Y aunque tu luz se va apagando lentamente sé que seguirá iluminando cada uno de mis días...
No sólo me diste la vida el día que nací ... De ti aprendí a sentir ilusión por las pequeñas cosas de la vida. Aquellas en las que se encuentra el secreto de la tan esquiva Felicidad.
Aprendí también, con tu ejemplo, a no dejarme vencer por las dificultades; a seguir teniendo esperanza aun en los momentos más oscuros; a sonreir, aunque tuviera rota el alma; a dar sin esperar nada a cambio; a valorar la amistad por encima de todas las cosas, porque como tantas veces me dijiste, un amigo es un compañero del alma.
Aprendí a luchar... A no dejarme vencer...
Tu lucha diaria, esa que durante tantos años has librado contra la enfermedad que está a punto de ganarte la batalla, ha sido el mejor ejemplo que podrías haberme dado. Siempre con una sonrisa en los labios... Siempre con la vista clavada en el mañana a pesar de que sabías que tu mañana era incierto...
Ahora has tirado la toalla y te has sentado al borde del camino a esperar que te atrape, por fin, aquella a la que siempre supiste esquivar. Porque ya se te agotaron las fuerzas... Porque ya tu cansado y dolorido cuerpo es incapaz de dar un solo paso más... Pero a pesar de todo la sonrisa y el optimismo te siguen acompañando.
El día que me haya ido, decías no hace mucho tiempo, no sintáis pena ni lloréis por mí. Pensad sólo que por fin estoy descansando y que habré dejado de sufrir...
Sé que algo de mí partirá contigo el día que emprendas tu último viaje... Y sé que jamás ya nada en mi vida volverá a ser como antes... Pero seguiré luchando para no dejarme vencer como tú siempre me enseñaste a hacer.
Y también sé que algún día, cuando sea yo quien me siente a la orilla del camino porque como a ti por fin se me acabaron las fuerzas, volveremos a reencontranos en esa eternidad en la que ahora estás a punto de entrar...
Aquí estoy, sentada en esta vieja mecedora que perteneció a mi abuelo... Tratando de aceptar, si es que es posible hacerlo, todo lo que a partir de este momento me ha de venir encima.
Miro a mi alrededor y tengo la sensación de que el mundo que me rodea ya no es el mismo. Como si en un solo instante todo hubiera cambiado convirtiéndose en algo extraño y lejano para mí. Han pasado ya unas horas desde que llegué a casa y lo único que he podido hacer, de la misma manera que hacía cuando era una niña, ha sido acurrucarme en mi vieja mecedora y balancearme con el informe médico entre mis manos.
En esta vieja mecedora que ha ido pasando de padres a hijos y que de alguna manera siempre fue como un refugio para mí. Quizás porque está impregnada toda ella del espíritu de aquellos mis antepasados que la utilizaron, para refugiarse en ella como siempre hice yo, o quizás simplemente para descansar un poco sus doloridos cuerpos después del trabajo diario.
El informe sigue entre mis temblorosas manos. Este informe en el que de una manera fría y formal, casi aséptica, me dice como será mi vida a partir de ahora.
Lo he leído mil y una vez para cerciorarme de que mis ojos no me han engañado y que en él se dice lo que mi mente se niega a aceptar. Y ha sido precisamente hoy cuando me ha llegado: el día en el que he cumplido cincuenta años.
Si la vida fuera una montaña por escalar, llegar a esta edad siempre lo consideré como alcanzar la más alta cumbre. Sé que es mucho más de la mitad de la vida, pero de algún modo siempre pensé que es a partir de entonces cuando se empieza a descender el camino de la vida. Un camino en el que imaginaba, pese a todo, aún me quedarían infinidad de cosas por hacer y descubrir; algún que otro sueño por realizar y muchas, muchas ilusiones con las que convivir.
Pero todo de repente ha quedado truncado y lo único que me espera es un retorno a la más profunda inconsciencia. Un diluirme poco a poco en lo que fui, hasta que llegue el momento en el que dejaré de ser yo. De tal manera que cuando me mire en el espejo no sea ya capaz ni de reconocerme. Mi cuerpo se convertirá en una especie de cascarón vacío que ya no albergará a quien durante estos últimos cincuenta años fue su moradora.
La incertidumbre sobre adónde iré a parar, qué es lo que será de mí, me asalta a cada instante. Me resulta casi imposible de aceptar que algo así pueda sucederme. ¿Qué será de todos mis recuerdo y vivencias? ¿Es posible que llegue el momento en el que yo, ya no sea yo?
Me ha explicado el doctor que todo ocurrirá de una manera progresiva y que no seré apenas consciente de lo que me está pasando. Pero el saberlo no me supone ningún tipo de consuelo. Sé que es inútil rebelarse, pero me niego a aceptar lo inevitable.
Tampoco me han servido sus palabras de consuelo cuando me dijo que el estudio sobre esta enfermedad avanza a pasos agigantados. Que incluso existe un tratamiento, en fase experimental, con el que se puede llegar a conseguir que la enfermedad no se desarrolle del todo, o que si lo hace su avance sea tan lento que pueda controlarse. No me sirve nada de esto... Y no me sirve porque todos estos avances sé que llegarán tarde para mí... Porque para entonces ya habré dejado de ser yo cuando esto ocurra y nadie podrá devolverme lo que fui...
Nunca te engañes a ti mismo; la verdad sólo hace daño a los mediocres y a los débiles...
Desde que leí esta frase, no recuerdo cuándo ni donde, ha sido la máxima que siempre he intentado aplicarle a mi vida. Pero es tan y tan difícil seguirla al pie de la letra...
Tanto, que últimamente no dejo de pensar que de ser cierta el mundo debe de estar lleno de personas mediocres y débiles. Yo entre ellas, por supuesto... Porque ¿quién no se ha engañado a si mismo en alguna ocasión? Por no hacerse daño; por cerrar los ojos y no tener que enfrentarse a la realidad; por vivir de sueños imposibles esperando lo que en el fondo sabemos que jamás podrá llegar a nuestras vidas...
Pero, ¿de dónde sacar las fuerzas necesarias para seguir adelante enfrentándose cara a cara con la fría y cruda realidad? En ocasiones lo intentamos una y mil veces. Cayéndonos; volviéndonos a levantar de nuevo; huyendo por caminos que no conducen a ningún destino; escondiéndonos tras falsas promesas de libertad y de felicidad, pero que sabemos no son ciertas; creándonos ilusiones, aunque tengamos que arrancarlas de debajo de las piedras, con tal de poder sobrellevar lo que en el día a día se nos hace menos llevadero...
No engañarse nunca a si mismo significa tener el coraje suficiente para aceptar las cosas tal como son, por duras y alejadas de nuestros sueños que estén... El coraje y la valentía de enfrentarse a la vida plantándole cara y luchando a brazo partido con ella, si fuera preciso, con tal de conseguir ganarle la batalla... Esa batalla que en más de una ocasión consideramos perdida... Pero como nos negamos a rendirnos seguimos y seguimos batallando en una lucha casi imposible porque a pesar de todo no hemos perdido la esperanza de poder ganarla algún día...
Lo importante en nuestras batallas diarias es ser como el junco: que por mucho que el viento se empeñe en ocasiones en doblegarle al final siempre termina de nuevo erguido y en pie...
A veces me pregunto por qué o para qué escribo... Por qué siento en ocasiones esta necesidad de poner por escrito todo lo que se me cruza por la mente.
Escribo y escribo a diario... Cosas sin sentido a veces... Pensamientos absurdos otras; vivencias, sueños imposibles, realidades que me golpean sin piedad en pleno rostro... Lo que me pasa; lo que me gustaría que me pasara, lo que ya viví... Incluso lo que aún me queda por vivir...
Escribir tiene algo de mágico y de misterioso. Es como una necesidad del alma que cuando surge no hay forma humana de detenerla. Y entonces pillas lo primero que tienes a mano. Cualquier minúsculo trocito de papel puede servir, en un momento dado, para dejar plasmados esos pensamientos que te asaltan.
Escribir, de alguna manera, es también el equivalente a reir o a llorar. Cuando la tristeza del alma resulta tan aplastante que casi te puede, en vez de llorar, dejando que las lágrimas fluyan lentamente o a raudales, arrastrando con ellas toda la angustia que te oprime y asfixia hasta casi no dejarte respirar, escribes...
Y vas dejando, en lo que era una hoja en blanco, todo un cúmulo de sentimientos que si no fuera así seguramente jamás saldrían fuera. Después llega la liberación, aunque sólo sea momentánea, y la angustia desaparece.
Otras veces escribes, aunque en mi caso ocurre poco, las cosas buenas que te van pasando. Y con el tiempo, cuando vuelves a releerlas, es como vivirlas un poco de nuevo...
Ya sean alegrías o tristezas, escribir por escribir puede llegar a convertirse en la mejor terapia...
Un día más bajó la pequeña maleta del altillo del armario donde la tenía escondida y siguiendo el ritual, tantas veces ya repetido, comenzó a llenarla.
En primer lugar la ropa interior; poca cosa porque no quería llevarse mas que lo absolutamente imprescindible, y después algunas prendas de vestir. Un conjunto para cada estación del año... Aunque pensándolo bien, tal como actuaba últimamente la Naturaleza, sólo necesitaba ropa para los días de más calor y para cuando hiciera algo de frío... Porque hasta eso había desaparecido... Ya no existía ni la Primavera ni el Otoño... Se pasaba directamente del más frío invierno a las temperaturas más cálidas del verano.
Un par de zapatos de repuesto, un pequeño neceser con alguna cosa para su aseo personal y los pocos ahorros que a lo largo del tiempo, desde que tomó la decisión de marcharse, había ido guardando a hurtadillas.
Cuando lo tuvo todo listo cerró cuidadosamente la maleta, se puso el abrigo y los guantes de lana, estaba siendo aquel un invierno crudo y frío, se anudó al cuello la vieja bufanda azul que tanto le gustaba y salió a la calle, cerrando la puerta del que durante más de veinte años había sido su hogar.
Lentamente, con pasos algo cansados y arrastrados atravesó el parque camino de la estación. Sin volver la vista atrás...
Las hojas secas caídas en el suelo, todavía húmedas por las gotas de rocío del amanecer, crujieron bajo sus pies y aquel sonido le sonó, como siempre le ocurría, a música celestial.
Se cruzó con algunos transeúntes que arrebujados en sus abrigos ni siquiera repararon en ella, lo que hizo que sintiera aún más el peso de la soledad.
Ya en la estación, desierta en quellas tempranas horas de la mañana, buscó un apartado banco en el que poder sentarse y depositó la vieja y pequeña maleta sobre él.
Miró a lo lejos, en la dirección por la que debía llegar el tren que la alejaría de una vez para siempre de aquella vida que le asfixiaba cada día un poco más y siguió esperando... Esperando y esperando, como tantas mañanas había hecho en los últimos meses.
Cuando finalmente el tren llegó, casi como un espectro en el más absoluto de los silencios, no hizo ningún ademán para levantarse del banco en el que se hallaba sentada.
No se veía dentro a ningún pasajero; era el mismo tren fantasma de siempre...
Pasados unos minutos, o quizás fueran unas horas, se puso en pie, cogió de nuevo su vieja y pequeña maleta y desanduvo el camino que le llevaría de regreso a casa.
Hasta la mañana siguiente... Cuando volviera a marcharse de ella...
Hay una canción de Alberto Cortez que siempre me gustó especialmente: Cuando un amigo se va...
Y de ella, dos de sus estrofas, tienen un significado muy especial:
Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo...
Cuando un amigo se va se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido...
A lo largo de toda mi vida siempre he pensado que la amistad era uno de los regalos más hermosos que la vida podía ofrecerte.
Quien tiene un amigo tiene un tesoro... Ésta y cientos de frases más hacen referencia a la amistad. Pero la amistad es una de las más delicadas plantas que existen. Hay que cuidarla y mimarla para que no termine secándose. Y no es nada fácil hacerlo.
En ocasiones la vamos descuidando, apenas si la regamos ni le quitamos las malas hierbas que le van creciendo alrededor, ni tampoco le damos todo ese afecto y cariño que necesita para crecer hermosa y llena de vida.
Otras veces cometemos el error de excedernos en su cuidado: la regamos demasiado y terminamos asfixiándola y ahogándola. Por querer cuidarla y protegerla demasiado acabamos con ella. Y un buen día nos damos cuenta que aquella hermosa planta que la vida puso en nuestras manos ha terminado mustia y medio seca. Casi sin posibilidad de que vuelva a florecer...
Y es entonces cuando se te vienen a la mente aquellas otras palabras de una triste y hermosa canción...
Todos tenemos una canción que forma parte de nuestra vida. Esa canción que por algún motivo, no sabemos muy bien por qué, se nos quedó especialmente grabada en el alma y que pasen los años que pasen siempre nos devolverá a otros tiempos y a otros mundos ya perdidos para siempre...
Si existe alguna canción con la que me suceda esto es con Entre mis recuerdos de Luz Casal.
Como si hubiera sido escrita para mí, recurro a ella una y otra vez cuando la tristeza del alma es tan profunda que resulta casi imposible de llevar encima...
Voy por la mañana a buscar el pan y en la panadería se escucha una música de fondo: es Luz Casal cantando Entre mis recuerdos...
La tristeza y la nostalgia se apoderan una vez más de mí, como me ocurre cada vez que la escucho. Salgo de la panadería con mis dos barras de pan en la mano y miro hacia la montaña que tengo enfrente. Esa misma montaña tras la que veo salir el sol cada mañana... Y siento que ya no es la misma. Ha perdido toda su magia y encanto...
Por la tarde cojo el tren y me voy a la ciudad. Entro en el metro y caminando por los largos pasillos que conectan una línea con otra me llega de nuevo el sonido de la misma canción: un músico la está tocando con su guitarra al tiempo que con una voz melodiosa la va cantando... Y de nuevo, la tristeza y la nostalgia de lo que perdí me vuelve a atrapar...
Cierro por un instante los ojos y me veo de niña, corriendo por los campos que me vieron crecer... Libre, feliz, sintiendo el sol y la brisa acariciándome el rostro... Pero sólo me dura unos segundos esta fugaz visión... Los abro de nuevo y allí estoy, en un pasillo del metro rodeada de docenas de desconocidos que caminan presurosos ajenos a cuanto les rodea... Sin imaginar siquiera la profunda tristeza que me invade...
Prosigo mi camino dejando atrás todos mis recuerdos...