La otra cara de la vida...

Salgo de la habitación en la que llevo horas sentada cuidando de mi madre y con pasos entumecidos camino arriba y abajo a lo largo del pasillo.
Las puertas de las habitaciones están todas abiertas de par en par como si quienes están dentro de ellas, postrados en sus camas, quisieran de alguna manera escapar de la cárcel en la que se encuentran atrapados.
Porque la gran mayoría de ellos han sido condenados, sin haber cometido siquiera el más pequeño delito, a la cadena perpetua que significa estar encerrado dentro de un cuerpo que ya no les pertenece. Un cuerpo que se ha convertido en una especie de cascarón vacío y que se niega a responder a las órdenes más elementales que el cerebro decida enviarle.
Calculo que la gran mayoría de todos ellos tienen un promedio de edad que ronda los ochenta años. Algunos incluso muchos más... Pero no son los años los que les tienen en aquella postración, sino la implacable enfermedad que ha deteriorado sus cuerpos hasta tal punto que son incapaces de valerse por si mismos.
Este ala del hospital, el desguace como lo llama mi madre, quien a pesar de todo sigue conservando el buen humor que siempre le caracterizó y que aún de vez en cuando, y pese a su situación es capaz de dejar salir fuera, ha sido habilitada para este tipo de enfermos. Casi todos ellos incapacitados para realizar las funciones más básicas de la vida...
Algunos han tenido la inmensa fortuna de que sus facultades mentales se hayan deteriorado hasta el extremo de no reconocerse a si mismos y por tanto no ser conscientes de la situación en la que se encuentran. Pero otros, por el contrario, las conservan intactas lo que les supone el dolor añadido a su incapacidad el tener que pasar por la penosa situación de haber terminado convertidos en una especie de bebés de más de ochenta años.
Sus cuerpos, enjutos y demacrados, son todo hueso y piel pero conservando la lucidez en la mirada. Miradas suplicantes y llenas de miles de preguntas que yo soy incapaz de responder.
Son pocos quienes tienen a alguien a su lado para darles un poco de aliento y compañía. Los más afortunados reciben cortas visitas de sus familiares o de su pareja, quien incansablamente, siempre que puedan moverse de la cama, les ayudan a caminar con pasos pequeños y vacilantes a lo largo del pasillo. Aferrados con una mano a las barras metálicas adosadas a sus paredes y con la otra a la de quien ha tenido la bondad de dedicarle unas horas de su tiempo.
Al pasar delante de una de las puertas abiertas me detengo al escuchar una llamada de auxilio.
- ¡Ayuda...! Que alguien me ayude, por favor.... - no deja de gritar una y otra vez una mujer que me mira con ojos angustiados.
Se encuentra completamente sola en la habitación por lo que entro y me acerco hasta su cama para ver si puedo ayudarle en algo.
Tiene la cara más arrugada que he visto jamás. Es todo huesos y piel y en cuanto me acerco hasta su cama me coge una de mis manos con las suyas con una fuerza que me sorprende en aquel enjuto cuerpo. Las tiene frías, muy frías y me recuerdan a las de las momias que se conservan en algunos museos.
- ¿Qué le pasa? - pregunto mirándo sus implorantes ojos.
- Que estoy solita... Que nadie me viene a ver... - repite incansablemente una y otra vez.
Le pregunto si es que no tiene familia y me dice que no. Sólo una hermana mayor que ella y que también está enferma. Tampoco ha tenido hijos, por lo que me explica y por eso nadie viene jamás a hacerle la más pequeña visita.
- Si te encuentras con la Loli - me pide llorando- , dile que venga a verme. Que estoy muy solita aquí sin nadie que me quiera ver...
- ¿Quién es la Loli?
- ¿No te acuerdas? - me responde con una mirada un tanto asombrada. - Aquella que siempre me venía a ver y que me sacaba a pasear por el pasillo...
Le digo que en cuanto me encuentre con ella, aunque no tengo ni la más remota idea de a quien se refiere, le diré que se pase por aquí.
Salgo de la habitación y en cuanto desaparezco de su vista escucho de nuevo sus voz gritando con fuerza:
- ¡Ayuda, ayuda...! Que alguien me ayude por favor. Que estoy muy solita sin nadie que me venga a ver...
Con el alma encogida me dirigo de nuevo a la habitación donde tranquilamente duerme mi madre...






mixcelaneas dijo
Ayyy, es la realidad. Tal cual la contás. Tanta gente sola y enferma en sus últimos días... Muy triste.
Por suerte tu mamá te tiene a vos.
Que se mejore prontito.
Un beso.
1 Octubre 2009 | 12:58 PM