cordones para zapatos, ni plantillas, ni nada de lo que habitualmente quienes se dedicaban a este milenario oficio solían tener. Allí sólo se arreglaban zapatos. Y como todos lo sabían y respetaban a nadie se le hubiera ocurrido acudir para otra cosa que no fuera para esto.

Tampoco tenía modernas y sofisticadas máquinas que le ayudasen en su trabajo. Eran las mismas viejas y ya más que desgastadas herramientas que había utilizado el abuelo Andrés, y luego su padre, las que él hacía servir en su trabajo diario. Martillos, escofinas, leznas, punzones, cuchillas, tijeras ..... Éstas eran las herramientas con las que sus reparaciones quedaban en perfecto estado.

Pocos, por no decir casi nadie, recordaban el nombre de aquel viejo zapatero. Para todos era El Silencioso y así seguiría siéndolo hasta el día en que la muerte, que sería la única que conseguiría arrancarle de su taller, se lo llevara con ella de este mundo.

Cuando colgaba el cartel en su puerta de Cerrado apagaba las luces de la zona destinada al público, se metía dentro de la trastienda y amorosamente, casi con veneración, comenzaba su trabajo. Un trabajo en el que no tenía horarios. Lo hacía mientras se sentía inspirado, sin calcular ni importarle las horas dedicadas.

Siempre comenzaba dando un vistazo general a todos los zapatos que de forma cuidadosamente alineados llenaban las estanterías que cubrían tres de las cuatro paredes del recinto. Cogía ahora un zapato; ahora una bota, una sandalia, un zapatito de niño... Observaba con minuciosidad qué es lo que necesitaba ser reparado y se ponía manos a la obra. Y era entonces cuando se metía en su particular universo. Un universo creado por él y sólo para él y donde se sentía el hombre más feliz de la tierra.

Su universo particular estaba poblado por seres inventados por él. Cada uno con su vida y su historia personal, que él adivinaba con tan solo tener su zapato entre las manos...

En esta ocasión tenía entre ellas una hermosa sandalia de tiras doradas a la que se le había roto una y que se la habían llevado para que la cosiera. Las tiras estaban adornadas con unas piedrecitas, como pequeños diamantes, que le conferían un brillo y un toque especial. El tacón, de unos diez centímetros de altura, le daban un aire sofisticado y elegante como sin duda sería la mujer que las llevó puestas en sus, imaginaba, delicados pies.

No recordaba en absoluto quien se las había entregado. Ni si fue un hombre o una mujer o si era joven o viejo. Como siempre el automatismo con que recogía las entregas hizo que no se fijara en quien lo había hecho.

Y comenzó su tarea. Sus manos, con la pericia y profesionalidad habitual, comenzaron el arreglo al tiempo que su mente, como siempre le ocurría, voló del pequeño taller al encuentro de la dueña de aquellas sandalias.

Se llamaba Casandra. Éste era el nombre que aquellas sandalias le habían inspirado nada mas verlas. Un nombre que siempre le pareció hermoso y lleno de misterio y personalidad, como sin duda lo fue la bellísima Casandra de la mitología griega.

Casandra, "la que enreda a los hombres". Este era su significado... Hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya, fue sacerdotisa del dios Apolo que estaba perdidamente enamorado de ella y con quien hizo un pacto: accedería a tener relaciones con él si a cambio le concedía el don de la profecía. Pero ocurrió que una vez Apolo le concedió este don ella se negó a entregarle su amor, por lo que el dios la maldijo. Conservaría su don pero nadie jamás daría crédito a ninguna de sus profecías.

Y como la Casandra mitológica, la dueña de estas sandalias también hacía honor a su nombre: enredaba a los hombres. Con su belleza casi celestial conseguía de ellos todo cuanto se proponía y sin el menor escrúpulo les abandonaba después como si de un objeto sin valor se tratase.

Aquella noche, la noche en la que rasgó una de las tiras de la dorada sandalia con piedrecitas incrustradas que simulaban pequeños diamantes, Casandra, la Casandra del universo del viejo zapatero, una vez más había prometido lo que de ninguna manera tenía intención de cumplir. "Te amaré siempre", había pronunciado con su voz aterciopelada al hombre que en aquellos momentos suspiraba por su amor. Y él, ante el hechizo de aquella voz, sucumbió como todos hacían y cayó rendido en sus brazos sin imaginar siquiera que aquella bella mujer era incapaz de sentir amor por alguien que no fuera ella misma.

Todas las noches acudía al mismo bar. Un oscuro y casi siniestro bar de carretera donde ella destacaba en todo su esplendor. Calzada siempre con sus sandalias doradas y vistiendo un traje negro de noche que dejaba al aire su hermosa y bien torneada espalda, se sentaba en el rincón más apartado y con una copa entre sus manos se dedicaba a observar a la clientela.

Clientela que toda ella estaba formada por tristes y cansados camioneros o algún viajero perdido, que se había detenido un momento para tomarse un ligero respiro en su camino y que la observaban sin disimular demasiado como si de una diosa o de una aparición celestial se tratase.

Su larga y rizada melena dorada, que hacía juego con sus sandalias, era un atractivo más que añadir a su ya enigmática figura.

Nadie se atrevía a acercarse a ella ni a dirigirle la palabra, a pesar de que no podían apartar sus ojos de aquella extraña mujer. Emanaba una especie de halo brillante que atraía todas las miradas a la vez que les impedía acercarse. Y ella, con su mirada lánguida unas veces, otras atrevida y la mayoría de las veces indiferente, dejaba resbalar sus ojos de uno a otro de los clientes de aquel oscuro bar hasta que encontraba al que buscaba.

Cuando esto ocurría una ligera sonrisa curvaba sus labios y aquel a quien esta sonrisa iba dirigida quedaba irremediablemente hechizado por ella. Y como si no tuviera voluntad propia poco a poco se iba acercando a la apartada mesa donde la hermosa Casandra se encontraba sentada.

Con un ligero gesto de la cabeza le invitaba a que se sentara a su lado y a partir de ese momento se diría que quedaba convertido en una especie de autómata sin voluntad propia. Ni una sola palabra salía de los sensuales labios de aquella mujer. Eran sus grandes y rasgados ojos de un verde azulado, que recordaban al mar, los que todo lo decían. Como en una suave caricia los dejaba resbalar por el hombre que tenía sentado a su lado y él, hechizado por aquella profunda mirada, quedaba irremediablemente perdido para siempre en las profundidades de aquellos ojos que todo lo prometían.

Instantes después la hermosa Casandra se ponía en pie y lentamente comenzaba a caminar, seguida por el hombre elegido por ella, en dirección a la estrecha y empinada escalera que llevaba al piso superior del edificio.

Cinco pequeñas y casi malolientes habitaciones ocupaban aquella planta. Tan solo disponían de una pequeña ventana con una reja, que apenas si dejaba entrar un poco de luz del exterior. Las luces de los coches que pasaban casi continuamente por aquella carretera se colaban a través de la ventana, dándole a la habitación un aspecto aún más tétrico y desagradable.

Cada una de las habitaciones disponía de un minúsculo baño, sin ventilación exterior, en el que un desgastado espejo reflejaba la hermosura de aquella mujer.

Como en un repetido ritual, noche tras noche los mismos gestos, los mismos movimientos, las mismas palabras salían de sus labios... Sólo cambiaba el acompañante, que seducido por aquella extraña y bella mujer, no era capaz de decir ni una sola palabra.

Nadie supo jamás, ni siquiera el dueño del local, qué es lo que ocurría cada noche en aquella habitación. Sólo que quienes subían por la estrecha escalera que conducía a las habitaciones superiores, detrás de la hermosa y enigmática Casandra, jamás volverían a ser los mismos...

El viejo zapatero terminó el arreglo de la sandalia dorada y apartándola a un lado se puso en pie. De nuevo sus ya cansados ojos se pasearon por las estanterías repletas de zapatos de todos los tamaños y colores. No tenía ni la menor idea de cual sería el que arreglaría a continuación. Ningún orden lógico seguía a la hora de hacerlo. Era el zapato quien lo elegía a él y no al contrario. Y en esta ocasión fueron unas botitas de niño las que le hablaron. Porque a este viejo zapatero los zapatos le hablaban. Y le contaban una y mil historias. Y le explicaban, con solo tenerlos entre sus manos, cómo era y cómo sentía la persona que los había llevado puestos.

El pequeño dueño de aquellas botas de niño se llamaba Javier y tenía ocho años. Era un niño alegre que sonreía a todas horas y una de las criaturas más traviesas que pudiera imaginarse, pero con un gran corazón. Pese a sus pocos años ya tenía su pequeño corazoncito cargado de sueños e ideales. Sueños e ideales que le acompañarían el resto de su vida, a pesar de que ésta sería muy poco generosa con él.

Le gustaba jugar al fútbol y como no siempre tenía una pelota a mano con la que poder hacerlo, se pasaba el día dando patadas a cualquier cosa que se atravesara en su camino. Como improvisado balón de fútbol le servía una lata vacía, una botella de plástico, una caja de cartón... y hasta una piedra. De ahí que sus botas no le duraran nuevas ni cuatro días por lo que más de una vez su sufrida madre tenía que reñirle. Pero él con su cándida sonrisa de no haber roto jamás un plato, conseguía en unos segundos que el enfado de ella se esfumara como una nube arrastrada por el viento.

Pero ésta ya es otra historia...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

servido por delavidaysuscosas 10 comentarios compártelo

10 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Anttonella

Anttonella dijo

Hola, preciosa historia...me ha gustado mucho.

Que tengas una buena semana! Un besin

17 Febrero 2008 | 02:22 PM

Crazy Mary

Crazy Mary dijo

Me ha encantado la historia, que espero continúe en es "otra historia" a la que te refieres, y no sólo me ha encantado la historia, lo que más me ha gustado es verte de nuevo por aquí. :-)
Muchos besos.

19 Febrero 2008 | 11:11 AM

unaovarios

unaovarios dijo

Precioso, de verdad, sigue, sigue...
He estado ausente, era necesario, pero ya estoy aquí y me ha encantado leerte. Muchos besos y un fuerte abrazo

24 Febrero 2008 | 07:26 PM

ren

ren dijo

Has derrochado imaginación, ternura, sensibilidad... Precioso relato, Daru. Me gustó muchísimo la historia que los zapatos "contaban" al Silencioso sobre Casandra, pero la del zapatero me encantó. Tienes la facultad de elevar la cotidianeidad a la categoría de poesía.

Besotes, es una alegría verte de nuevo por aquí.

26 Febrero 2008 | 12:54 AM

delavidaysuscosas

delavidaysuscosas dijo

Gracias a todas por vuestros comentarios. Y más gracias aún por seguir visitándome...

Un abrazo muy grande.

27 Febrero 2008 | 09:42 PM

Vagalume

Vagalume dijo

Me gustan las historias sin final... para que la imaginación de cada uno las continúe...

Enhorabuena.

9 Marzo 2008 | 04:07 PM

Kaled Kelevra

Kaled Kelevra dijo

preciosa historia!!!

Sigue asi, lindo blog

Pásate :)

26 Marzo 2008 | 05:34 PM

santy

santy dijo

muy buena istoria ,se nota que conoces bien al zapatero o eso me haces creer,me da animos de segir trabajando en el oficio dando significado a los trabajos.gracias un veso grande.

1 Febrero 2009 | 12:01 AM

delavidaysuscosas

delavidaysuscosas dijo

Gracias Kaled Kelevra... Pasaré a hacerte una visita.
Prometido... :-)

3 Febrero 2009 | 05:00 PM

delavidaysuscosas

delavidaysuscosas dijo

Conozco a muchísimos zapateros Santy. Pero a éste en concreto no porque es inventado.
Pero sí lleva un poco de cada uno de los que conozco.

Y sigue con tu oficio que te aseguro que llegarás a ser de los buenos. Ya sabes que tienes grandes maestros dispuestos a enseñarte...

Un abrazo

3 Febrero 2009 | 05:02 PM

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