El tren de cercanías

El tren de cercanías, parado en el andén, lanza un largo y profundo silbido anunciando a los pasajeros que está a punto de emprender la marcha.
El conductor, un hombre ya maduro de unos cincuenta años y con cara de aburrimiento, mira a través del gran espejo retrovisor para cerciorarse antes de cerrar las puerta que no hay nadie subiendo los dos escalones del tren.
Una mujer mayor, casi una anciana ya, apresura el paso por el andén, medio arrastarnado los pies, intentando llegar a tiempo de subirse antes de que emprenda la marcha. Está a punto de poner el pie en el primer escalón cuando con un sonido seco las puertas se cierran. Los ojos del conductor del tren, reflejados en el espejo retrovisor, observan a la mujer que impotentemente golpea con el puño la puerta del vagón como si al hacerlo pudiera conseguir que se abriera de nuevo.
Tras unos segundos de indecisión el tren arranca y se pierde dentro del túnel. La mujer queda allí parada con gesto de desolación, mientras el resto de los viajeros la observan algunos con indiferencia y otros con un cierto aire de lástima en la mirada.
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El tren de cercanías, parado en el andén, lanza un largo y profundo silbido anunciando a los pasajeros que está a punto de emprender la marcha.
El conductor, un hombre ya maduro, de unos cincuenta años y con cara de aburrimiento, mira a través del gran espejoretrovisor para cerciorarse antes de cerrar las puerta que no hay nadie subiendo los dos escalones del tren.
Una atractiva joven de poco más de veinte años, vestida a la última moda y subida en unos altos zapatos de tacón de aguja, corre por el andén en dirección al tren con la intención de poder subirse en él antes de que emprenda de nuevo la marcha. Apenas un segundo antes de llegar, con un sonido seco, las puertas se cierran.
La joven dirige su mirada hacia el espejo retrovisor del tren, donde sabe que se encontrará con la mirada del conductor, y dirigiéndole una seductora sonrisa le hace un gesto con la mano indicándole que abra de nuevo la puerta. El hombre le dirige a su vez una sonrisa de complicidad y oprimiendo la palanca de apertura abre la puerta del vagón.
La chica sube al tren y al instante éste emprende de nuevo la marcha...







el-hombre-del-tibet dijo
Si lo que cuentas sucede realmente, que podría ocurrir perfectamente ,seria para coger al conductor y mandarlo al paro de cabeza ,se tiene que tener muy poco corazón para dejar a una anciana tirada ,pero como se suele decir haberlos ahílos.
Un beso Darunia
16 Abril 2008 | 12:01 AM